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Juan Narbona: “La fe es poderosamente atractiva”

El profesor de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz destaca en esta segunda parte de la entrevista cómo “la Iglesia tiene una identidad que no puede cambiar. Ella misma es creyente: basa su fe en Dios. Al mismo tiempo, tiene una misión que cumplir, por eso tiene que ser creíble. Pero aun así no basta: además, tiene que ser “querible”. 

Alfonso Riobó·21 de julio de 2021·Tiempo de lectura: 6 minutos
Alemania Iglesia
Foto: CNS photo/Harald Oppitz, KNA

Ofrecemos la segunda parte de la entrevista que ha concedido a Omnes Juan Narbona, profesor de Comunicación Digital en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Si en la primera parte, publicada hace unos días, explicó que la desconfianza en las instituciones debilita a la sociedad, ahora se centra en el ámbito de la Iglesia.

¿Se puede afirmar que la falta de confianza es algo más que un problema de comunicación?

– La comunicación sirve para tender la mano cuando uno considera que merece la confianza, y para poner en marcha los mecanismos que nos hacen merecedores de ella. En una organización, el departamento de comunicación tiene la misión de recordar el papel inspirador de los valores, de crear una cultura corporativa al servicio de las personas (por ejemplo, escuchando) y de mostrar con palabras e imágenes entendibles la propia propuesta. Pero quien utilice la comunicación para maquillar el propio comportamiento incoherente, egoísta o incapaz, fracasará antes o después.

Por ejemplo, si una realidad de la Iglesia, por acercarse a los lejanos, defendiera verdades contrarias a la fe, quizá aparentaría una mayor capacidad –“ellos sí que son cercanos a la gente”– o benevolencia –“tienen una mentalidad moderna y abierta”–, pero dejarían de ser íntegros y, por lo tanto, antes o después perderían la confianza de quien desea un testimonio de fe. Como decía Groucho Marx: “Estos son mis principios, y si no le gustan tengo otros…”. Alguien así no nos inspira mucha confianza, ¿verdad?

En algunos lugares preocupa la pérdida de credibilidad de la Iglesia a la que puedan conducir las informaciones sobre abusos sexuales. ¿Hay una relación directa entre ambas cuestiones?

– Sin duda esos escándalos han erosionado la credibilidad de la Iglesia. Donde se han producido esos casos, se ha dado la imagen de una institución que se ha defendido a sí misma y no a las personas a las que tenía que proteger. Y en muchos casos ha sido así.

Inspirar confianza de nuevo es un proceso largo que exige paciencia, porque antes de recuperar la confianza hay que cambiar las dinámicas que permitieron aquellos delitos y mentiras.

A veces se afirma que recuperar la credibilidad exigiría cambiar el contenido propuesto a los fieles para creer…

– Un sano deseo de reforma es muy positivo si genera cambios acordes con la propia identidad y misión. No se trata de dejar de ser quien eres con tal de recuperar el aplauso del público. Ese sería un falso cambio.

Las crisis son una ocasión para volver a las propias raíces, para desempolvar el por qué se puso en marcha una organización o iniciativa. Son, además, una oportunidad para liberarse del peso inútil adquirido con el tiempo, de las malas prácticas o modos de hacer que sirvieron durante una época, pero de los que tenemos que ser capaces de desprendernos si no ayudan a la misión, que en el caso de la Iglesia es la salvación de las almas.

Discernir qué se puede cambiar y qué no es un ejercicio que requiere grandes dosis de prudencia y coraje. Como decía al principio, los límites en los que nos podemos mover están marcados por quién soy y cuál es mi función. Estas orientaciones sirven para la Iglesia, para cualquier organización y para cada uno de nosotros.

Decía usted que merecer confianza requiere demostrar integridad, benevolencia (desear el bien del otro) y capacidad. ¿Cómo comunicar la “incoherencia”, en cierto sentido es inevitable pues la Iglesia está integrada por pecadores, además de santos?

– Comunicar la propia vulnerabilidad es un tema delicado, pero necesario. Por ejemplo, pedir perdón puede costar, pero es una acción que ayuda a devolver al primer plano los valores que uno ha traicionado. Si una organización donde se ha gestionado mal el dinero pide disculpas, está admitiendo que desea guiarse en adelante con honestidad financiera.

Suelo repetir que el perdón debe seguir la regla de las tres r: “reconocer” el mal ocasionado, “reparar” en la medida de lo posible el daño causado a la otra parte y “rectificar” las circunstancias que pudieron propiciar ese mal. No siempre resulta fácil, pero pedir disculpas –admitir que el propio comportamiento se ha distanciado de los valores que deberían guiarnos– es el grito del pecador que aún confía en poder ser santo. Reconocer la propia fragilidad es, paradójicamente, la base sobre la cual se puede trabajar sólidamente para recuperar la confianza de los demás.

Pedir perdón, -es la pregunta del Evangelio- ¿cuántas veces? Además, también se espera que algunos en la Iglesia se disculpen y asuman las consecuencias de los errores de otros.

– La Iglesia siente la responsabilidad de pedir perdón por las ofensas cometidas por algunos de sus ministros, y tendrá que hacerlo mientras haya personas heridas. Pero me remito a las tres “r” de antes: demuestran que pedir perdón es un acto importante, serio, profundo. Es importante no banalizarlo, ni utilizarlo como una herramienta de márquetin.

Igualmente serio es reclamar perdón: hay que explicar los motivos, y no exigirlo simplemente para humillar a la otra parte o para vengarse por el daño sufrido. Si se busca justicia, sí, es perfectamente legítimo. Es más, la Iglesia está llamada a ir más allá de la justicia y ser maestra de caridad.

En cuanto a la “benevolencia”, ¿podría plantearse la duda sobre si la Iglesia quiere el bien de los fieles?

– Como dijo el Papa, “el poder es servicio”, algo que a veces no ha sido entendido ni por quien ejerce la autoridad ni por quien la sigue. Por eso, vemos con sospecha a los dirigentes de muchas instituciones, no solo de la Iglesia. La crisis de confianza actual hacia aquellas organizaciones que se rigen por un sistema estructurado tiene que hacernos pensar. No se trata de eliminar las jerarquías –que son necesarias–, sino de encontrar nuevos modos de participación. Más diálogo puede ayudar a que cada persona sienta la responsabilidad por el futuro y la buena salud de la propia organización –la Iglesia, también–; serviría para encontrar propuestas creativas a los retos de una sociedad en continuo cambio, para comprender las dificultades de quien dirige la organización, para conocer las necesidades y expectativas de quien forma parte, para tener una visión más completa y realista del contexto en el que se trabaja…

En mi opinión, la sinodalidad que propone Papa Francisco –que es un bien de raíz teológica y no una simple técnica de participación democrática– es un ejemplo, pero cada realidad tiene que encontrar los propios métodos para aumentar la escucha y la participación. El sentido crítico que todos tenemos puede convertirse en algo positivo si logramos un sistema que lo oriente a la obtención de soluciones constructivas.

Aludamos ahora a la capacidad. ¿En qué sentido puede ser la Iglesia “competente”? Los católicos tenemos siempre la posibilidad de obrar bien, pero no siempre lo hacemos.

– Siempre tendremos en la Iglesia esa impresión de no ser capaces de ofrecer al mundo plenamente la maravilla del mensaje cristiano. Eso no quita para que en cada época nos tengamos que esforzar por renovar el lenguaje, vistiendo nuestro anuncio de palabras nuevas que despierten interés de la gente. Para lograrlo, es importante aprender a escuchar. Como dijo el poeta Benedetti: “Cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”. Esa es la impresión que podemos tener en la Iglesia.

¿Qué preguntas se hace hoy la gente? ¿Por qué la propuesta cristiana no siempre intercepta sus interrogantes? Tampoco podemos olvidar que, en un mundo polarizado con poco espacio para el diálogo, y en el que las emociones a veces tienen demasiado peso, el testimonio sereno y constante de los cristianos –en las obras de caridad, por ejemplo– seguirá siendo una enorme fuente de confianza.

Las obras demuestran que somos capaces de hacer el bien. Me gusta citar lo que decía san Francisco a sus discípulos para recordarles el valor del testimonio: “Salgamos a predicar, si es necesario incluso con las palabras”. A veces, basta confiar en la enorme fuerza de una vida coherente. Las acciones comunican solas cuando están bien hechas.

¿Dónde anclar la fidelidad, si se percibe falta de coherencia en las acciones?

– Recordar con frecuencia que no tenemos que ser fieles a una institución, sino a una Persona. Cristo y su Iglesia son inseparables, por eso estamos seguros de que en la Iglesia encontramos a Cristo. Pero cada hombre realiza en contextos culturales, sociales o intelectuales diferentes esa búsqueda del tesoro de la fe en la Iglesia. Por eso, a veces para continuar siendo fieles es necesario cambiar lo accesorio. La fidelidad no es inmovilismo, sino amor en movimiento.

Por perder “confianza” de una parte de la gente, ¿pierde la Iglesia “credibilidad”?

– Como decíamos al principio, la confianza tiene relación con las expectativas de los demás. A veces, algunas personas pueden tener expectativas hacia la Iglesia que ésta no puede cumplir. Ser coherentes con la fe, aunque nos cueste perder la confianza de algunos, puede reforzar la confianza de otros.

La Iglesia tiene una identidad que no puede cambiar. Ella misma es creyente: basa su fe en Dios. Al mismo tiempo, tiene una misión que cumplir, por eso tiene que ser creíble. Pero aun así no basta: además, tiene que ser “querible”. No se puede amar aquello que te produce miedo o sospecha; sí, en cambio, puedes querer a quien desea tu bien, es coherente y sabe ayudarte, aunque se equivoque. Por tanto, diría que los cristianos y la Iglesia tenemos que adquirir estas tres características consecutivas: estamos llamados a ser creyentes, creíbles y “queribles”.

La opinión pública se mueve tan deprisa, que casi no tiene tiempo para pensar. En este contexto, ¿cómo se pueden comunicar asuntos como la fe o la Iglesia, que requieren una consideración pausada?

-Internet ha acelerado las comunicaciones, aumentando el volumen de información y disminuyendo, a la misma velocidad, nuestra capacidad de análisis. Whatsapps, mails, series, posts, stories… invaden cada uno de nuestros espacios de atención. Si uno no se protege, simplemente pierde la capacidad de reflexionar –que es un hábito maleable, como cualquier otro–.

Sherry Turkle, una pionera del análisis del impacto social de internet, sostiene que para que la red no nos aleje de los demás es necesario promover el diálogo físico: en casa, con los amigos, en el trabajo… ¡Pero también con uno mismo! Ese espacio interior es imprescindible para cultivar nuestra fe –que es también una relación personal–: en la reflexión, en la oración, en el estudio continuado. En una aparente paradoja, en una sociedad acelerada, la Iglesia puede ganar atractivo como espacio serio de reflexión y equilibrio, también para los no creyentes. Para que confíen en nosotros, primero nosotros necesitamos confiar en que la fe es poderosamente atractiva.

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