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Kazajstán. El Papa visita una Iglesia que crece

El Santo Padre viajará a Kazajstán para participar en el VII Congreso de Líderes de Religiones Mundiales y Tradicionales. Aurora Díaz lleva quince años viviendo en el país y de su mano nos acercamos a la idiosincrasia de una tierra a caballo entre oriente y occidente.

Aurora Díaz Soloaga·8 de septiembre de 2022·Tiempo de lectura: 5 minutos
Kazajstán

Kazajstán, en el corazón de Asia Central, es un mosaico de pueblos: de etnias, lenguajes y religiones. Un maremágnum cultural que ha sabido conservar y promover la concordia a través de una historia forjada a orillas de la ruta de la seda, de tribus nómadas y de acogida de deportados durante el régimen soviético. 

Kazajstán, tras su independencia en 1991, al colapsar la Unión Soviética, es en la actualidad un país soberano de inmensas estepas, de múltiples recursos minerales, de una pequeña población (apenas 19 millones de habitantes) para la enorme extensión que lo convierte en el noveno país más grande del mundo (2.750.000 kilómetros cuadrados: cinco veces más grande que España). Es además el país elegido por el Papa Francisco para su próximo viaje, con motivo del VII Congreso de Líderes de Religiones Mundiales y Tradicionales, que se celebrará en Nur-Sultán, la joven capital del país, los próximos 14 y 15 de septiembre de 2022. 

El viaje del Papa, el segundo que un romano pontífice hace al país (ya Juan Pablo II lo visitó en 2001) será además ocasión de encuentro con la joven iglesia que crece en el país. Una Iglesia con una historia entrecortada y desigual, pero que se remonta a muchos siglos atrás, hasta el punto de ser considerada una de las religiones tradicionales en el país. 

La primera presencia probable se remonta a finales de la edad antigua (siglo III), como resultado de los movimientos comerciales y culturales propiciados por la Ruta de la seda. Varios siglos después, misioneros franciscanos y dominicos, aprovechando el apogeo de la Ruta de la seda llegaron en el siglo XIII a estas tierras: atendieron a los cristianos que habían conservado la fe, propagaron el Evangelio, y construyeron monasterios. La furia de Gengis Khan, dueño y señor de las estepas en esos años concedía sin embargo cierta tolerancia religiosa a los pueblos que conquistaba. Son años de conversiones y de las primeras relaciones diplomáticas entre la Santa Sede, Gengis Khan y otros gobernantes de los Estados del Asia central, llegando incluso a establecerse cierta estructura canónica: el primer obispo conocido en la zona es de 1278. Sin embargo, en aquellos años de intenso crecimiento islámico, las hordas del Khan Alí derrocaron a los gobernantes previos, destruyeron el monasterio de Almalik en 1342, y martirizaron al obispo franciscano Ricardo de Borgoña, junto a otros cinco franciscanos y a un mercader latino (hoy todos ellos en proceso de beatificación). 

Mártires modernos

Una vez más, el viejo adagio de Tertuliano que dice “la sangre de los mártires es semilla de cristianos” se vuelve a cumplir, aunque haya sido necesario para ello esperar varios siglos: hasta mediados del siglo XX. Irónicamente, el instrumento providencial para que esa semilla fructificara fue Josef Stalin, y sus órdenes de deportación, que poblaron las desiertas estepas de grupos de europeos, muchas veces católicos: polacos, alemanes, ucranianos o lituanos… Algunos de esos primeros deportados murieron al intentar dominar las duras condiciones climáticas de la zona. Pero otros sobrevivieron y pasaron a nombrar a estas tierras su patria, gracias también a la hospitalidad y compasión de los primitivos habitantes de esta zona: los kazajos. Durante la época estalinista, y aun poniendo en juego su seguridad, muchos de esos kazajos alimentaron o acogieron a los deportados, compartiendo su mismo destino. 

Al disolverse la URSS, el moderno Kazajstán logró la independencia en 1991, y estableció relaciones diplomáticas con la Santa Sede en 1992. Empezaba entonces un tiempo de libertad para los fieles de diversas confesiones. Poco a poco, esa Iglesia que surgía de mil dificultades y que aunaba tantas nacionalidades, podía estructurar su trabajo y la atención de los católicos diseminados por la inmensa extensión del país. Hoy en día se cuenta con tres diócesis: la de Santa María, en Astaná, la de la Santísima Trinidad en Almaty, y la diócesis de Karaganda. También hay una Administración apostólica al Oeste del país, en Atyrau. Hay 108 iglesias en todo el país, atendiendo a un total aproximado de 182.000 católicos: en torno al 1 % de la población. Se trata por tanto de la segunda minoría cristiana, después de la Iglesia ortodoxa, en un país de mayoría musulmana. Aunque es frecuente que los católicos pertenezcan a familias de raíces europeas (polacos, alemanes, ucranianos o lituanos) poco a poco la Iglesia se enraíza en estas tierras al compás de la conversión de personas de diversas etnias (también kazajos). En cada Pascua es frecuente asistir a bautizos en las principales catedrales del país. 

Razones para el optimismo

Aunque los números sean pequeños, los motivos de esperanza de esta joven Iglesia son múltiples: las relaciones con el gobierno del país son cordiales y buscan la colaboración en el ámbito de la construcción de la paz. La Iglesia Católica ha estado presente en cada una de las ediciones del Congreso de Líderes de Religiones Mundiales y Tradicionales, promovidas por el primer presidente del país, Nursultan Nazarvayev, en 2003. Como ha sido subrayado desde los comienzos del Kazajstán moderno, en 1991, una de las garantías de la paz en el país ha sido precisamente la armonía religiosa y el respeto mutuo entre credos. La convivencia y el trabajo común con otras confesiones, en campos como la asistencia a la institución familiar, el diálogo ecuménico y la educación en valores es una de las garantías para evitar la deriva hacia islamismos radicales.

En las tres diócesis y la Administración apostólica, de extensiones gigantescas, se vive un crecimiento calmado pero acompasado: se abren nuevas iglesias y hay bautizos todos los años, gracias al trabajo muchas veces abnegado de sacerdotes diocesanos procedentes de diversos países de Europa, América Latina y Asia. Las órdenes religiosas presentes en el país garantizan un núcleo de diversidad vocacional, lo que facilita el crecimiento de vocaciones locales a lo largo y ancho del país. El hermanamiento con la comunidad greco católica es además especialmente estrecho, como un claro signo de comunión en una zona de misión y periferia como esta. 

En Karaganda, ciudad en el centro del país, se ubica el Seminario de Asia Central, con aspirantes al sacerdocio procedentes de toda la zona, como Armenia, Georgia y otros países. En esa misma ciudad la catedral de Nuestra Señora de Fátima, consagrada en 2012, recuerda a las víctimas del que fue uno de los mayores centros de persecución del régimen comunista, el complejo correccional “Karlag” (por sus siglas “KARagandinskiy LAGer-campo de Karaganda”) en el que sufrieron y murieron sacerdotes y laicos católicos, además de fieles de otras confesiones religiosas. La catedral es considerada así un centro de reconciliación y difusión de espiritualidad y cultura, facilitado también por conciertos del magnífico órgano instalado allí (una forma especialmente lúcida de difundir la belleza de la fe, teniendo en cuenta el entorno de multiplicidad religiosa del país). Karaganda acoge, junto con la diócesis de Astaná, a la mayoría de los católicos del país, debido a la mayor concentración de deportados que se vivió en esa zona del norte. De hecho, en esa segunda ciudad vivieron y murieron personajes clave para el actual florecimiento de la Iglesia, como el beato Bukovinskiy, Aleksey Zaritsky y otros.

Los fieles de la Iglesia en Kazajstán esperan con entusiasmo la visita del Papa. Como el mismo Francisco comentó en la última visita ad limina de 2019, es hora de alegrarse con las pequeñas hierbas que crecen en esta tierra de estepas, armonía y convivencia pacífica. La visita del Papa a esta periferia misionera será sin duda muy fructífera. Todo el país se suma a la acogida que el presidente actual del país Kasym-Jomart Tokaev, iniciador de la invitación oficial al Papa, prepara con esmero y respeto.

El autorAurora Díaz Soloaga

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