Vaticano

El rostro inuk de Jesucristo. Tercera etapa, Nunavut

Crónica de los últimos acontecimientos del Papa Francisco en Canadá. El primer balance que puede hacerse de este viaje es muy positivo, tanto para los católicos del país como para la opinión pública.

Fernando Emilio Mignone·30 de julio de 2022·Tiempo de lectura: 4 minutos
Foto: el Papa en Iqaluit, la periferia de la periferia. ©CNS photo/Vatican Media

Francisco vino a Canadá a escuchar, en la medida de lo posible, a los 1,7 millones de  indígenas divididos en Primeras Naciones, Mestizos e Inuit (estos últimos son menos de 50.000). Muchos de ellos han sufrido muchísimos abusos debido sobre todo a políticas educativas equivocadas, y siguen muy heridos. Vino a pedirles perdón. 

En Iqaluit

Misión cumplida. Parece estar dejando a muchos canadienses contentos. En su última parada, Iqaluit, se encontró con unos mil inuit, una multitud para este territorio de Nunavut,  y pasó más tiempo de lo previsto escuchando privadamente a un centenar de ellos que habían sufrido debido al colonialismo. Esta capital de Nunavut tiene sólo ocho mil habitantes.

En su alocución se dirigió de manera especial a los jóvenes inuit, que tienen una de las más altas tasas de suicidio en el mundo. Con conceptos claros y con bellas comparaciones, animó al jóven, a la jóven inuk a tirar para arriba, a no desanimarse, a pedir consejo a los ancianos, a perseverar y a querer cambiar el mundo. Les dio tres consejos: caminar hacia lo alto, ir hacia la luz, y hacer equipo.

Les explicó qué es la libertad, opuesta al libertinaje y a la adicción: “Si queremos ser mejores, tenemos que aprender a distinguir la luz de las tinieblas… Puedes empezar preguntándote: ¿qué es lo que me parece luminoso y seductor, pero después me deja dentro un gran vacío? ¡Estas son las tinieblas! En cambio, ¿qué es lo que me hace bien y me deja paz en el corazón, aunque antes me haya pedido que saliera de ciertas comodidades y que dominara ciertos instintos? ¡Esta es la luz! Y me sigo preguntando, ¿cuál es la fuerza que nos permite separar dentro de nosotros la luz de las tinieblas, que nos hace decir ‘no’ a las tentaciones del mal y ‘sí’ a las ocasiones de bien? Es la libertad. Libertad que no es hacer todo lo que me parece y me gusta; no es aquello que puedo hacer a pesar de los otros, sino por los otros; es responsabilidad. La libertad es el don más grande que nuestro Padre celestial nos ha dado junto con la vida.”

Recordando a Juan Pablo II

Veinte años después de la Jornada Mundial de la Juventud de Toronto, les repitió una frase que dijo entonces San Juan Pablo II a 800.000 personas: “Quizá no haya tiniebla más densa que la que se introduce en el alma de los jóvenes cuando falsos profetas apagan en ellos la luz de la fe, de la esperanza y del amor.”

Hoy el discurso fue a muchas menos personas que aquella homilía de 2002. ¿Qué importa? Es la periferia. Eso va a re-equilibrar a una Iglesia en salida, a una Iglesia que quiere encontrar a cada alma allí donde esté. 

El discurso fue en castellano, traducido en tramos, por el sacerdote que ha estado haciendo de intérprete en todo el viaje (el políglota francocanadiense Marcel Caron), y después una segunda vez al inuktituk por una intérprete local. 

Así acabó: Amigos, caminen hacia lo alto, vayan cada día hacia la luz, hagan equipo. Y hagan todo esto en vuestra cultura, en el hermosísimo lenguaje inuktitut. Les deseo que, escuchando a los ancianos y recurriendo a la riqueza de vuestras tradiciones y de vuestra libertad, abracen el Evangelio custodiado y transmitido por sus antepasados, y que encuentren el rostro Inuk de Jesucristo. Los bendigo de corazón y les digo: ‘qujannamiik!’ [¡gracias!].”

Construyó esperanza

El santo canadianse François de Laval (1623-1708) es comparable al santo peruano Toribio de Mogrovejo (1538-1606). Ambos fueron obispos misioneros incansables en un mundo nuevo. El 28 de julio en la catedral de Québec donde está enterrado, el Papa Francisco llamó a su homónimo,  que fue el primer obispo en la Nueva Francia, un “constructor de esperanza”. El obispo de Roma intentó hacer eso al visitar al segundo país más grande del mundo. Construyó esperanza.

Ya había venido aquí antes y eso que, Jorge Bergoglio, nunca quiso ser “obispo de aeropuerto”. Nunca viajó a Estados Unidos hasta que fue, ya siendo papa, en 2015. Pero sí había estado en la ciudad de Québec como arzobispo. Fue invitado por su amigo, el entonces arzobispo de la ciudad, el cardenal Marc Ouellet. Bergoglio dio una conferencia en 2008 en el Congreso Eucarístico de Québec, que tuvo lugar con ocasión del cuarto centenario de la ciudad.

Ahora se va cansado pero contento. Estuvo sentado casi todo el tiempo, debido a su rodilla. Pero su sacrificio y sufrimiento personal inspiraron tanto como el de su predecesor enfermo y anciano, Juan Pablo II, hace dos décadas.

Misión cumplida

Tanto él como los obispos canadienses como muchos observadores estarán de acuerdo en que este camino de reconciliación entre indígenas indignados y la Iglesia en Canadá está todavía en los comienzos, y que va a llevar mucho tiempo. Pero la reacción de los autóctonos que lo recibieron fue muy generosa.

Lo que se puede asegurar es que una vez más, providencialmente, no hay mal que por bien no venga. En las artes marciales se suele utilizar el movimiento del adversario para conseguir derribarlo. Algo así acaba de suceder acá. Cuando se pensaba que se derribaría a la Iglesia, vino Bergoglio y aprovechó la jugada para evangelizar. 

En este país, en los últimos años, los medios y los políticos han querido enseñar la ética a los cristianos, y hete aquí que el cristiano más conocido del planeta viene a Canadá y habla de religión y de moral, con tanta humildad, savoir faire, sutileza y simpatía que la Iglesia sale ganando. Los periodistas no podían creerlo pero los medios no pudieron hacerle el vacío al Papa. No tuvieron más remedio que transmitir los eventos importantes de la visita, y los gestos y mensajes de un gran comunicador. Porque vino a visitar a los autóctonos (que están “de moda”), a petición de ellos. Y porque Francisco es Francisco. Hasta su mismo nombre es atractivo al hombre y a la mujer de hoy. Y su persona, y su mensaje perfectamente calibrado, también. Hace todo lo que puede para estar en la misma longitud de onda de los que visita.

El Papa sabe coser. La aguja de los internados indígenas, verdadera tragedia (que todavía queda por investigar académicamente, y esto llevará décadas), le permitió meter el hilo de Cristo en el tejido social canadiense. 

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