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Figuras místicas femeninas. La experiencia de Dios como encarnación

Carolina Blázquez Casado O.S.A y profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Eclesiástica San Dámaso, presenta en este artículo la obra Figuras místicas femeninas de Louis Bouyer que aborda las figuras de Hadewijch de Amberes, Teresa de Ávila, Teresa del Niño Jesús, Isabel de la Trinidad y Edith Stein.

Hna. Carolina Blázquez OSA·8 de julio de 2022·Tiempo de lectura: 10 minutos
figuras misticas

Texto en inglés aqui

Louis Bouyer es una figura sumamente interesante de la teología del siglo XX. Participó activamente en el movimiento de renovación teológica que precedió al Concilio Vaticano II y también vivió —mejor sería decir en su caso, sufrió—la difícil época postconciliar en la Iglesia.

Entre sus valiosas aportaciones y responsabilidades, podemos destacar que Louis Bouyer participó activamente en la puesta en marcha del Centro de Pastoral litúrgica de París, fue catedrático de Historia de la Espiritualidad en el Instituto Católico de esta misma ciudad, fue nombrado consultor en el Concilio y miembro del organismo eclesial para su aplicación en materia litúrgica y reforma del Canon eucarístico, fue elegido por Pablo VI miembro, por dos períodos, de la Comisión Teológica Internacional y, junto con Balthasar, Rahner y Ratzinger, entre otros de los más relevantes teólogos europeos del momento, fue co-iniciador de la revista Communio.

Ahora bien, poco a poco, a partir de finales de los años 70 y 80, fue retirado de la actividad pública, sobre todo en Europa, hasta llegar a quedar relegado en el olvido. Esta reacción estuvo provocada por la incomprensión hacia su dura posición crítica en relación con la deriva eclesial, principalmente en cuestiones litúrgicas, disciplinares y eclesiales. Su vida puede ser leída como un proceso de identificación con la kénosis de Cristo a la luz del Misterio Pascual, tema central en su vida personal y en su teología —la obra que escribió con ese mismo nombre ha sido una de las más importantes del autor en materia litúrgica y una valiosísima aportación para el redescubrimiento de la Pascua y su celebración como misterio central de la vida cristiana— .

Bouyer, a lo largo de su vida, fue perdiéndolo todo hasta sufrir, en sus últimos años, una situación extrema de soledad y aislamiento, agudizado trágicamente por el alzheimer del que murió y que llegó a velar completamente su capacidad de reflexión e interrelación.

Hay huellas en Bouyer de un cierto profetismo. Él intuyó, por adelantado, algunas dificultades y problemáticas que, en su presente, aún, no se veían con tanta nitidez. Esta agudeza en ver más allá unida a su carácter difícil e irónico, que se expresaba muchas veces de forma mordaz y provocativa, alimentó esta incomprensión y cierta reserva hacia su persona, de la que venimos hablando.

Está siendo en este siglo XXI cuando su figura y su pensamiento teológico está siendo redescubiertos y re-comprendidos mucho más favorablemente. Probablemente, su tendencia a presentar siempre una perspectiva diacrónica de todos los temas explica esta capacidad audaz de interpretación de la realidad. El pasado ofrece siempre pistas para prever lo que será el futuro en el presente.

Bouyer era un enamorado de la historia, del desarrollo de los procesos —en todos sus libros dedica un gran espacio al análisis histórico del desarrollo de los contenidos—, de la evolución de los conceptos. Esta fue una herencia de su querido Cardenal Newmann, del que se consideró siempre discípulo, y de su común educación reformada.

Esta fue también, paradójicamente, la brújula que le condujo hacia el catolicismo reconociendo en el desarrollo histórico dogmático y teológico la permanencia de un elemento de perennidad que mantenía vivo y remitía al acontecimiento primero y único de la revelación, al acontecimiento Cristo. En este sentido, el descubrimiento y la comprensión del sentido auténtico de la Tradición fue clave.

Nació en el seno de una familia luterana, en París, en 1913. En el ámbito del protestantismo encontró y creció su experiencia personal de fe y su vocación, siendo ordenado pastor protestante en 1936. Ejerció su ministerio pastoral en Estrasburgo y en París. Tuvo como profesores a los mejores teólogos luteranos del siglo XX y, también, tuvo un gran contacto con miembros de otras confesiones cristianas, lo que despertó en él una admiración y estima hacia la tradición ortodoxa y católica, sobre todo, por la dimensión litúrgica y mística de la fe.

Después de una fuerte crisis personal y espiritual que le llevó a reconocer que los principios de la fe protestante: sola gracia, sola fe, solo Cristo, sola Escritura solo podían vivirse en plenitud en el seno de la lglesia Católica —tema que puede encontrarse descrito y fundamentado en su obra, también editada por Encuentro, Del protestantismo a la Iglesia— renuncia a su cargo de pastor y pasa a la Iglesia Católica. En 1944 se ordena sacerdote y, a partir de aquí, se dedica al estudio y a la enseñanza de la teología y otras disciplinas humanistas en diversas universidades, en todo el mundo.

Su producción teológico-literaria es enorme. Ha sido autor de más de treinta volúmenes de temática teológica, una lista enorme de artículos, ha escrito cuatro novelas de ficción sobre la búsqueda del Santo Grial, fascinado por el legado de Tolkien y su obra el Señor de los Anillos, de quien fue discípulo y amigo en Oxford.

Dentro de la teología, las temáticas de sus obras son variadísimas: dogmática, liturgia, biblia, espiritualidad, historia, ecumenismo, estados de vida, pastoral… Muchos de sus escritos fueron concebidos como trilogías, tenemos la trilogía trinitaria: Le Père invisible. Approches du mystère de la divinité (Paris 1976); Le Fils éternel. Théologie de la Parole de Dieu et christologie (Paris 1974); Le Consolateur. L´Esprit et la Grâce (Paris 1980); la trilogía económica: L´ Eglise de Dieu. Corps du Christ et Temple de l´Esprit (Paris 1970); Le Trone de la Sagesse. Essai sur la signification du culte marial (Paris 1957); Cosmos. Le monde et la Gloire de Dieu (Paris 1982); la trilogía sobre el método teológico: Gnosis. Le connaissance de Dieu dans l´Ecriture (Paris 1988); Misterion. Du mystère a la mystique (Paris 1986); Sophia ou le Monde en Dieu (Paris 1994); la trilogía de los estados de vida: Le sens de la vie sacerdotale (Paris 1962); Le sens de la vie monastique (Paris 1950); Introduction à la vie spirituelle. Prècis de théologie ascétique et mystique (Paris 1960) y, bajo mi parecer, podemos también establecer una trilogía sobre lo femenino.

Esta trilogía estaría compuesta por el primer volumen de carácter dogmático, su obra sobre antropología dedicada a María: Le Trône de la Sagesse; el segundo volumen de temática eclesiológica: Mistère et ministère de la femme, Paris 1976; y, el tercero, que es el recién publicado por primera vez en español: Figures mystique femenines (Paris 1989) con una orientación más existencial, testimonial y vital.

Su interés por lo femenino

¿Por qué este interés hacia el tema de la mujer en Louis Bouyer?

Podemos encontrar dos motivaciones muy diversas pero que se complementan.

La primera es de índole estrictamente teológica. Louis Bouyer ha llegado a la convicción de que, en la historia de la revelación, de las relaciones de Dios con el orden creado, Dios, que al hablar de sí no permite jamás que se le vincule a ningún sexo como un modo de defender su trascendencia, se relaciona con lo creado y, especialmente, con el ser humano, asumiendo el rol masculino. Esto lo vemos, sobre todo, en la metáfora esponsal y encontrará su cumplimiento en la encarnación del Verbo. Para describir las relaciones de Dios con el hombre a través de esta metáfora, Dios se identifica con el varón, mientras que el ser creado asume el papel femenino. Dios ve siempre ante sí a María cuando mira a la criatura, de la que espera un sí libre de amor que le permita derramar el amor que, desde toda la eternidad, nos precede a cada uno, es la razón de nuestra existencia y, a la vez, espera ser aceptado y consumado en la comunión interpersonal. Lo femenino, como expresión de la libertad que consiente, que recibe, que acoge el don primero, se convierte, por tanto, para Bouyer, en el paradigma del alma cristiana.

Hay también otra razón para explicar esta predilección por la mujer en Bouyer y tiene que ver con su propio recorrido vital. Hijo único, por ser el único superviviente de los cuatro hijos que el matrimonio Bouyer tiene. Louis describe su infancia marcada por una especialísima relación con su madre, que muere joven dejando al niño huérfano con 12 años.

Es tal la conmoción que provoca este suceso en el pequeño Louis que pierde el habla y la conexión con la realidad y su padre tiene que enviarle fuera de París, al campo, a la región de la Lorenne, a la casa de una familia cercana a la madre. Allí, durante un año, gracias al contacto con la belleza del entorno que le rodea y la compañía de una joven de la que se enamorará perdidamente, la hija pequeña de esta familia, Elisabeth, saldrá de esta noche oscura y comenzará a gustar la vida de nuevo.

La belleza y ternura de lo femenino será para él siempre una compañía de gracia y vida y un recuerdo sanador de la presencia y ternura de la madre. De hecho, varias mujeres acompañaron la vida de Bouyer a través de una amistad profunda y probada en el tiempo, expresamente él hablará de Julien Green y de Elisabeth Goudge en sus Memorias. A esta última dedica el libro Misterio y ministerio de la mujer. El lazo que unía a Louis Bouyer con Hedwige de Ursel, marquesa de Maupeou Monbail, a la que dedica el libro de Figuras místicas femeninas, nos es totalmente desconocido.

Figuras místicas femeninas

Título: Figusras misticas femeninas
Autor: Louis Bouyer
Páginas: 172
Editorial: Encuentro
Ciudad: Madrid
Año: 2022

El libro

Este libro, escrito en 1989 y reeditado en Francia en varias ocasiones, es la primera vez que se traduce al español. El autor lo presenta como un intento de  diálogo crítico con el movimiento de liberación de la mujer que había despertado con mucha pujanza en Estados Unidos y en Europa a lo largo del siglo XX.

En el prólogo, el autor presenta claramente sus puntos de partida. Por un lado, se distancia, con una valoración muy negativa, de los intentos por buscar un reconocimiento de la dignidad y capacidad de la mujer luchando por una igualdad con el varón. Esto es un verdadero fracaso, porque significa la renuncia a la peculiar y única forma de vivir lo humano desde la condición femenina.

La mujer, para Bouyer, está dotada de una especial forma de ver e interpretar la realidad y, por tanto, también de vivir la experiencia religiosa. De aquí que el objetivo de que ella sea y actúe como los varones, renunciando a la perspectiva de complementariedad entre los sexos, supone un grave daño tanto para la mujer como para el hombre, que necesita de ella, en la plenitud de su singularidad y peculiaridad, para llegar a ser él mismo y construir así juntos la sociedad y el Reino.

Por otra parte, el autor afirma que, en contra de lo que muchos creen y vocean, el cristianismo tiene en sí un potencial de custodia y respeto hacia la mujer que ha hecho posible el que muchas mujeres, a lo largo de la historia de la Iglesia, abrieran nuevos caminos de espiritualidad, partiendo de su experiencia personal y genuina de encuentro y comunión con Cristo. Desde aquí, ellas han ejercido un significativo liderazgo en la Iglesia desde la paradoja, muchas veces, de una vida escondida.

Podrían haberse elegidos muchos otros nombres, pero Bouyer se decanta por estas cinco figuras de las cuales solo la primera, la beguina Hadewijch de Amberes, no es carmelita. A través de ellas, se nos ofrece una perspectiva diacrónica del tema del papel de la mujer en la Iglesia puesto que la primera mística nos sitúa en el siglo XIII y, con Edith Stein, la última testigo, nos trasladamos hasta la mitad del siglo XX.

En realidad, en los diversos capítulos del libro no encontramos un relato biográfico ni una hagiografía al uso. Aunque siempre hay una breve referencia a los acontecimiento más destacados de la vida de cada una de estas mujeres, en realidad, Bouyer se detiene en la experiencia espiritual particular que cada una vive, en su contexto concreto y con sus circunstancias propias. Esta experiencia personal de encuentro con el amor de Dios manifestado en Cristo es lo que al autor le maravilla y sorprende y lo que manifiesta esa forma propia de la mujer de vivir la experiencia religiosa.

En ellas, dirá Bouyer, el acontecimiento de gracia del amor de Dios dándose al hombre se acoge y recibe con un corazón de mujer que capta la vida de Dios con una capacidad de acogida tal, que renueva el acontecimiento de la encarnación, Dios se hace presente en el mundo a través de ellas que se convierten, por reconocerse hijas y aceptar movidas por el Amor a ser esposas, en madres del mismo Cristo, dándole a luz para y en el mundo; el mundo concreto en el que ellas viven y del que cuidan y al que se entregan.

Bouyer quiere que reconozcamos, en cada una, esta relación particular con Dios que siendo profundamente personal abre un camino de gracia para todos los hombres, ellas son las maestras de las grandes escuelas de espiritualidad en la Iglesia, escuelas que, en muchos casos, han sido los varones, sus discípulos, quienes luego las han formulado conceptualmente y dado a conocer de un modo metódico y expositivo.

El estilo de Louis Bouyer escribiendo no es fácil. Mezcla un serio lenguaje teológico académico, en el que, además, da por supuesta mucha información que maneja con soltura pero que la mayoría de los lectores, mucho menos cultivados que él —gozaba de una tremenda capacidad intelectual y una vastísima cultura teológica y humanista—, no conocemos tanto, con un lenguaje directo, coloquial, irónico. Por ejemplo, algunas opiniones sobre “nuestra santa”, Teresa de Jesús, y sobre España —afirmaciones hechas ,además, por parte de un francés (aunque Bouyer tenía herencia española y manifestaba una especial simpatía por el carácter español que decía conocer bien, así como nuestro país)— pueden parecer un tanto orgullosas.

Otro aspecto muy positivo del libro son las constantes referencias bibliográficas sobre estas mujeres y de ellas mismas. La selección de textos que el autor hace de cada una despierta el deseo de más, de entrar en contacto con la palabra directa de cada una de estas mujeres y conocerlas, así, de primera mano.

Rasgos comunes a estas mujeres

Para terminar quiero destacar tres elementos comunes a estas cinco mujeres, que cada una vive de un modo particular pero en los que coinciden y que puede ser el motivo de la elección, por parte de Bouyer, de estas cinco figuras:

Experiencia única de Dios

Cada una de ellas ha vivido una experiencia única de encuentro con Dios en la que su talante femenino ha sido clave para captar algo propio del Misterio divino: la comunión con Cristo que nos introduce en el amor trinitario de Hadewijch, la contemplación de Dios a través de la contemplación de la humanidad de Cristo de Teresa, la relación de total confianza y abandono de Teresa de Lisieux en el amor de Dios Padre, la llamada a vivir en la alabanza de la Gloria de la Trinidad de Isabel y el reconocimiento del Amor y la Sabiduría de Dios manifestados, en su plenitud, en la cruz redentora de Cristo de Edith Stein.

Audacia para responder a los retos de su tiempo.

Cada una de ellas traza un itinerario de encuentro con Dios para el hombre y la mujer de su tiempo, del presente en el que viven, asumiendo algunos aspectos propios de ese momento histórico y, a la vez, rompiendo con una audacia única con los moldes, esquemas o clichés que podrían oprimir la novedad del Espíritu para mantener viva la actualidad del acontecimiento de Cristo, hasta ser ellas mismas renovadoras de la espiritualidad cristiana.

Guiadas por las fuentes de la revelación: la Escritura y la Tradición

La luz que guía este camino no es la genialidad de una preparación filosófica o teológica, no es un discurso académico abstracto, sino la experiencia de una vida confrontada con la Palabra de Dios, guiada por ella y alimentada por la Tradición de la Iglesia, principalmente, de la vida litúrgica. La vuelta constante al origen de la vida cristiana permite una originalidad atractiva que conecta con la fuente de la revelación: el amor de Dios y el objeto de esta: el corazón inquieto del hombre que busca, aún a tientas, el Dios para el que ha sido hecho.

En definitiva, el objetivo del autor y lo valioso y oportuno de esta publicación está en que, a través de su lectura, se pueda despertar y mantener vivo el constante renacimiento interior que las mujeres han provocado en la Iglesia, señalando así un camino para esclarecer la cuestión, siempre importante y delicada, del papel de la mujer hoy, en el mundo y en la Iglesia, ante los desafíos de nuestro tiempo.

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