España

El sacerdote que disfrutaba de la vida sobre ruedas

Maria José Atienza·11 de noviembre de 2020·Tiempo de lectura: 5 minutos

El sacerdote Luis de Moya falleció el lunes 9 de noviembre en Pamplona. “Don Luis”, como se le conocía familiarmente, había sufrido un grave accidente en 1991 por el que quedó tetrapléjico. Con sus limitaciones físicas multiplicó su labor pastoral y, sobre todo, hizo vida esa respuesta a correo «vale la pena exprimirse hasta el final»

Muchas personas han sentido como propia la marcha al cielo del sacerdote del Opus Dei, Luis de Moya, conocido en todo el mundo por el testimonio que recogía en su libro Sobre la marcha, donde relata sus experiencias y reflexiones a raíz de su accidente: de ese libro se han publicado al menos seis ediciones y se ha traducido a varios idiomas. De entre quienes le despiden, con pena pero con la seguridad de que está en el cielo, sobresalen aquellos que han convivido con él, especialmente a partir de 1991 y en los últimos momentos: su familia, el rector y los residentes del Colegio Mayor Aralar, donde vivía, amigos… todos recuerdan de Don Luis su alegría, su trabajada paciencia y el ejemplo que daba, aún estando inconsciente en sus últimos momentos.  

De hecho, cuando fue ingresado en la Clínica Universitaria de Navarra; aún inconsciente, su ejemplo conmovía a muchas personas, especialmente médicos y personal de enfermería, una de estas enfermeras que le atendió en los últimos momentos describió esos días como “un oasis en medio de lo que he sufrido este año por la pandemia”.

Alegría en las cosas pequeñas

José María Mora, es uno de los estudiantes que formaba parte del equipo de 6 personas que, junto a, cuidaba de Don Luis en estos últimos años. Revista Palabra ha podido conversar con este residente de Aralar que despide estos días a Don Luis del que subraya su manera de disfrutar con las cosas pequeñas. “Un disfrutón de la vida” así lo describe. “Lo que mas nos admiraba a los que estábamos con él, era que, a pesar de sus limitaciones se disfrutaba con pequeñas alegrías, por ejemplo, tomar el sol, cuando ganaba el Real Madrid, o comer las cosas que le gustaban como las setas, el salmón«.

Este costarricense recuerda una pequeña anécdota relacionada con esta afición: “Le gustaba mucho la cocina y ver programas de cocina. Un día, le estaba dando yo de comer, algo muy normal, una sopa o unas lentejas y el cocinero de la tele sacó un salmón buenísimo en pantalla y su reacción fue de un ligero sobresalto diciendo ¡Uy!¡Qué bueno!”. 

Apasionado del fútbol, Luis de Moya era un madridista acérrimo, por lo que disfrutaba mucho viendo al Real Madrid, pero no sólo su equipo, alguna vez veía partidos de otras temporadas o de otros equipos para ver jugadas y goles aunque fuera «insignificante» o incluso contrario a sus colores futboleros.

Una familia que le cuida

Tras el accidente que lo dejó prácticamente inmóvil surgió la duda de si se podría cuidarlo en el propio hogar, fue el Beato Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei en esas fechas, quién tras consultar a los médicos, una vez obtenida la respuesta afirmativa, decidió que Don Luis siguiera viviendo y cuidado en su casa, aunque se tuvieran que hacer reformas y acondicionamientos. Mariano Amores, sacerdote, coincidió en esos primeros años de adaptación personal y logística, con Don Luis, y recuerda cómo se consiguió una furgoneta adaptada con la que pudo ir a ver a su madre, que estaba por entonces ya muy enferma: “un viaje cansado, tuvo que ir a Madrid en avión y desde allí, ya con la furgoneta nueva, a Granada, con muchas paradas porque había que cambiarle de postura frecuentemente”, para evitar las llagas. 

Los cuidados de Don Luis no eran sencillos y había que ir aprendiendo a hacerlos; algo en lo que el sacerdote colaboraba con mucha paciencia, puesto que el grupo de cuidadores, excepto Juan Carlos, su enfermero, cambiaba cada tiempo, ya que el paso por el Colegio Mayor es temporal. Quienes le han cuidado este tiempo recuerdan pequeños gestos del sacerdote como el de arrancar con un comentario o un chiste una sonrisa a alguno que estaba más serio o hacer más sencillo el aprendizaje de los protocolos. 

En una ocasión, uno de estos estudiantes estaba algo reticente por su inexperiencia y Don Luis le pidió que fuera el encargado de prepararle aquel día, aunque eso significara llegar más tarde a la oración de la mañana, o tener que comenzar varias veces… “Impresionaba” continúa Jose María, “su entrega y obediencia, porque al final es una entrega de la intimidad, cuando te lo tienen que hacer todo: vestirte, asearte…”.

Para el sacerdote suponía un esfuerzo y para quienes le cuidaban, una prueba de madurez: “Pienso” continúa Jose María. “que parte de la vocación que Dios le pedía en su situación era la de ayudar a pulir el carácter de quienes le cuidábamos”. De hecho, Don Luis era un hombre parco de palabras, directo “cuando tenía que corregir o decir algo, lo decía muy claramente y sin enfados, si hacías algo mal lo sabías, porque te lo indicaba, sin ser agrio” 

Sacerdote sobre ruedas

Todos los días, hasta el pasado 27 de octubre, en que fue internado en la Clínica Universidad de Navarra, concelebró con otro sacerdote la Santa Misa. “No le gustaba hacer alarde de piedad” destaca Miguel Ángel Marco, director del Colegio Mayor Aralar, algo que también destacan sus compañeros sacerdotes y los residentes del Colegio Mayor. Se preparaba previamente en el oratorio con un largo rato de oración, José María Mora recuerda que impresionaba especialmente el “profundo y largo silencio que hacía en el memento. Se veía que estaba encomendando realmente a las personas que tenía en la mente, y que eran muchas”. 

Su labor pastoral tuvo un cauce privilegiado en Fluvium a través de la cual, formaba y daba recursos de fe a miles de personas. Recibía cientos de correos electrónicos que le pedían que rezase por intenciones, o le contaban temas que concernían a su vida…. Y él les contestaba personalmente gracias a un dispositivo electrónico. Alguna vez tuvo que pedir ayuda para escribir por un fallo en el dispositivo o porque, “en el último año debido a una úlcera corneal en el ojo izquierdo fue perdiendo la vista de ese ojo”.

El Rosario era su arma poderosa; rezaba las cuatro partes cada día, y con frecuencia miraba a la Virgen de Guadalupe de su habitación. 

Exprimirse hasta el final 

Jose María Mora recuerda que uno de esos correos que tuvieron que ayudarle a responder era de un chico joven que le pedía oraciones porque estaba a punto de dar un importante paso en su vida. Don Luis le respondió “con mucho respeto y ánimo y le dijo que valía la pena exprimirse hasta la última gota en cada momento de su vida. Recuerdo ahora ese mail y veo que es justo lo que ha hecho hasta su muerte”.

Algo similar recuerda Mariano Amores cuando señala “si pudiera resumir en algo su vida me quedo con su respuesta hecha vida a una entrevista que le hicieron, en la que la periodista le  recordaba esa frase que sale en el libro Sobre la marcha – Me siento como un millonario que ha perdido sólo 1.000 pesetas. Don Luis respondió algo como sí, pero que quede claro, de esas 1000 pesetas hay que olvidarse. Eso fue su vida: se olvidó de lo que perdió, de esas mil pesetas, y vivió para adelante”

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