Cultura

Los sueños de Dios. Una historia

Amar la vida pasa por perseguir el sueño que Dios tuvo al crear al ser humano. Nos soñó en plena comunión unos con otros.

Omnes·10 de febrero de 2022·Tiempo de lectura: 5 minutos

No quería hablar con él. Sabía que iba a intentar disuadirla y ya había tomado su decisión. Pero la abuela se había empeñado. Su madre la comprendía y apoyaba. Se oyeron saludos en la entrada de la casa. Ya estaba allí. Tuvo la tentación de cerrar la puerta con pestillo como cuando era niña. Pero no se movió del sofá. Lo afrontaría. Estaba orgullosa de su decisión. Era lo mejor y lo único que podía hacer. Sólo tenía 17 años. Se abrió la puerta y lo vio. Aquel cura con una bufanda envejecida y un enorme abrigo que Dios sabe cuántos años tendría. Sonreía.

– Hola, Marta. ¿Cómo estás?- Su madre la miró y se sintió apoyada. Sabía que ella sí entendía. Pero aun así se despidió y cerró la puerta.

– Estoy estupendamente.- Siempre se le había dado mal mentir. Tenía el estómago revuelto y esa sensación de mareo continuo que no se le iba.

– He venido a hablar un rato contigo.- Se sentó y se quitó el abrigo y la bufanda.

– No quiero hablar. Ya he tomado mi decisión y no me hará cambiar de idea. El martes tengo cita en la ciudad y se acabará toda esta locura.- Graciano la miró con tristeza pero se recompuso y sonrió de nuevo.

– Bueno, aunque sea porque de pequeña, cuando repartía chucherías entre los niños, te guardaba aquellos palotes enormes de azúcar que te encantaban, tendrás que escucharme un rato, ¿vale?- Marta recordó aquellas chucherías. Siempre se ponía contenta cuando se las reservaba a ella. Se acordó también de que aquel cura la había ido a ver al hospital cuando tuvo apendicitis. Y en todas las demás “itis” por las que había pasado. También le vino a la memoria cómo había ayudado a su hermano cuando se metió en aquel lío…hasta había aparecido en el cuartel de la policía para arreglarlo. “Sí, se lo debo”. Pensó. “Además nunca ha dejado de saludarme con cariño”. Ni cuando dejó de ir a la iglesia los domingos. Se acordaba de cómo al principio se había sentido avergonzada cuando se lo encontraba. Pero nunca había recibido un reproche.

– Está bien. Puede soltarme el sermón, Padre.

– No será un sermón, Marta. Sólo quiero que lo pienses bien. El aborto no es la única salida.

– Sólo tengo 17 años. El padre no quiere saber nada del tema. Yo quiero estudiar periodismo. Tengo mis sueños. No voy a mandarlos a la porra para ocuparme de un mocoso. Me tendría que quedar aquí en el pueblo para toda la vida. No voy a hacerlo. Sólo voy a interrumpir algo que no debió empezar nunca.

– A veces, Marta, aunque no lo entendamos, los sueños que Dios tiene para nosotros son mejores que los nuestros. ¿Sabes por qué me llamo Graciano?- Le miró con sorpresa.

– No sé, ¿por algún tatarabuelo? O quizás, ¿por algún personaje famoso de cuando sus padres eran jóvenes?

– No. Me llamo Graciano porque mi madre también fue una madre joven y soltera.- Marta abrió la boca dos palmos. Aquello sí que no lo esperaba.- Con mi embarazo, mi madre recibió la gracia de la conversión. Por eso me puso Graciano.

– ¿La qué?- Repasó mentalmente todos los productos de Amazon que conocía por si había alguno con ese nombre tan raro. Graciano sonrió.

– La gracia de la conversión significa que mi madre no creía en Dios y empezó a creer en Él cuando se quedó embarazada. No lo tuvo nada fácil. Imagínate en aquella época. No era como ahora. En aquella época no conseguías trabajo en esa situación. Ella siempre quiso trabajar en alguna casa importante pero se conformó con limpiar fábricas por las noches. Y completaba con arreglos de costura. Cosía muy bien. Esta bufanda me la hizo ella.

– Ya decía yo que tenía por lo menos 500 años. Está muy vieja. Los niños aún se ríen cuando le ven con ella.

– ¿Sí? No sé. La cosió con amor. Y prefiero llevar cosas hechas por amor a cosas nuevas.

– Es usted un poco peculiar.

– Sí, puede ser. Pero tú también. Tienes un corazón muy grande y no eres capaz de hacerle daño a una mosca. ¿Te acuerdas cuando organizaste aquella manifestación en contra del maltrato animal en el pueblo?- Marta se sonrojó. Aquello había sido de niña, después de ver cómo mataban a un cerdo. Sabía que los animales no veían del supermercado pero una cosa era saberlo y otra verlo. Los niños del pueblo se habían burlado de ella y de sus pancartas. El único que la había apoyado había sido de nuevo aquel cura tan peculiar. Tanto que se había dictado un bando municipal en el que se declaraba que en el pueblo no se maltrataría a ningún animal.

– No voy a matar nada, Padre. Aún no hay un bebé en mi vientre. Sólo son células.

– ¿Sí? Pues debes de saber que la ciencia dice lo contrario. Desde que un espermatozoide se une al óvulo, hay una persona con su propio ADN.

– No. Sólo se es persona a partir de la semana 12. Lo pone en estos papeles.- Marta cogió unos folletos que le habían dado en la clínica abortiva al pedir la cita y se los enseñó triunfante.

– Ah, bueno, entonces yo soy más persona que tú porque tengo más semanas de vida que tú.- Marta lo miró perpleja.- Hay vida desde el momento en que hay una persona distinta a ti, creciendo en tu interior. La ciencia va avanzando y cada vez se saben más cosas. Acuérdate de Belinda, la del panadero. Cuando se quedó embarazada leía no sé qué libro en el que semana a semana te iba explicando la maravilla del desarrollo humano.

– Padre, no me diga estas cosas. No es justo. Tengo sólo 17 años. No voy a matar a nadie. Sólo quiero alcanzar mis sueños.

– Sólo te pido Marta, que seas honesta y no cierres los ojos. Que te informes bien antes. Te voy a dar el teléfono de varias asociaciones en las que te ayudarían en todo si decides seguir.- Marta sintió una arcada. Jamás se acostumbraría a las náuseas. Pero, si no había nada en su interior, ¿por qué sentía tantos cambios desde tan pronto?

– Padre, lo pensaré, y a lo mejor miro por internet esas asociaciones… pero no le prometo nada. El martes tengo la cita y creo que es lo mejor. Yo nunca sería una buena madre. Soy un desastre.

– Mi madre fue la mejor del mundo. Así la vi yo siempre. La mejor madre es la que te quiere. Y querer en primer lugar es aceptar.

Graciano salió de la casa un poco entristecido. Marta parecía decidida y se veía a las claras que a su madre no le disgustaba la idea de terminar con todo. Menos mal que doña Asunción, la abuela, le había avisado. “He hecho todo lo que he podido, Señor. Ahora te toca a Ti”, rezó.

Al cabo de los meses Graciano recibió un paquete de correos. Fue a la sacristía a abrirlo. Cuando lo abrió, sacó una enorme bufanda tejida a mano y de un precioso color azul. Era muy calentita y suave. Al sacarla se cayó una nota. La recogió y leyó:

“Me dieron una beca para estudiar periodismo. En una de sus asociaciones me dieron toda la ayuda que necesito. Pero, sobre todo, el apoyo y la alegría. No cambiaría a mi pequeñín por nada del mundo. Tenía usted razón. Los sueños de Dios son mejores que los nuestros. Nosotros soñamos con cosas. Él sueña con personas.”

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