América

Uruguay: “¡hay que sobrevivir en un país laico!”

La Iglesia en Uruguay siempre ha respondido a los ataques formando a sus fieles, enseñando a rezar, con una liturgia bien celebrada y, en ocasiones, con demostraciones públicas de fe.

Jaime Fuentes·7 de abril de 2021·Tiempo de lectura: 6 minutos
uruguay laico
Foto: Unsplash / Alex Teixeira

Sobrevivir. La Real Academia define este verbo como “vivir con escasos medios o en condiciones adversas”.“¡Hay que sobrevivir!”, me animó Benedicto XVI aquella mañana inolvidable de 2011, cuando supo que venía de Uruguay, “¡un país laico!”, exclamó.

Las leyes de separación de la Iglesia y el Estado, en 1918, y de los feriados religiosos, un año más tarde, marcan los momentos culminantes del esfuerzo secularizador de José Batlle y Ordóñez, presidente en dos oportunidades (1903 a 1907 y 1911 a 1915).  En 1906 se habían retirado los crucifijos de los hospitales. En 1907 se aprueba la ley de divorcio por mutuo consentimiento.

En 1909 se suprime toda clase de enseñanza religiosa en las escuelas públicas. En 1913 se legaliza el divorcio por la sola voluntad de la mujer…Y suma y sigue. Desde el diario El Día, por él fundado en 1867, Batlle y Ordóñez hacía una prédica fervorosa, para que la religión fuera relegada exclusivamente a la esfera privada y para convertir el laicismo en la nueva religión cívica. (El anticlericalismo llevaba a los de El Día a escribir dios con minúscula, a referirse a Pío XII como “el señor Pacelli”, a no dar la noticia del fallecimiento de ¡Pablo VI!… Dejó de publicarse en 1993).

En las antípodas de la masonería

No hay testimonios de que Batlle y Ordóñez fuera masón, pero sí los hay de que muchos de sus más cercanos colaboradores, miembros del Partido Colorado, que gobernó el país durante 93 años (1865 a 1959) pertenecieron a la Gran Logia de la Masonería del Uruguay, fundada en el lejano 1856. En su página web, el actual Gran Maestro, José Gartchitorena, se explaya en la explicación del ideario de la institución:

“A través de la divisa Libertad, Igualdad, Fraternidad, la Masonería toma posición activa en contra de la opresión del ser humano en todo terreno; rechaza todo sectarismo y la imposición de todo dogma que limite la libre expresión del pensamiento. […] Es necesario trabajar por sociedades libres, tolerantes, que aseguren los derechos a partir del cumplimiento de los deberes y que garanticen la libertad de conciencia de los individuos, reivindicando y promoviendo el Estado de Derecho, la laicidad y una Ética, pública y privada, que vele por el interés general”. En las “Preguntas frecuentes” se explica también que “la Masonería es una institución iniciática, universal, humanista y cultural… […] El dogma, como verdad revelada o principio innegable, está en las antípodas de la Masonería, que no reconoce otro limite que la razón para acceder al conocimiento”…

La persecución laicista

Sobrevivir, decía, es vivir con escasos medios o en condiciones adversas. Mariano Soler, primer arzobispo de Montevideo, supo hacerlo de la mejor manera. Ocupó esta sede desde 1897 hasta su fallecimiento, en 1908, y debió enfrentarse al furor anti Iglesia de Batlle y Ordóñez y de su Partido Colorado. 

Soler fue un campeón de la fe. Por medio de cartas pastorales, folletos, libros, conferencias y diferentes iniciativas de prensa, consiguió pertrechar doctrinalmente a su grey. Formó bien al laicado, trajo al Uruguay a muchas congregaciones dedicadas a la enseñanza, creó una conciencia católica enraizada en la fe y en la fidelidad al Papa. Cuando fallece, la labor que él comenzó se prolonga en la llamada “causa católica”, es decir, en el empeño de los laicos, acompañados por sacerdotes bien preparados, para resistir el embate anticlerical que, de diversos modos, continuó luchando contra la Iglesia.

Yo estudié en Montevideo, en un colegio de los Hermanos Maristas. Siendo niño, tuvimos que aprender un Himno a Artigas -prócer de la independencia- que cantábamos en las fiestas patrias sin caer en la cuenta de su contenido blasfemo: “El Padrenuestro Artigas, Señor de nuestra tierra, que como un sol llevaba la libertad en pos. Hoy es para los pueblos el verbo de la gloria, para la historia un genio, para la Patria un Dios…”. Los Hermanos Maristas seguramente eran conscientes de que semejante himno era un absurdo, pero había que obedecer al organismo oficial de la enseñanza…

También recuerdo que hubo una disposición del gobierno que rebajaba el billete de autobús, solamente a los escolares de las instituciones públicas, no de las privadas. Tan discriminatoria medida provocó fuertes protestas y, finalmente, se nos concedió el “boleto escolar” a los “privados”, siempre que encima del guardapolvo blanco nos colocáramos la moña azul propia de la escuela pública…

Los buenos frutos de la persecución

El mismo Jesucristo anunció que la persecución sería una nota propia de su Iglesia: “Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20). Es lo que hace el laicismo desde su nacimiento: de múltiples maneras, ayer y hoy, con mayor o menor virulencia, a cara descubierta o cínicamente.

La Iglesia, en Uruguay, respondió a los ataques formando a sus fieles, enseñando a rezar, con una liturgia bien celebrada y, en ocasiones, con demostraciones públicas de fe. ¿Cómo no recordar la procesión anual del Corpus, en la que participaban los alumnos de todos los colegios católicos, congregaba multitudes y, sin duda, fortalecía la fe de los fieles?

Será también que en los tiempos difíciles, puesta a prueba la fe, florecen los deseos de entrega de la gente joven… En las décadas de los cuarenta y los cincuenta, abundaron las vocaciones sacerdotales, tanto para el clero secular como para el religioso. Recuerdo bien la inauguración, en 1961, del edificio del nuevo y enorme Seminario Interdiocesano, cuya construcción fue posible con la colaboración de todos los católicos. (Sirvió hasta 1968; los vientos post conciliares aconsejaron que los seminaristas vivieran en pequeñas comunidades. El notable edificio se vendió al ejército uruguayo y en él funciona hoy la Escuela Militar, en la que estudian los futuros oficiales).

En los tiempos difíciles es necesario combatir con todas las armas, sin bajar los brazos. En 1952, un salesiano, el P. Eduardo Pavanetti, publicó el libro El laicismo superado, en su historia y en sus dogmas. Se trataba de un estudio serio, documentado, que ayudó no poco a la formación doctrinal sobre la realidad-real, por así decir, de lo que es el laicismo y contribuyó a despertar energías que estaban apagadas.

En 1973 se abrió una herida grande en la convivencia uruguaya: con el fin de terminar con la alteración del orden público provocado por la guerrilla urbana de los Tupamaros, las Fuerzas Armadas disolvieron el parlamento. El llamado gobierno “cívico militar” por unos y “dictadura militar” por otros, se extendió hasta 1985, cuando fue elegido democráticamente, como presidente de la república, Julio María Sanguinetti, del Partido Colorado. 

El anticlericalismo y el laicismo en estado puro de Batlle y Ordóñez ya era cosa de tiempos pasados. Al presidente Sanguinetti, un hombre culto, que siempre ha declarado que es agnóstico y que no pertenece a la Masonería, se le debe la ley que ha permitido crear universidades privadas (hasta entonces solamente estaba autorizada la Universidad de la República estatal, laica y gratuita), como la Universidad Católica del Uruguay, dirigida por la Compañía de Jesús; la Universidad de Montevideo, obra corporativa de la prelatura del Opus Dei; la Universidad ORT, afín a la colectividad judía; la Universidad de la Empresa, promovida por la Masonería del Uruguay…  

Cuando el Papa nos visitó

Asimismo, fue durante la presidencia de Sanguinetti cuando se produjo un hecho que marcaría un hito en la historia de la laicización del Uruguay: por primera vez (y hubo una segunda) nos visitó el Papa san Juan Pablo II y sin proponérselo, naturalmente, con su visita provocó un temblor de escala mayúscula.  

La Iglesia y el Estado separados desde 1919, pero el parlamento aprobó por unanimidad la visita del Papa. El Estado no ayuda en nada a la Iglesia, pero la preparación de la visita de Juan Pablo II fue un permanente “¿qué más necesitan?”, de manera que saliera todo perfecto, como debía ser y así fue.

Pocas horas estuvo el Papa en Uruguay: llegó a las 6 de la tarde del 31 de marzo de 1987, celebró la Santa Misa ante 300.000 personas felices en la mañana del día siguiente, y a la una del mediodía estaba volando hacia Chile: apenas 19 horas que, pocas semanas más tarde, provocaron unas discusiones parlamentarias realmente históricas.

La Cruz, nada menos que la Cruz fue el objeto de esas sesiones: el senador Gonzalo Aguirre, del Partido Nacional (uno de los dos partidos tradicionales, junto con el Colorado), había presentado un proyecto de ley para que, donde había tenido lugar la Misa presidida por el Papa, quedara de forma permanente la enorme Cruz que la presidía. No exagero al hablar de “temblor”, ya que fue la primera y única vez que vi publicado en la prensa un suelto de la Gran Masonería del Uruguay, que instaba con todas sus fuerzas a “que se retire de su emplazamiento la cruz levantada con motivo de la visita del Jefe del estado vaticano”… 

Tiene 59 páginas el Diario de Sesiones del Senado, donde están recogidas las intervenciones de los señores senadores a favor y en contra de la propuesta, aprobada después de un debate de muchas horas. Y tiene un interés muy particular lo que dijo el senador Jorge Batlle Ibáñez, del Partido Colorado, sobrino nieto de José Batlle y Ordóñez e hijo de Luis Batlle Berres, que también fue presidente de la república (1947-1951). 

Jorge Batlle, agnóstico, sin bautizar, que ocuparía asimismo la presidencia (2000-2005), dio sin embargo una lección sobre cómo entender hoy la laicidad del Estado. Los tiempos han cambiado; no es lo mismo sobrevivir hoy que hace un siglo. Lo veremos.

El autor

Jaime Fuentes

Obispo emérito de Minas (Uruguay).

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