Mundo

Irak: en el ojo del huracán

La inminente visita del Papa Francisco a Irak vuelve a poner en primer plano esta nación sacudida por la violencia en los últimos decenios.

Javier Gil Guerrero·24 de febrero de 2021·Tiempo de lectura: 4 minutos
mural visita papa
Foto: CNS photo/Khalid al-Mousily, Reuters

Desde una perspectiva geopolítica, Irak es un país que destaca por ser una tierra de paso, un lugar que ha sido desde hace siglos un tablero de juego para potencias fronterizas y distantes.  Irak fue la posesión más oriental del imperio romano, aunque su dominio siempre fue débil debido a la presión persa. Más tarde, Irak se convirtió en la frontera sangrienta de los imperios rivales bizantino y sasánida.

Tras las conquistas árabes, Irak ganó una prominencia no vista desde la antigua Babilonia. Con la dinastía Abasí se fundó Bagdad para que sirviera de capital del califato. Este hecho coincide con el comienzo de la época dorada del islam. Bagdad es el corazón de un imperio floreciente y una de las ciudades más ricas y prósperas del mundo durante la Alta Edad Media. Este período de esplendor termina de forma abrupta con las invasiones mongolas. En 1258 Bagdad es arrasada y sus habitantes exterminados. Tras los mongoles Irak sufriría la peste negra y, finalmente, una nueva invasión proveniente del este. En 1401 Tamerlán conquista la ciudad con una nueva masacre que pone punto final a este período oscuro.

Bagdad nunca recuperaría su magnificencia. Irak no volvería ser actor y centro, como lo fue durante la dinastía Abasí, sino que retornaría a la posición de reñida línea divisoria de imperios rivales. Otomanos y Safávidas se disputarían su control durante los siglos XVI y XVII. Finalmente, Irak cayó en manos otomanas, aunque nunca dejó de ser el escenario donde se libraron las guerras entre otomanos y persas.

La primera guerra mundial marca el final del dominio turco con la conquista británica. Nace entonces el Irak moderno que conocemos hoy en día. Los británicos le dieron forma con la unión de tres provincias otomanas. Londres también inventó una monarquía para gobernar al país. Al trono pusieron a un miembro de la familia Hachemita proveniente de Arabia. Tanto los británicos como los hachemitas tomaron la decisión histórica de apoyarse en la minoría árabe sunita para administrar el país. Las consecuencias de esta apuesta siguen siendo palpables.

Tras la retirada de los británicos en 1954 la monarquía fue derrocada de forma brutal en 1958.  Irak pasó entonces a ser una república bajo el control de militares socialistas. Con el paso del tiempo una corriente dentro del ejército se hizo con el poder e instauró en Irak una dictadura de partido único: el Baaz. Se trataba de un partido secular, nacionalista, socialista radical, aliado de Moscú y anti sionista. Poco a poco, una figura dentro del partido, Saddam Hussein, empezó a hacerse con los resortes del poder hasta convertirse en dictador.

Los años convulsos, 1980 – 2000

Tras la revolución islámica de Irán, Saddam decidió aprovechar la coyuntura para invadir el país. La guerra entre Irán a Irak (1980-1988) dejó en torno a un millón de muertos y a dos países devastados. Saddam metió entonces a Irak en otra guerra al invadir Kuwait en 1990. La Guerra del Golfo supuso una derrota humillante para Saddam. Su ejército fue aniquilado y expulsado de Kuwait. Hartos con la brutalidad de la política de Saddam y por el hecho de que había continuado con la política de privilegiar la minoría árabe sunita, los kurdos al norte y los chiitas al sur decidieron entonces sublevarse para deponer el régimen. No obstante, ante la falta de apoyo de occidente, los rebeldes fueron brutalmente aplastados por Saddam (se llegaron a usar armas químicas contra la población civil).

Foto: CNS photo/Norbert Schiller

En los años 90 Irak era un país debilitado, sometido a duras sanciones económicas y con zonas de exclusión aérea impuestas por Estados Unidos al norte y al sur para evitar que Saddam volviese a gasear o bombardear las poblaciones kurdas y chiitas. A pesar de la presión internacional, Saddam continuó al frente del país.  En 2003, Washington decidió poner fin al impasse invadiendo el país. El régimen del partido Baaz fue desmantelado y Saddam ejecutado. Dio comienzo entonces un caótico proceso de transición en el que las tropas norteamericanas se encontraron en medio de una guerra civil entre las poblaciones chiita y sunita. La minoría sunita contemplaba con pánico como la influencia política y económica de la que había gozado en los últimos 100 años se evaporaba en un Irak democrático. Con el nuevo sistema, los números se impondrían de forma inevitable. Los chiitas dejaron patente su predominio demográfico en las diferentes elecciones. Parte de los sunitas, temerosos de las represalias chiitas y descontentos con su política sectaria, se echaron primero en brazos de Al Qaeda y luego del Estado Islámico para hacer frente a un gobierno de Bagdad que veían como adverso  corrupto. Mientras tanto, los kurdos aprovecharon las circunstancias para crear un estado de facto independiente al norte.

Aunque las tropas norteamericanas habían abandonado el país en 2011, se vieron obligadas a regresar en 2014 para hacer frente a la nueva inestabilidad. Derrotado el Estado Islámico, la paz y la estabilidad no han regresado por completo. Irak se ha convertido en los últimos años en un tablero de juego de potencias regionales y extranjeras, entre las que destacan Irán, Estados Unidos y las monarquías del Golfo.

En la actualidad

A pesar de las guerras, insurgencias y cambios de régimen, Irak ha experimentado una espectacular explosión demográfica. Desde 1980 la población se ha triplicado. El único grupo que ha quedado al margen de este proceso es la minoría cristiana, que en los últimos años ha pasado de constituir el 10% del censo a menos del 1%. Los cristianos son el único grupo huérfano en el país. Sin aliados extranjeros poderosos y sin acceso a las élites del país, la ignorada minoría cristiana no es un actor relevante en el país. Peor aún, ha sido la válvula de escape sobre la que ha recaído la ira sectaria con cada una de las desgracias acaecidas en el país en los últimos años.    

El autor

Javier Gil Guerrero

Doctor en Historia y profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Francisco de Vitoria

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