Cine

Pablo Alzola: «El lenguaje artístico tiene la riqueza de no ser unívoco»

Pablo Alzola Cerero, profesor de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, ha publicado recientemente el libro El silencio de Dios en el cine. En esta entrevista con Omnes, nos cuenta algunas de sus tesis principales.

Loreto Rios·1 de julio de 2023·Tiempo de lectura: 9 minutos

Pablo Alzola ©Valerie de la Dehesa

Pablo Alzola ha publicado «El silencio de Dios en el cine» (2022) y, anteriormente, «El cine de Terrence Malick. La esperanza de llegar a casa» (2020). Es doctor en Humanidades por la Universidad Rey Juan Carlos y miembro del Grupo de Investigación en Artes Visuales y Estudios Culturales de esta misma universidad, y del Círculo de Escritores Cinematográficos.

El silencio de Dios en el cine

Autor: Pablo Alzola
Editorial: Ediciones Cristiandad
Páginas: 294
Madrid: 2022

En esta entrevista nos habla de su libro «El silencio de Dios en el cine«, publicado por Ediciones Cristiandad, en el que explora el tema de Dios en películas con calidad cinematográfica, ya que busca un cine que no intente transmitir simplemente una idea, sino que tenga un valor artístico por sí mismo.

¿Cómo surgió la idea de investigar la cuestión de Dios en el cine?

Desde hace tiempo, había películas que me gustaban porque trataban algún tema relacionado con la fe, pero de un modo bastante original, y además eran películas buenas. Una de las primeras que me llamó la atención fue De dioses y hombres (2010), que trata un caso real de unos monjes de Argelia. Me encantó, porque no era una película al servicio de un mensaje, como a veces pasa con el cine religioso bienintencionado, que hay una intención muy buena, pero el mensaje pesa tanto que se come a la película, y no hay tanto interés en usar el lenguaje del cine bien.

En cambio, esta película tiene unos actorazos, escenas increíbles y mucha fuerza. Por ejemplo, comento en el libro una escena muy potente, hacia el final, en la que están cenando. Suena El lago de los cisnes de Chaikovski y nadie dice nada, solo se ven las caras, y se nota que ellos intuyen que es la última cena. Y tal y como está filmado, representa un poco la Última Cena. Es alucinante.

Otra película que me inspiró es Cartas al padre Jacob. Trata de un pastor luterano que está ciego, es mayor, y vive en una casa cerca de una parroquia rural a la que ya no va nadie. Mantiene correspondencia con varias personas, pero, al haberse quedado ciego, no puede leerlas, y el gobierno le envía como ayuda una chica que acaba de salir de la cárcel, para que haga servicios sociales. Esta chica le ayuda a leer las cartas y responderlas. Al principio se odian, sobre todo ella a él, pero poco a poco se van acercando el uno al otro. Es una película supersencilla y muy bonita.

Cuando yo veía este tipo de películas, pensaba que eran muy interesantes, porque plantean alguna pregunta relacionada con la fe, pero no tienen la prisa de dar una respuesta o el atrevimiento de plantear una solución muy empaquetada, una moraleja, sino que simplemente te sugieren algo, o te hacen pensar, pero sin darte una solución. Al mismo tiempo, son muy buenas películas, porque tienen actores muy buenos y el lenguaje del cine está muy bien utilizado. Además, a veces usan recursos muy rompedores.

Iba en mi cabeza acumulando títulos, y pensaba que me gustaría en algún momento escribir algo sobre esto. Cuando llegó la propuesta de la editorial, dije: “Este es el momento”.

El título puede interpretarse de varias maneras. ¿Qué sentido querías darle?

El título tiene una ambigüedad deliberada. Lo que yo quiero decir en el libro, y que se explica un poco en el primer capítulo, se ejemplifica bien con la película documental Converso. Es de un director navarro, David Arratibel, y trata sobre sus familiares, que pasaron todos poco a poco de no vivir la fe a vivirla. Él es agnóstico y no entendía ese cambio. En todas las reuniones familiares se sentía muy excluido. Como es director de cine, decidió hacer una película para tratar de entender por qué su familia había abrazado la fe católica. El título tiene un doble sentido: por un lado, “converso” en el sentido de conversar y, por otro, de conversión.

En la película, él va hablando con su familia: su hermana, su cuñado, su madre… y cada uno le va contando su experiencia. La película es superinteresante. El cuñado fue el primero que se convirtió. Le encanta tocar el órgano y habla mucho de Dios como si fuera el viento del órgano, que pasa por los tubos y en cada uno produce un sonido distinto. También dice que las operaciones de Dios en una persona, en el alma, son algo que escapa la representación, porque no se pueden atrapar con los sentidos.

El final de la película es muy bonito, porque el director les propone a todos los que han aparecido en el documental ensayar una canción juntos y cantarla. Se trata de O magnum mysterium (“Oh gran misterio”), de Tomás Luis de Victoria. Trata de decir que Dios es algo bastante misterioso y que muchas veces permanece en silencio, pero ese silencio no quiere decir que no esté, sino que está de modo silencioso. Ese sería el gran hilo que une todo el libro.

También hay un capítulo en que hablo de la idea del Dios ausente, de películas donde podría aparecer Dios, pero sin embargo no aparece. Son películas que además tratan el tema de la muerte, del mal, la típica cuestión de: “¿Dónde está Dios cuando una persona sufre, o cuando hay una situación de mal muy evidente?”. Hablo, por ejemplo, de Mánchester frente al mar (2016), que trata la muerte y el duelo de un modo muy crudo. Dios no aparece, y el propio director dice que él no es una persona religiosa y que, quien intente buscar eso en su película, no lo va a encontrar.

Luego está Phoenix (2014), que trata sobre una superviviente del Holocausto. Vuelve de un campo de concentración con la cara desfigurada por un balazo, y se la reconstruyen en el hospital. Ella siente que ha perdido su identidad, que ya no es ella, y que para recuperarla necesita reencontrar a su novio de antes de la guerra y que él la reconozca. Es una peli tremenda, muy dura, y Dios no aparece por ningún lado. Lo que se impone es una idea de desesperanza, de incapacidad de retomar tu vida.

En ese capítulo hablo de cuando no está Dios en el cine. Ni está ni se le espera. El título tiene esas dos vertientes.

Esta idea de Dios como misterio tiene sus matices, porque el cristianismo no propone eso, sino que Dios sí que se ha mostrado en Jesucristo. Pero este libro tampoco pretende ser taxativo, ni dar una catequesis. Hablo de un cine que sugiere, pero que no impone ni deja nada claro.

Hay un autor del que hablo en el libro que tiene un libro que se llama «Dios en el cine» y dice que el buen cine que habla sobre Dios siempre crea una ambigüedad fundamental de la que no sale a propósito, para respetar la libertad del espectador. A mí esa idea me gusta y quería ir por ahí con el libro. Estas películas proponen cosas, pero tienen una apertura deliberada buena, incluso gente que no cree puede entrar en ellas perfectamente, porque el lenguaje artístico se ha usado bien, y el lenguaje artístico tiene esa riqueza de no ser unívoco.

Hay una cita que comentas en el libro a este respecto muy interesante: “Una obra de arte no lo es por su contenido”.

Es de un libro que se llama «Cultura y verdad», del filósofo Fernando Inciarte. Me gusta mucho, habla justo de eso, de que el arte no puede estar atado al qué, al mensaje, sino que tiene que estar guiado por el cómo, por el lenguaje. El arte tiene que realmente explorar su lenguaje, el que sea, cine, literatura, música…

Yo creo que estas películas lo hacen, porque algunas, en cuanto al lenguaje cinematográfico, son muy atrevidas. Por ejemplo, Ida (2013), una peli polaca bastante conocida que recibió el Oscar a Mejor Película Extranjera. Está ambientada después de la Segunda Guerra Mundial, por los años 60, y trata de una chica que se cría en un convento y decide luego hacer los votos y ser monja, porque siempre ha vivido allí. La superiora le dice que no, que tiene que salir al mundo y conocer a la única familiar que le queda, su tía, y luego tomar una decisión.

Es una película superinteresante. Es en blanco y negro, que es algo muy atrevido para una película de 2013, y usa un formato que es más típico del cine antiguo, cuadrado, quizá porque es un formato que se presta más al retrato, y en la película aparecen muchos rostros. También hay otro recurso que se repite mucho, y es que en muchas escenas la acción ocurre en el tercio inferior del cuadrado, y arriba hay dos tercios donde no hay nada, lo que se llama “aire”.

Una vez oí a un crítico de cine, Jerónimo José Martín, decir que la película está evocando con eso que hay un elemento fundamental en la historia que es lo que no se ve: Dios. Es un recurso muy interesante, y muy inteligente. Hay otra película que se llama El hijo de Saúl (2015), también ganó el Óscar a Mejor Película Extranjera. Está ambientada en el campo de concentración de Auschwitz, donde había un grupo de judíos que se llamaba el “comando especial”. Cuando llegaba un tren, eran los encargados de llevar a la gente a la cámara de gas diciéndoles que iban a ducharse. Luego, sacaban los cuerpos y los llevaban a los hornos. Una cosa horrible.

El protagonista pertenece al comando especial, y toda la película es su cara, vas siguiendo su rostro. En un momento de la película, haciendo una cosa muy concreta, su rostro cambia. Hay una evolución a lo largo de la historia. La peli es dura, pero no truculenta, porque oyes cosas, pero no ves nada. Tienes que ser un actorazo para hacer eso, porque si no…

Otra peli de la que hablo es Silencio (2016), de Martin Scorsese. Es una película que tiene una ambigüedad muy buscada, quizá por eso levantó ampollas cuando salió. Pero es una película que se presta a verla y comentarla luego, y es muy interesante también visualmente.

¿Cómo se ha intentado abordar la representación de Dios en el lenguaje del cine?

Hay muchos modos de acercarse a esto. En el libro, empiezo hablando de la parte visual, porque sigo un orden que está buscado a propósito, hay un hilo conductor. Los planos se centran en cosas diferentes: el plano general para los paisajes, el primer plano para los rostros, etc. En el capítulo de “Paisajes”, que sería el plano general, hablo de películas que plantean a Dios como un misterio. Son paisajes donde el ser humano se siente muy pequeño. Por ejemplo, la montaña.

Hay una película muy bonita que se llama Mimosas (2016), de un director español, Oliver Laxe. Trata sobre una caravana de aldeanos en la zona de Marruecos. Ha muerto su líder y ha pedido que le entierren en otra ciudad, pero para llegar a ella hay que cruzar las montañas del Atlas, cosa que parece imposible, porque van con un burro y un cadáver. Toda la historia es como una imagen de la fe, en el sentido de que se enfrentan a algo imposible, que humanamente parece inalcanzable, siempre con la idea de la montaña de fondo, y, sin embargo, a lo largo del viaje parece que puede haber milagros.

Este mismo director tiene otra película muy bonita, que también aparece en el libro, que se llama Lo que arde (2019) y trata sobre el tema de los incendios en los bosques de Galicia. Un hombre vuelve a casa de la prisión (porque supuestamente es un pirómano, aunque no se sabe seguro). Su madre es muy anciana y viven en mitad de la Sierra de los Ancares, que es todo bosque. Hay una sensación de misterio absoluto, de algo impenetrable, y los personajes también lo son. Esa película tiene además unas escenas preciosas del bosque, o de la mañana llena de niebla, cuando él va a sacar a pasear al perro. Ese modo de hablar de Dios creo que tiene como precedente muy claro un director ruso, Tarkovski, que usa la naturaleza muchas veces así, para sumergir al espectador en una especie de atmósfera de misterio.

Luego, ya tirando más hacia el último capítulo, las películas hablan de Dios a través de las personas, con personajes que, a través de las relaciones humanas, descubren algo más, algo que les hace salir de su pequeño mundo. Por ejemplo, hay una peli italiana que se llama El pueblo de cartón (2011) que trata de un sacerdote que está muy mayor y le cierran la parroquia porque ya casi no va gente.

Él se queda viviendo en la casa parroquial y una noche ve que entran en la parroquia a refugiarse migrantes ilegales. Hay uno que está herido, una chica embarazada que da a luz a un hijo… Él les esconde y les cuida. Parecía que su vida ya había terminado, que ya no tenía nada más que ofrecerle, y, de repente, resulta que lo más importante estaba por llegar, y, a través de estas personas, encuentra a Dios. En estas películas, Dios aparece a través de la persona que es muy distinta de mí y que de repente me sale al paso. En esa confrontación, hay una apertura al otro, y Dios parece que también está presente.

Hay muchas películas contemporáneas en las que parece que se ignora la religiosidad: o bien no aparece nadie creyente o, si aparece, se refleja de una manera negativa. ¿Qué opinas de esto?

Yo creo que eso tiene matices. Creo que quizá el cine que se mueve a un nivel de gran estreno, de muchísima audiencia, toca resortes que conectan con la supuesta sensibilidad de ahora. Explota fórmulas donde no se arriesga. En general, son pelis mediocres, pero son palomiteras y te aseguras un mínimo o no tan mínimo de audiencia. Pero creo que, si se sale de ahí, sin tener que llegar al cine de arte y ensayo, hay de todo.

El tema de la religiosidad sí aparece, aunque es verdad que suele haber una tónica, y es que la religiosidad institucionalizada está denostada. También hablo un poco de esto en el libro. Ahora bien, el tema de la religiosidad, en un sentido más amplio, sí que está en muchos lugares. Se ve en general como algo loable, pero también muy difuso, en el sentido de que se percibe como algo que cada persona debe vivir a su manera.

¿Ha habido un cambio en las tendencias del cine, en el sentido de que ahora hay más protagonistas «villanos»?

Quizá nosotros tenemos la sensación de que es una tendencia reciente, pero es una historia larga. Parte de la explicación es que en los años 20-30 en Hollywood el villano, el personaje con luces y sombras, estaba ahí, sobre todo en las películas de cine negro. Pero en los años 30 en Hollywood se acepta un código por el cual el cine tiene que seguir una serie de patrones.

Desde hace un tiempo es verdad que se vuelve a explorar este tema de personajes con mucho claroscuro, de intentar entender al villano. Por ejemplo, la famosa serie Breaking Bad va por ahí. Esto va unido a una época como la nuestra, donde la idea de bien moral está muy desdibujada. No hay consenso a la hora de ver algo como bueno moralmente o malo moralmente.

Exceptuando el tema de la violación, en el que creo que sí hay un consenso de que es un mal moral, en muchas otras cosas no hay acuerdo. Eso hace que las historias exploren hasta qué punto lo que hace un personaje es malo o bueno, o si tenía problemas que le llevaban a actuar así. También está el tema de la literatura. El cine al final bebe de la literatura y la literatura del cine, es un viaje de ida y vuelta, y la literatura desde hace ya mucho tiempo viene explorando este tema. Yo creo que es una cuestión que tiene muchas raíces.

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