Cultura

La Tierra Santa de Jesús

Gerardo Ferrara, escritor, historiador y experto en historia, política y cultura de Oriente Medio, se adentra en este artículo en las características de la tierra y el momento socio político que vio nacer a Jesús

Gerardo Ferrara·16 de septiembre de 2022·Tiempo de lectura: 6 minutos
Maqueta segundo templo
Maqueta de la Jerusalén del segundo Templo que se puede ver en el Museo de Israel (Jerusalén)

Artículo original en italiano

Al acercarnos a los Evangelios se vislumbra el paisaje social de lo que hoy conocemos por Tierra Santa, en la época de Jesús. La historia de esta tierra y de los pueblos que en ella han habitado a través de los siglos, enmarca la vida de Cristo en la tierra y otorgan un marco de interpretación muy valioso para revivir y descubrir toda la riqueza que encierran las escrituras.

Una tierra que siempre ha sido compleja

En la época de Jesús, Tierra Santa no se llamaba Palestina. Este nombre, de hecho, se lo dio el emperador Adriano a partir del año 135 d.C., al final de la Tercera Guerra Judía. Entonces ni siquiera era un sólo unicum, geográfica, política, cultural y religiosamente, si es que alguna vez lo había sido. De hecho, el antiguo Reino de Israel hacía tiempo que había dejado de ser un estado independiente y estaba dividido entre Judea, sometida inmediatamente a Roma y gobernada por un praefectus, y las otras dos regiones históricas, Galilea y Samaria.

Tierra Santa en tiempos de Jesús

Sin embargo, Judea siguió siendo el corazón del culto judío, ya que allí, en Jerusalén, se encontraba el Templo, al que acudían todos los judíos dispersos por el mundo.

Por otra parte, Samaria, meseta central de lo que hoy se conoce como Palestina o Israel, estaba habitada por los samaritanos, población resultante de la fusión de los colonos traídos por los asirios en el siglo V a.C., en la época de la conquista del Reino de Israel, y los proletarios locales, dejados por los conquistadores, que en cambio habían deportado a los notables israelitas a Asiria.

La mezcla había dado lugar a un culto que al principio era sincrético, pero que luego se refinó hasta convertirse en monoteísta, aunque en contraste con el judío. En la práctica, tanto los judíos como los samaritanos se consideraban los únicos y legítimos descendientes de los patriarcas y custodios de la Alianza con Yahvé, la Ley y el culto. Los primeros, sin embargo, tenían su centro de culto en Jerusalén, los segundos en un templo en el monte Garizim, cerca de la ciudad de Siquem. Sabemos por los evangelios, pero no sólo, que judíos y samaritanos se detestaban mutuamente.

Galilea

Galilea era una zona de población mixta: pueblos y ciudades judías (por ejemplo, Nazaret, Caná) se encontraban junto a ciudades de cultura grecorromana y luego pagana (por ejemplo, Séforis, Tiberíades, Cesárea de Filipo). La población de la región, aun siendo de fe y cultura judías, era despreciada por los habitantes de Judea, que se jactaban de ser más puros y refinados. Varias veces, sobre Jesús, oímos decir en los evangelios que «nada bueno puede salir de Nazaret o Galilea». Por cierto, no sólo nos dicen los evangelios, sino también los pocos escritos rabínicos que quedan de aquella época, que también se burlaban de los galileos por su forma de hablar. El hebreo y el arameo (una lengua franca que se hablaba en todo Oriente Medio en aquella época), como todas las lenguas semíticas, tienen muchas letras guturales y sonidos aspirados o laríngeos. Y los galileos pronunciaban muchas palabras de una manera considerada graciosa o vulgar por los judíos. Por ejemplo, el nombre יְהוֹשֻׁעַ, Yehoshu‛a, lo pronunciaban Yeshu, de ahí la transcripción griega Ιησούς (Yesoús), más tarde cambiada al latín Jesús.

Galilea, sin embargo, constituía un reino vasallo de Roma y estaba gobernada por el tetrarca Herodes, un rey de origen pagano puesto literalmente en el trono por Augusto. Herodes, conocido por su crueldad pero también por su astucia, había hecho todo lo posible para ganarse la simpatía del pueblo judío, incluso hacer ampliar y embellecer el Templo de Jerusalén (que había sido reconstruido por el pueblo de Israel tras su regreso del cautiverio de Babilonia). Las obras para completar la estructura seguían en curso mientras Jesús vivía y se completaron sólo unos años antes del 70 d.C., cuando el santuario mismo fue arrasado durante la destrucción de Jerusalén por los romanos dirigidos por Tito.

Al lado, más al noreste, más allá de la orilla oriental del lago de Galilea, había una confederación de diez ciudades (la Decápolis), que representaba una isla cultural helenizada.

La destrucción del Templo y la diáspora

La diáspora, es decir, la dispersión de los israelitas por los cuatro rincones del planeta ya había comenzado entre el 597 y el 587 a.C., con el llamado «cautiverio babilónico», es decir, la deportación de los habitantes de los reinos de Israel y Judá a Asiria y Babilonia, y con la destrucción del Templo construido por Salomón, por parte del rey Nabucodonosor. En el año 538, con el Edicto de Ciro, rey de los persas, una parte de los judíos pudo reconstruir el Templo al regresar a su país, aunque muchos judíos permanecieron en Babilonia o se fueron a vivir a otras regiones, proceso que continuó en la época helenística y romana.

Sin embargo, fue Roma la que puso fin -y durante casi dos mil años- a las aspiraciones nacionales y territoriales del pueblo judío, con las sangrientas tres guerras judías.

La primera de ellas (66-73 d.C.) culminó con la destrucción de Jerusalén y el Templo, así como de otras ciudades y fortalezas militares como Masada, y la muerte, según el historiador de la época, Josefo Flavio, de más de un millón de judíos y veinte mil romanos. La segunda (115-117) tuvo lugar en las ciudades romanas de la diáspora y también se cobró miles de víctimas. En la tercera (132-135), también conocida como la Revuelta de Bar-Kokhba (en honor a Shimon Bar-Kokhba, el líder de los rebeldes judíos, que al principio fue incluso proclamado mesías), la maquinaria bélica romana pasó como una apisonadora por encima de todo lo que encontró, arrasando unas 50 ciudades (incluyendo lo que quedaba de Jerusalén) y 1000 pueblos. No sólo los revoltosos, sino casi toda la población judía que había sobrevivido a la Primera Guerra Judía fue aniquilada (hubo aproximadamente 600.000 muertos) y la damnatio memoriae llevó a borrar la idea misma de una presencia judía en la región, que fue romanizada incluso en la topografía.

El nombre de Palestina, de hecho, y más precisamente Siria Palæstina (Palestina propiamente dicha era, hasta entonces, una delgada franja de tierra, correspondiente más o menos a la actual Franja de Gaza, en la que se encontraba la antigua Pentápolis filistea, un grupo de cinco ciudades-estado habitadas por una población de habla indoeuropea históricamente hostil a los judíos: los filisteos), fue atribuido por el emperador Adriano a la antigua provincia de Judea en el año 135 d.C, tras el final de la Tercera Guerra Judía. El mismo emperador hizo reconstruir Jerusalén como ciudad pagana, con el nombre de Aelia Capitolina, colocando templos de dioses grecorromanos justo encima de los lugares sagrados judíos y cristianos (los judíos y los cristianos fueron entonces asimilados).

La Tierra Santa como pedagogía de Jesús

La Tierra Santa ha sido llamada repetidamente el Quinto Evangelio. El último, por orden de tiempo, en referirse a ella en este sentido ha sido el Papa Francisco, cuando al recibir a la Delegación de la Custodia de Tierra Santa en el Vaticano, en enero de 2022, dijo: «dar a conocer Tierra Santa significa transmitir el Quinto Evangelio, es decir, el entorno histórico y geográfico en el que la Palabra de Dios se reveló y luego se hizo carne en Jesús de Nazaret, para nosotros y para nuestra salvación».

Que Tierra Santa es un poco como el Quinto Evangelio lo demuestra la propia vida de Jesús y su incansable caminar por esta tierra para cumplir su misión allí.

Sabemos que esta misión de Jesús es el abajamiento de Dios hacia el hombre, definido en griego como κένωσις (kénōsis, «vaciamiento»): Dios se rebaja y se vacía; se despoja, en la práctica, de sus propias prerrogativas y atributos divinos para compartirlos con el hombre, en un movimiento entre el cielo y la tierra. Este movimiento supone, tras un descenso, también un ascenso de la tierra al cielo: la théosis (θέοσις), la elevación de la naturaleza humana que se convierte en divina porque, en la doctrina cristiana, el hombre bautizado es el propio Cristo. En la práctica, el rebajamiento de Dios conduce a la apoteosis del hombre.

El abajamiento de Dios para la apoteosis del hombre lo vemos en varios aspectos de la vida humana de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte en la cruz y su resurrección. Pero también lo vemos en su predicación del Evangelio a la Tierra de Israel, desde el comienzo de su vida pública, con su bautismo en el río Jordán por Juan el Bautista, hasta su rumbo decidido hacia Jerusalén. Curiosamente, el bautismo en el Jordán tiene lugar en el punto más bajo de la tierra (precisamente las orillas del Jordán, en los alrededores de Jericó, a 423 metros por debajo del nivel del mar) y la muerte y resurrección en lo que se consideraba, en la tradición judía, el punto más alto: Jerusalén.

Jesús, por tanto, desciende, como el Jordán (cuyo nombre hebreo, Yarden, significa precisamente «el que desciende») hacia el Mar Muerto, un lugar desierto, desnudo y bajo que simboliza los abismos del pecado y la muerte. Sin embargo, luego asciende a Jerusalén, el lugar donde sería «levantado» de la tierra. Y sube allí, como hicieron todos los judíos antes que él, en peregrinación. Por extensión, encontramos esta idea de peregrinación, de «ascensión», en el concepto moderno de ‘aliyah), término que define tanto la peregrinación a Israel de los judíos (pero también de los cristianos) como la inmigración y el asentamiento (los peregrinos y los emigrantes se llaman ‘olím -de la misma raíz «‘al»- que significa ‘los que ascienden’). Incluso el nombre de la compañía aérea de bandera israelí El Al significa «hacia arriba» (y con un doble significado: «alto» es el cielo, pero «alto» es también la Tierra de Israel). Una ascensión, pues, en todos los sentidos.

El autorGerardo Ferrara

Escritor, historiador y experto en historia, política y cultura de Oriente Medio.

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