España

Lucas Calonje. Contenido divino en lo ordinario de cada día

Lucas será ordenado sacerdote en mayo en Roma: madrileño, amante de la música y miembro del Opus Dei, anhela llenar de contenido divino todo lo ordinario y ser muy universal, viviendo con juventud de alma. 

Arsenio Fernández de Mesa·25 de febrero de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos
Lucas Calonje

Me encanta la música, toco la guitarra, la armónica y espero aprender a tocar el Xaphoon que me trajeron los Reyes”. Lucas Calonje Espinosa, de 31 años, fue ordenado diácono en Roma junto a otros 23 fieles del Opus Dei el pasado 20 de noviembre. Me cuenta que en ese gran día, con un poco de miedo, le vino a la cabeza la pregunta: “Lucas, ¿pero en qué lío te estás metiendo?”. Le consolaba pensar que su vocación ha sido una decisión de Dios que él ha acogido, porque sabe que está en buenas manos: “Él siempre cumple lo que promete”.

Entrega a Dios

En plena adolescencia decidió entregarse completamente a los planes divinos como numerario del Opus Dei. Estudió la Licenciatura en Económicas y antes de que se abriera la oportunidad de marchar a Roma pasó por dos ciudades: Barcelona (dos años) y La Coruña (tres). Disfrutó tanto en ellas que hasta les compuso una canción. 

Me recuerda cómo San Josemaría definía el Opus Dei, que fundó el dos de octubre de 1928, como una gran catequesis: “sus miembros, especialmente los numerarios y agregados, estudiamos filosofía y teología compatibilizándolo con nuestros estudios y trabajo profesional allá donde estamos”. 

Ir a Roma a estudiar implicaba madurar poco a poco la posibilidad de la llamada al sacerdocio dentro de la vocación al Opus Dei. Llegó en 2013 y se zambulló en el estudio de la teología. Desde 2015 hasta ahora lo combinó con otros encargos gracias a la fundación CARF que le ayudó a financiar gran parte de sus estudios. De 2015 a 2018 se encargó de la manutención y cuidado de Cavabianca, la sede del Colegio Romano de la Santa Cruz: gestionaba trabajadores, pequeñas reformas o parte de la contabilidad. Era trabajo de oficina pero con alguna aventura: “recuerdo cuando tuve literalmente que ir buceando, vestido con chaqueta y corbata, para destapar un desagüe que estuvo a punto de inundar la casa”. Lo que más aprendió de esta etapa vino del trato fluido con los trabajadores: jardineros, albañiles, pintores, pequeños empresarios. Me comenta Lucas que eran gente sencilla “que sabe dar importancia a las cosas importantes, tanto dentro como fuera del trabajo, algo que a veces nos resulta complicado”. 

Los siguientes tres años los pasó metido casi de lleno en la formación de gente joven. Lucas es optimista: “es un trabajo apasionante porque es muy fácil sembrar buena semilla, aunque el terreno tarde en dar sus frutos”. Confiesa como un don inmerecido el que los chicos le hayan querido confiar tantas cosas de su alma: “les he visto llorar, reír, cantar o enamorarse”. Unos se acercaron a Dios, otros se alejaron. De estos últimos dice que volverán al buen camino, aunque no lo sepan todavía. 

Tantas experiencias

Le obligo a que me resuma lo aprendido en este tiempo. Se resiste un poco al principio: ¡son tantas experiencias! Lo que más le ha llenado es convivir con personas que saben llenar de contenido divino lo ordinario de cada día: “lo he visto encarnado en personas normales, con defectos como todos, pero heroicas”. Por si fuera poco, la estancia en Roma le ha enseñado a ser romano, católico, universal: “he coincidido en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz con seminaristas, sacerdotes o personas consagradas, cada uno llamado a vivir la fe dentro de la Iglesia de modos muy distintos”. Manifiesta que le ha sorprendido constatar que “a pesar de las diferencias de carisma o de estilo todos nos hemos sentido mirados por Cristo, con lo que se generaba rápidamente una gran sintonía”. Por eso ha pensado muchas veces que “las faltas de unidad que lamentablemente se dan en la Iglesia desaparecerían su recordásemos que es Uno el que nos ha buscado y llamado a todos”. 

Se acerca el 21 de mayo, día en que Lucas recibirá el don del ministerio sacerdotal. Le pide a Dios que le haga fiel: “me gustaría morir un día de viejo, si es que llego, pero enamorado de Él y contento”. En Roma ha podido cuidar a sacerdotes ancianos que “cuando perdían la cabeza por algún tipo de demencia, decían jaculatorias, besaban tiernamente un crucifijo o acariciaban una imagen de la Virgen pensando que no les veía nadie”. Lucas desea vivir siempre con esa juventud de alma, mirando con mirada limpia todo lo noble y bueno que Dios le regala.

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