Experiencias

Jacques Philippe: “La pandemia ha mostrado la fragilidad de la civilización occidental”

El autor de destacadas obras de espiritualidad ha reflexionado, en el Foro organizado por Omnes en mayo, sobre la oración y la vida cristiana en la actualidad, en una situación de dificultad provocada por la pandemia mundial del coronavirus.

David Fernández Alonso·7 de junio de 2021·Tiempo de lectura: 9 minutos
Jacques Philippe

En el número del mes de abril de este mismo año, Omnes publicaba una extensa entrevista a Jacques Philippe, en la cual conversaba con nosotros sobre variadas cuestiones de actualidad, como la espiritualidad en tiempos difíciles, como los que estamos viviendo durante esta época de pandemia, sobre el sufrimiento, sobre la figura de san José, sobre algunos de los temas de los que trata en sus numerosos libros o sobre la oración en el mundo actual. 

Jacques Philippe es, sin duda, uno de los autores espirituales más conocidos de nuestro tiempo. Natural de la localidad francesa de Metz, al este del país, en la que nació en 1947, estudió matemáticas y ejerció la docencia hasta ingresar, en 1976 en la Comunidad de las Bienaventuranzas. Tras vivir en Tierra Santa unos años, estudiando hebreo y las raíces judías del cristianismo, se trasladó a Roma donde fue responsable de la nueva fundación de la Comunidad en Roma y estudió Teología y Derecho Canónico.

Sacerdote desde 1985, su tarea se centra en la formación espiritual, ya sea dentro de la comunidad de las Bienaventuranzas, o con las miles de personas que han descubierto nuevos caminos de vida interior a través de sus obras, distribuidas por el mundo entero. En los últimos años, además, ha visitado numerosos países predicando jornadas de retiro espiritual para personas de toda condición y labor dentro de la Iglesia. Tarea que, a pesar de la pandemia, ha continuado haciendo a través de diversos medios digitales.

Un mes más tarde de aquella entrevista, en la tarde del miércoles 12 de mayo tenía lugar el Foro Omnes con Jacques Philippe, en modalidad telemática, en la que participaron numerosos espectadores que siguieron la retransmisión en directo por el canal de YouTube de Omnes. Durante el Foro organizado por Omnes, Philippe trató algunos temas que surgieron también a raíz de aquella conversación, como pudieron ser la presencia o ausencia de Dios, la oración del cristiano, la existencia del mal, o cuestiones que se han planteado en la vida de las personas durante la pandemia.

Los límites de la civilización

El padre Philippe comenzó su intervención refiriéndose a la situación que ha atravesado el mundo durante la pandemia, y cómo ha afectado a las personas, particularmente a los cristianos. Planteó la cuestión de cómo la situación actual de la pandemia cuestiona nuestra vida espiritual, nuestra vida cristiana. “En cierto modo”, comenzó, “esta situación ha dificultado nuestra vida cristiana, por la dificultad para celebrar o asistir a la Eucaristía, para reunirse con familiares y amigos, la soledad a la que se vieron obligadas muchas personas, etc. Ha sido todo un reto para nuestra vida cristiana”. 

Este reto también ha tenido efectos positivos para algunos, aseguró Philippe, pensando en  el gran número de personas que se han comprometido a seguir rezando juntos, a comunicarse por internet, a dedicar tiempo para reflexionar. “He recibido muchas solicitudes de retiros y entrevistas online”, afirmó. Además, “a muchas personas, ese tiempo les sirvió para afianzar las relaciones dentro de la familia, de las comunidades en las que transcurrieron esos días de pandemia”.

Haciendo una observación más global, Philippe manifestó que “la pandemia ha mostrado los límites y la fragilidad de la civilización occidental, una situación que ha llevado a nuestra sociedad a sustituir lo real por lo virtual”. Sin embargo, eso no es suficiente, comentaba durante el encuentro. Necesitamos lo real, lo vivencial, la cercanía física de nuestros seres queridos, de las demás personas: “Nos hemos dado cuenta que eso no basta, que es necesario el encuentro físico. Eso también nos recuerda la dimensión física y corporal de lo espiritual”. 

La vulnerabilidad y la fragilidad han sido una constante durante este año y medio que llevamos desde que se desató la pandemia del coronavirus: “En un mundo tentado por la ilusión de la omnipotencia de la tecnología, hemos experimentado cada vez más los límites de la ciencia y la tecnología, lo que nos ha recordado cierta humildad. Nos ha recordado la fragilidad de nuestras sociedades, que tenían la tendencia a creerse todopoderosas”. 

Una reflexión que encontramos complementaria con la que hacía en aquellas páginas que publicamos en abril: “La fragilidad, incluso la impotencia, que experimentamos nos recuerda que la fe no es el ejercicio del poder, sino la entrega de nuestra debilidad y fragilidad en manos de Dios. Esta situación de debilidad que estamos atravesando nos invita a no buscar nuestra seguridad en nuestro propio poder, en nuestra capacidad para resolverlo o para entenderlo sino a poner nuestra seguridad en el abandono confiado en manos de nuestro Padre Celestial, tal como nos propone el Evangelio”.

Philippe suele sugerir en sus obras algunos interrogantes que no dejan indiferente. También durante la tarde del 12 de mayo, quiso sugerirnos un sencillo examen de conciencia: “Me parece que la pregunta que hay que hacerse, como siempre en las situaciones difíciles, no es tanto la pregunta: ‘¿Por qué esta situación?’, sino la pregunta: ‘¿Cómo puedo vivir esta situación de forma positiva? ¿De qué manera me llama a crecer, a evolucionar, incluso a convertirme en los modos de vivir que son míos?’. A cada persona le corresponde encontrar la respuesta a esta pregunta, para descubrir finalmente la llamada que Dios le dirige hoy a través de esta situación”. 

¿Dónde está Dios?

“¿Cuál ha sido el papel de Dios en esta situación?”, se preguntaba el padre Philippe. Dios en ocasiones permite situaciones difíciles para que las personas nos fiemos más de Él, para abandonarnos en Él y confiar en su providencia. De hecho, ante situaciones difíciles, afirmó Philippe, lo importante es cómo se afronta esa situación, y cómo se aprovecha para orientar hacia lo bueno que Dios espera de nosotros. 

Es claro que en este contexto”, continuaba, “donde se muestra patente nuestra fragilidad, encontramos una llamada a apoyarnos en el Señor, que es nuestra roca, nuestra fuerza. En las situaciones difíciles Dios se hace más cercano”. En el tiempo de Pascua hemos leído el evangelio de los discípulos de Emaús. Un modelo que el padre Philippe usó para mostrar cómo Dios actúa en momentos de desánimo. “Ellos están desanimados y Jesús se acerca y les explica las Escrituras. Les da la fuerza para volver a Jerusalén fortalecidos por el encuentro con Cristo. Esto es lo que tenemos que hacer en estos tiempos difíciles. Cristo nos alimenta, nos llena de fuerza”.

El padre Philippe aseguró que “en los tiempos difíciles, Dios se hace más cercano. Dios se hará incluso más y más presente en los tiempos venideros. Jesús caminará con nosotros, como lo hizo con los discípulos en el camino de Emaús. Creo que en los tiempos futuros habrá cada vez más experiencias de Emaús, de Jesús acompañando a sus discípulos y fortaleciéndolos”.

“Este tiempo de pandemia, por tanto, es una invitación a seguir a Jesucristo, a encontrarle, para hablarle”. Un tiempo, en esta línea, también para estar muy pendiente los unos de los otros.

La Eucaristía, encuentro real con Dios

Por otra parte, Philippe ha incidido en que para el cristiano, la Eucaristía, que durante esos días de encerramiento fue un sacramento del que muchos se vieron privados, es el lugar por excelencia de encuentro con Dios. Es un momento donde podemos acoger la presencia de Dios. De hecho, afirmó el padre Philippe que “muchos cristianos han sido muy creativos para mantener activa su vida cristiana”.

La Eucaristía, presencia real del Señor, es centro de la vida cristiana. “Durante esos días de pandemia podíamos encontrarnos con Cristo a través de la comunión espiritual”, afirmó el padre Philippe. Sin embargo, no era suficiente, necesitamos de la presencia del Señor en el sacramento de la Eucaristía. Quizá esta situación nos ha ayudado a “redescubrir la importancia y la belleza de esta presencia que nos tranquiliza. Esto es lo que más necesitamos hoy, la presencia de Jesús con nosotros y en nosotros”. 

Además, junto con la Eucaristía, encuentro por excelencia con Jesucristo, “puede haber un encuentro con el Señor también cuando leemos las Escrituras”. Volviendo al ejemplo de los discípulos de Emaús, que les ardía el corazón cuando escuchaban al Señor explicar las Escrituras, “hoy, con tanta confusión, necesitamos palabra de Verdad. Una palabra de amor y de verdad, que encontramos en la Biblia”. Y hay mucha gracia del Espíritu Santo en la lectura de la Palabra de Dios. “El pasaje de Emaús es una bonita catequesis sobre las Escrituras. ‘Quédate con nosotros, Señor, porque ya es de noche y el día está llegando a su finle pidieron. Pero Jesucristo no solo se ha quedado con nosotros en la Eucaristía, sino que nos ha dado más de lo que le pedimos: se ha quedado en la Eucaristía y en nuestro corazón en gracia”.

Una llamada a estar cerca de los demás

Jacques Philippe continuó su intervención hablando de una consecuencia lógica de esta llamada a la cercanía con Dios: la llamada a estar cerca de los demás. “Una llamada a estar más atentos y presentes los unos a los otros. De hecho, si los discípulos de Emaús fueron encontrados por Jesús, fue porque eran dos los que caminaban juntos, compartiendo, preguntando… Hay que caer en la cuenta de hasta qué punto la caridad hacia los demás nos sitúa realmente en contacto con Dios mismo”.

Como solemos leer en sus obras espirituales, también durante este rato de conversación Philippe acudió a la Sagrada Escritura para ilustrar esta idea: “Hay muchas frases bíblicas donde se observa la importancia de la cercanía con los demás: en Mateo 25, ‘todo lo que hicisteis al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicisteis’; en Marcos 9, 37, ‘quien acoge a un niño así en mi nombre, a mí me acoge. Y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado’. El más mínimo gesto de atención, de servicio, una sonrisa regalada a otro, todo ello se dirige directamente a Dios y nos pone en contacto con Él”. 

De esta manera, salir de nosotros mismos nos abre a recibir el Espíritu Santo. “A veces hay una verdadera efusión del Espíritu Santo”, reflexionaba Philippe, “un pequeño Pentecostés que tiene lugar cuando amamos de verdad a quien el Señor pone en nuestro camino. Cuando María salió al encuentro de su prima Isabel, produjo un pequeño Pentecostés cuando se encontraron. No es una cuestión de kilómetros, sino que salir de nosotros mismos para ir hacia el otro nos abre al Espíritu Santo”.

Concluyó su intervención recordando los medios que tenemos para unirnos al Señor: “Demos gracias al Señor por todos los medios sencillos y eficaces que tenemos para estar en contacto con él: a través de la fe, la oración, la Eucaristía, la escucha de la Palabra, los gestos de caridad, estar en contacto real con Dios, y la gracia del Espíritu Santo que actúa en nosotros. Él nos ilumina, nos conduce, nos purifica, nos cura… Recemos por un nuevo Pentecostés en la Iglesia y en el mundo”.

La grandeza de la vida cristiana

Al término de su intervención, se pudo abrir un agradable coloquio, con preguntas de los espectadores. Preguntas entre las cuales, algunas de ellas tenían como denominador común el misterio del mal. El padre Philippe afirmó que “la grandeza de la vida cristiana es que de cualquier mal se puede obtener un bien. Oportunidad de crecer, de estar más cerca de Dios”.

La cuestión más importante es cómo se puede afrontar el mal apoyándose en el Señor, de manera que de ahí pueda surgir un bien. Si Jesucristo ha resucitado, el bien prevalece. Evidentemente, “ante una situación de crisis, hay gente que reacciona positivamente, de refuerzo en la fe. Pero otras, en cambio pueden alejarse de la fe. En este caso hay que rezar siempre por esas personas y pedir que Jesús venga a su encuentro”.

Fe, oración, Eucaristía, escucha de la Palabra, comunión fraternal. Todos estos medios se nos proponen para acoger la presencia de Dios”.  

La libertad, signo de la presencia de Dios

En esa misma línea, ante una pregunta en relación a la libertad humana, por la cual vemos que hay personas que siguen el buen camino, pero que otras eligen un camino distinto y quizá equivocado, Philippe comentó que “nuestra libertad es un signo verdadero de la presencia de Dios”.

El hecho de que somos libres”, continuó Philippe, “es manifestación de que Dios nos respeta, porque respeta nuestra libertad. Pero depende de qué uso le damos a nuestra libertad. Si la usamos para amar, cada vez somos más libres, y esa libertad es más bonita. Dios en estos casos se hace más presente. Porque orientamos nuestra libertad hacia Dios, y Dios nos hace más felices. Sin embargo, si usamos mal la libertad la acabamos perdiendo”. 

Otra de las cuestiones estaba dirigida hacia la lucha interior, la postura ante las dificultades y el combate espiritual. Philippe afirmó que “las dificultades son una llamada al combate. Pero hay que recordar que en ese combate no estamos solos, sino que Dios está en el corazón de ese combate. Tenemos que identificar los enemigos de nuestra vida para librar el combate. Preservar la relación con el Señor durante ese combate es crucial para vencer. Con ese contacto con el Señor tendremos la fuerza necesaria para luchar y levantarnos. Aunque haya derrotas, si uno está con el Señor, no se descorazona ni se desanima. Porque la guerra ya ha sido ganada. La fuerza nos la da la certeza de la victoria de Cristo resucitado”. 

Durante este rato de coloquio, algunos espectadores se interesaron por la propia vocación del padre Philippe. “Yo era creyente desde pequeño, sin un deseo o inquietud especial. Era un apasionado de la física, por eso quería estudiar una carrera de ciencias. Durante esa época, me invitaron a unas jornadas de retiro espiritual”.

“De una manera sorprendente”, aseguró el padre Philippe, “durante este retiro, recibí con una fuerza extraordinaria la llamada del Señor. Me resistí un poco, pero comprendí que cuando Dios llama, siempre hay que responder afirmativamente. Más tarde descubrí que el camino sería siendo sacerdote. Era una época difícil, mayo de 1968, durante la cual muchos sacerdotes abandonaron el ministerio. Algunos años después descubrí la Comunidad de las Bienaventuranzas, entendiendo que sería mi vocación. Ingresé en la Comunidad, y más tarde ordenado sacerdote. Lo más importante para mí era tener esa vida espiritual con el Señor, a la cual Él me ha conducido”.

Así concluía un interesante Foro con el autor que es ya un clásico de la espiritualidad.

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