Vaticano

«Hablar con los ancianos nos ayuda a aprender la fidelidad, la piedad o la ternura»

En la catequesis del miércoles 30 de marzo, el Papa Francisco ha subrayado el valor de los ancianos para enseñarnos la «sensibilidad de los sentidos espirituales», en cuestiones como la fidelidad, la entrega, la compasión, la piedad, la vergüenza o la ternura.

David Fernández Alonso·30 de marzo de 2022·Tiempo de lectura: 4 minutos
ancianos papa francisco
Foto: micheile .com / Unsplash

El Papa Francisco continúa profundizando en el itinerario de catequesis sobre el tema de la vejez. En la audiencia general que el Santo Padre ha mantenido en la mañana del miércoles 30 de marzo, ha querido invitarnos a mirar «al tierno cuadro pintado por el evangelista san Lucas, que llama a escena a dos figuras ancianas, Simeón y Ana. Su razón de vida, antes de despedirse de este mundo, es la espera de la visita de Dios. Simeón sabe, por una premonición del Espíritu Santo, que no morirá antes de haber visto al Mesías. Anna iba cada día al templo dedicándose a su servicio. Ambos reconocen la presencia del Señor en el niño Jesús, que colma de consuelo su larga espera y serena su despedida de la vida».

Ilumina los sentidos

«¿Qué podemos aprender de estas dos figuras de ancianos llenos de vitalidad espiritual?», se pregunta retóricamente Francisco. «Primero», responde, «aprendemos que la fidelidad de la espera afina los sentidos. Por otro lado, lo sabemos, el Espíritu Santo hace precisamente esto: ilumina los sentidos. En el antiguo himno Veni Creator Spiritus, con el que invocamos todavía hoy al Espíritu Santo, decimos: «Accende lumen sensibus», enciende una luz para los sentidos. El Espíritu es capaz de hacer esto: agudiza los sentidos del alma, no obstante los límites y las heridas de los sentidos del cuerpo. La vejez debilita, de una manera u otra, la sensibilidad del cuerpo. Sin embargo, una vejez que se ha ejercitado en la espera de la visita de Dios no perderá su paso: es más, estará también más preparada a acogerla».

El pontífice afirma que «hoy más que nunca necesitamos esto: una vejez dotada de sentidos espirituales vivos y capaz de reconocer los signos de Dios, es más, el Signo de Dios, que es Jesús. Un signo que nos pone en crisis – es «señal de contradicción» (Lc 2,34) – pero que nos llena de alegría. La anestesia de los sentidos espirituales, en la excitación y en el entumecimiento de los corporales, es un síndrome generalizado en una sociedad que cultiva la ilusión de la eterna juventud, y su rasgo más peligroso está en el hecho de que esta es mayoritariamente inconsciente. No se da cuenta de estar anestesiada».

Sentidos espirituales

Usando el paralelismo con la pérdida de la sensibilidad del tacto o del gusto, en la que uno se da cuenta enseguida, recuerda que con la del alma uno lo puede ignorar durante mucho tiempo. «Esta no se refiere simplemente al pensamiento de Dios o de la religión. La insensibilidad de los sentidos espirituales se refiere a la compasión y la piedad, la vergüenza y el remordimiento, la fidelidad y la entrega, la ternura y el honor, la responsabilidad propia y el dolor por el otro. Y la vejez se convierte, por así decir, en la primera víctima de esta pérdida de sensibilidad. En una sociedad que ejerce principalmente la sensibilidad por el disfrute, disminuye la atención a los frágiles y prevalece la competencia de los vencedores. Ciertamente, la retórica de la inclusión es la fórmula de rito de todo discurso políticamente correcto. Pero todavía no trae una real corrección en las prácticas de la convivencia normal: cuesta que crezca una cultura de la ternura social. El espíritu de la fraternidad humana – que me ha parecido necesario reiterar con fuerza – es como un vestido en desuso, para admirar, sí, pero… en un museo».

Haciendo referencia a los jóvenes, afirma que «en la vida real podemos observar, con gratitud conmovida, muchos jóvenes capaces de honrar hasta al fondo esta fraternidad. Pero precisamente aquí está el problema: existe un descarte, un descarte culpable, entre el testimonio de esta savia vital de la ternura social y el conformismo que impone a la juventud contarse a sí misma de una forma completamente diferente. ¿Qué podemos hacer para colmar este descarte?»

Simeón y Ana

El Papa trajo a colación la historia de Simeón y Ana, mencionando también otras historias bíblicas de la edad anciana sensible al Espíritu. De esta historia «viene una indicación escondida que merece ser llevada a primer plano. ¿En qué consiste, concretamente, la revelación que enciende la sensibilidad de Simeón y Ana? Consiste en el reconocer en un niño, que ellos no han generado y que ven por primera vez, el signo seguro de la visita de Dios. Ellos aceptan no ser protagonistas, sino solo testigos. La visita de Dios no se encarna en su vida, no los lleva a la escena como salvadores: Dios no se hace carne en su generación, sino en la generación que debe venir. Ningún resentimiento y ninguna recriminación por esto. Sin embargo, gran conmoción y gran consolación. La conmoción y la consolación de poder ver y anunciar que la historia de su generación no se ha perdido o malgastado, precisamente gracias a un evento que se hace carne y se manifiesta en la generación que sigue».

En conclusión, el Papa ha subrayado que «solo la vejez espiritual puede dar este testimonio, humilde y deslumbrante, haciéndola autorizada y ejemplar para todos. La vejez que ha cultivado la sensibilidad del alma apaga toda envidia entre las generaciones, todo resentimiento, toda recriminación por una venida de Dios en la generación venidera, que llega junto con la despedida de la propia. La sensibilidad espiritual de la edad anciana es capaz de abatir la competición y el conflicto entre las generaciones de forma creíble y definitiva. Algo imposible para los hombres, pero posible para Dios. ¡Y hoy lo necesitamos mucho!»

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