España

“Ley de eutanasia”: estemos muy atentos para no confundirnos

El Dr. Tomás Chivato aborda la iniciada tramitación de una ley de eutanasia en España desde diversas perspectivas, mostrando las consecuencias médicas, culturales, sociales y morales de su eventual aprobación.

Tomás Chivato Pérez·8 de abril de 2020·Tiempo de lectura: 5 minutos
Enfermeras cuidan a un paciente en la unidad de cuidados intensivos de un hospital.

Estamos inmersos en una crisis sanitaria inédita en todo el mundo debida a la pandemia producida por el virus Covid19. Esta crisis sanitaria será superada como la humanidad ha superado con éxito otras pandemias. Padeceremos una crisis económica y social a continuación de la crisis sanitaria y que todavía no sabemos su alcance y profundidad, pero la humanidad ha superado crisis económicas y sociales de la envergadura de las Guerras Mundiales del siglo XX. Las crisis de valores son más silenciosas e invisibles, pero con efectos más duraderos y no siempre recuperables como los ocurridos y descritos las crisis sanitarias, económicas y sociales.

Recientemente se ha discutido y aprobado en el Congreso de los Diputados el inicio de la tramitación de la denominada “Ley de la eutanasia” que asegure o regule el derecho a una “muerte digna”. Se ha abierto de nuevo el debate en la sociedad española. No es un tema de debate cualquiera ni nuevo, sin duda es una cuestión crucial. 

Repasemos brevemente algunos aspectos científicos, legales, históricos, éticos y morales relacionados con la eutanasia.

Vida digna, más que “muerte digna”

La dignidad es algo intrínseco a todo ser humano y la percepción que las personas enfermas tienen de su dignidad depende en gran medida de cómo son tratadas. Es preferible hablar de vida digna y no de muerte digna. Si una persona se siente una carga o que es inútil puede sentir que ya su vida no tiene sentido. Por el contrario cuando alguien se siente querido, apreciado y acompañado no se siente como alguien “indigno”.

Recordemos el artículo 15 de la sección primera de nuestra Constitución: “Todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que en ningún caso puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes”. Parece por tanto evidente que la legislación vigente nos protege o al menos debería protegernos.

El debate reabierto no es un debate nuevo ya que desde los tiempos de Hipócrates (450 a.C.) la misión de los médicos ha sido defender y cuidar la vida desde su origen hasta su final tal y como refleja el Juramento Hipocrático: “Aplicaré mis tratamientos para beneficio de los enfermos, según mi capacidad y buen juicio, y me abstendré de hacerles daño o injusticia. A nadie, aunque me lo pidiera, daré un veneno ni a nadie le sugeriré que lo tome. Del mismo modo, nunca proporcionaré a mujer alguna un pesario abortivo”. Es obvio que el médico está llamado a proteger la vida desde el inicio hasta el final de la misma.

Medicina humana

Los médicos somos conscientes que no siempre podemos curar, aliviamos mucho, consolamos siempre y en la actualidad además hemos de acompañar en muchos casos. Es evidente que conocemos cuando se acerca el final de la vida y precisamente en esos momentos cuando la faceta más humana del médico ha de aflorar. Evidentemente no se ha de caer en el denominado “encarnizamiento” terapéutico y se ha de atender al principio de autonomía del paciente, sin olvidar los otros principios éticos de hacer el bien y no hacer el mal. Nos ha costado 25 siglos de historia llegar al 2020 y desde luego la filosofía griega, el derecho romano y el humanismo cristiano son los pilares de esta Europa cuyos cimientos no deberían tambalearse.

Los códigos deontológicos y los principios de ética médica son muy claros. La Asociación Médica Mundial ha reiterado su firme oposición al suicidio con ayuda médica y a la eutanasia, ya que “constituye una práctica de la medicina contraria a la ética”.

Pendiente deslizable

Un peligro evidente observado es el de la “pendiente deslizable” observado en Holanda. Primero se despenalizó la eutanasia para tratar enfermedades incurables, posteriormente se autorizó el empleo de la eutanasia en caso de enfermedades crónicas con dolor intratable, evolucionó a pacientes con enfermedades mentales y, recientemente, se está contemplando la autorización en personas sanas mayores de 70 años que lo soliciten, aunque no se cumpla ninguno de los requisitos contemplados anteriormente. 

Además en ocasiones la eutanasia no es solicitada por el paciente con los evidentes conflictos de interés que pueden aparecer. Teóricamente la ley es garantista, pero en la práctica pueden producirse variaciones o desviaciones.

A pesar de la legislación holandesa vigente desde 2001 ya hay médicos que apoyaron la legalización y ahora se arrepienten y nos advierten. El Profesor Theo Boer, de la Universidad de Utrecht, describe la eutanasia como el “homicidio de una persona”, habla de una Holanda “en la que la caridad ha desaparecido” y de una “ley que tiene efectos sobre toda la sociedad”, explicando por qué sus adversarios tenían razón “cuando decían que Holanda se podría encontrar en un peligroso plano inclinado”, la denominada pendiente deslizable que hemos descrito anteriormente.

Otro caso interesante es el de la Dra. Berna van Baarsen, especialista en ética médica, que ha renunciado a formar parte de uno de los cinco comités regionales de evaluación de Holanda establecidos para supervisar la provisión de eutanasia. No podía apoyar un cambio importante en la interpretación de la ley de eutanasia de su país para respaldar la administración de inyecciones letales a un número cada vez mayor de pacientes con demencia.

Riesgo de mercantilización

Un riesgo evidente es la mercantilización de la muerte, convirtiéndose en “producto de consumo”. En Holanda ya puede solicitarse la realización domiciliaria de dicho “tratamiento”. El coste aproximado es de unos 3.000 euros. Sin comentarios.

El Papa Francisco acaba de remitir a los profesionales un mensaje en la XVIII Jornada Mundial del Enfermo: “Queridos agentes sanitarios: cada intervención de diagnóstico, preventiva, terapéutica, de investigación, cada tratamiento o rehabilitación se dirige a la persona enferma, donde el sustantivo ‘persona’ siempre está antes del adjetivo ‘enferma’. Por lo tanto, que vuestra acción tenga constantemente presente la dignidad y la vida de la persona, sin ceder a actos que lleven a la eutanasia, al suicidio asistido o a poner fin a la vida, ni siquiera cuando el estado la enfermedad sea irreversible”.

Curar y cuidar

Estamos en los tiempos de la medicina basada en la evidencia científica. La eficacia, la efectividad y la eficiencia se han incorporado a la rutina de la práctica diaria. Ahora más que nunca es importante la medicina basada en la afectividad, el paciente ha de estar en el centro de nuestra actividad desde el momento del embarazo, parto, pasando después por la infancia, juventud, madurez y llegar finalmente la senectud.

La experiencia clínica demuestra suficientemente que, para las situaciones de sufrimiento insoportable, la solución no es la eutanasia, sino la atención adecuada, humana y profesional, y a este fin se dirigen los cuidados paliativos. El problema es que, según el Atlas de Cuidados Paliativos en Europa, en España estamos en la cola de recursos humanos y profesionales de Europa en lo que a medicina paliativa se refiere.

Una situación creciente social es el de la soledad de las personas mayores con enfermedades crónicas que además son residentes en despersonalizadas ciudades. A alguien se le podría ocurrir que su vida no es digna de ser vivida.

Curar y cuidar han de ser las dos caras de la misma moneda científica y humana de los buenos médicos que además sean médicos buenos. Se está produciendo un movimiento de re-humanización de la relación médico-paciente que nos permite ser optimistas. 

En el futuro nos juzgarán las generaciones venideras. Recordemos este texto atribuido a Martin Niemöller relativo a lo ocurrido en la Alemania nazi del siglo pasado: “Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista, luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío, luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista, Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante, luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”. Podríamos aplicarlo en este debate de la eutanasia.

El autor

Tomás Chivato Pérez

Decano y Profesor de Ética y Comunicación Asistencial de la Facultad de Medicina de la Universidad CEU San Pablo

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