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Juan Pablo I, hacia los altares, con un programa que se llevó al cielo

El Papa Francisco ha reconocido un milagro atribuido a la intercesión del Papa Luciani, Juan Pablo I, abriendo el camino para su beatificación. Los profesores Onésimo Díaz y Enrique de la Lama repasan hechos significativos de su vida, de sus 33 días como Papa, y un programa que sólo pudo esbozar.

Rafael Miner·24 de octubre de 2021·Tiempo de lectura: 5 minutos
juan pablo I

El año 1978 fue algo turbulento para la Iglesia. Hubo tres Papas, y esto había sucedido sólo en trece ocasiones en la bimilenaria historia de la Iglesia, aunque le supera 1276, año en el que hubo cuatro Romanos Pontífices. El último año que la Iglesia católica tuvo tres Papas había sido 1605, hace cuatro siglos.

El sacerdote y escritor italiano Mauro Leonardi, colaborador de Omnes, ha contado hace unos días en este portal que tuvo la suerte de estar presente en la primera audiencia de Juan Pablo I, el Papa de los “33 días” que pronto será beatificado. Pasó el mes de agosto de 1978 en Roma y así pudo estar presente en los funerales de san Pablo VI, fallecido el 6 de ese mes, y en el anuncio de la elección del patriarca de Venecia, Albino Luciani, que tuvo lugar el mismo 26 de agosto.

“La actividad en la que participé terminó a principios de septiembre, por lo que pude acudir a la primera Audiencia General, que se celebró el 6 de septiembre”, ha evocado. “Aunque su pontificado duró muy poco, dejó claro que, entre otras muchas cosas, sería necesario dar a la figura del Papa una dimensión más cercana al pueblo. Este fue el camino, ya emprendido por Pablo VI y Juan XXIII, que luego adoptó con fuerza Juan Pablo II”, todos ellos canonizados por el Papa Francisco.

“El hecho sorprendente en aquella primera Audiencia de Juan Pablo I, fue la repentina decisión de llamar a un niño, un monaguillo, para que dialogara con él. Pueden leer aquí la anécdota que narra Mauro Leonardi, y que refleja, a su juicio, que “Dios quería no sólo ‘estar’ más cerca de los hombres, sino también ‘parecerlo’”.

No pudo escribir ni una encíclica

“Juan Pablo I ha pasado a la historia por la brevedad de su pontificado, por su sonrisa y por ser último papa italiano a lo largo más de cuatro siglos hasta la fecha. El patriarca de Venecia, Albino Luciani (1912-1978), fue un hombre sencillo, formado en una familia cristiana y humilde, el mayor de cuatro hermanos. Siguiendo las huellas de san Juan XXIII y san Pablo VI, unió sus nombres como signo de continuidad con sus dos predecesores”, explica Onésimo Díaz, autor de Historia de los Papas en el siglo XX, Base, Barcelona, 2017, y profesor de la Universidad de Navarra.

“A Juan Pablo I no le dio tiempo a escribir una encíclica, ni siquiera a trasladar sus libros y sus cosas al Vaticano. El ‘Papa de la sonrisa’ falleció repentinamente el 29 de septiembre de 1978”, comenta el investigador Onésimo Díaz, que cuenta la siguiente iniciativa del patriarca de Venecia. “Por su afán catequético, se embarcó en la empresa de publicar una carta mensual, cuyo destinatario era un personaje famoso del pasado, como los escritores Chesterton, Dickens, Gogol y Péguy. Este epistolario peculiar se editó con el título Ilustrísimos señores. Cartas del patriarca de Venecia (Madrid, BAC, 1978)”.

“Sin duda, la carta más atrevida y profunda la dirigió a Jesucristo, que terminó así:

‘Nunca me he sentido tan descontento al escribir como en esta ocasión. Me parece que he omitido la mayoría de las cosas que podían decirse de Ti y que he dicho mal lo que debía haber dicho mucho mejor. Sólo me consuela esto: lo importante no es que uno escriba sobre Cristo, sino que muchos amen e imiten a Cristo’. Y, afortunadamente –a pesar de todo–, esto sigue ocurriendo también hoy”, señala el profesor Díaz.

Fallece el metropolita de Leningrado

“No sabemos cuál hubiera llegado a ser la fecundidad de aquella mansa lluvia, que era la suave doctrina y el dulce talante del nuevo Papa“, escribió Enrique de la Lama, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, “pero en aquel breve espacio temporal habían ocurrido cosas importantes, algunas patéticamente hermosas y pletóricas de significado”.

Por ejemplo, el 5 de septiembre, dos días después de su solemne entronización, el

metropolita Nikodim de Leningrado, que había venido a Roma para asistir a los

funerales de Pablo VI y para conocer al nuevo Pontífice, una vez elegido, fue recibido

en audiencia por Juan Pablo I en su biblioteca privada. Cuenta el profesor De la Lama: “El noble metropolita, que frisaba en los 50 años, falleció súbitamente a los pocos minutos de comenzar la conversación:

‘Hace dos días —confiaba el Santo Padre [Papa Luciani] al clero de Roma— ha muerto entre mis brazos el metropolita Nikodim de Leningrado. Yo estaba respondiendo a su saludo. Os aseguro que nunca en la vida había escuchado palabras tan hermosas para con la Iglesia como las que él acababa de pronunciar; no puedo decirlas, quedan en secreto. Verdaderamente estoy impresionado. ¡Ortodoxo, pero cómo ama a la Iglesia! Y creo que ha sufrido mucho por la Iglesia, haciendo muchísimo por la unión’”.

El programa que llegó a esbozar

“Fueron para él días intensos.”, prosigue don Enrique de la Lama, que detalla algunas de sus actividades en esos días, parte de ese “programa que no pudo cumplir”: “En cuatro semanas, además de las tradicionales audiencias inaugurales al Cuerpo Diplomático, a los representantes de los ‘media’, a las misiones especiales llegadas para la solemne entronización e imposición litúrgica del ‘palio primacial’, habló en días sucesivos al clero romano, recibió al episcopado de los Estados Unidos y les habló sobre la grandeza y santidad de la familia cristiana, habló a los obispos filipinos sobre evangelización, insistió sobre la opción por los pobres, enseñó sobre la natura leza de la autoridad episcopal, deploró las irregularidades litúrgicas y clamó contra la violencia”.

“Hubiera deseado también dar un fuerte impulso a la solución jurídica del Opus Dei y de hecho había aprobado una carta con el fin de poner en marcha las correspondientes deliberaciones: pero no llegó a estampar su firma”, revelaba el profesor De la Lama (ver Juan Pablo I y Juan Pablo II en los umbrales del tercer milenio, Anuario de Historia de la Iglesia, 6 (1997): 189-218). Como es sabido, la configuración del Opus Dei como prelatura personal de ámbito universal de la Iglesia católica, fue llevada a cabo por san Juan Pablo II, tras una amplia consulta al episcopado mundial, en 1982.

Buscar a Dios en el trabajo cotidiano”

El cardenal Luciani había escrito ya sobre el Opus Dei. En efecto, unas semanas antes de ser elegido pontífice, publicó en una revista veneciana un artículo sobre el Opus Dei, titulado “Buscar a Dios en el trabajo cotidiano” (Gazzetino de Venecia, 25 de julio de 1978), en el que el patriarca recordaba que “Escrivá habla directamente de ‘materializar’ —en buen sentido— la santificación. Para él, es el mismo trabajo material, lo que debe transformarse en oración y santidad”, señala Onésimo Díaz.

El investigador Díaz señala que los escritos y la sonrisa cautivadora” del patriarca Luciani, luego Juan Pablo I por 33 días, “transmiten la imagen de un hombre de Dios, que veremos muy pronto en los altares, como su predecesor san Pablo VI y su continuador san Juan Pablo II. De momento, en los próximos meses será proclamado beato”.

La evangelización, primer deber”

Por otra parte, De la Lama recuerda en su escrito la declaración inicial del recién elegido Papa Juan Pablo I sobre su trabajo futuro: “Nuestro programa s será continuar el suyo (el de Pablo VI). […] Queremos recordar a la Iglesia entera que su primer deber sigue siendo la evangelización, cuyas líneas maestras nuestro predecesor Pablo VI ha condensado en un memorable documento. Queremos continuar el esfuerzo ecuménico, que Nos consideramos como la última voluntad de nuestros dos inmediatos predecesores. Queremos proseguir con paciencia y firmeza en aquel diálogo sereno y constructivo que el nunca suficientemente llorado Pablo VI puso como fundamento y programa de su acción pastoral, describiendo sus líneas maestras en la gran Encíclica Ecclesiamsuam. Queremos, en fin, apoyar todas las iniciativas laudables y buenas que puedan tutelar e incrementar la paz en el mundo turbado: para lo cual pedimos la colaboración de todos los hombres buenos, justos, honestos, rectos de corazón”.

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