Experiencias

San Francisco de Guayo: una misión para los indígenas waraos del Orinoco

Las terciarias capuchinas misioneras son las que han dado estabilidad a la misión de San Francisco de Guayo, fundada en 1942. Hoy atiende, por medio de una iglesia, un hospital y una escuela, a un millar y medio de indígenas de etnia warao en el delta laberíntico del Orinoco venezolano.

Marcos Pantin y Natalia Rodríguez·13 de abril de 2016·Tiempo de lectura: 7 minutos

Hernán acaba de regresar a Caracas de vuelta de sus prácticas médicas. Han sido siete horas de viaje por río y diez por carretera desde la misión de San Francisco de Guayo. Extenuado, habla con pausa, sopesando las palabras, como quien necesita discernir entre las vivencias y algunas sombrías reflexiones que le ocuparon durante estos meses.

La misión de Guayo reúne unos 1.500 indígenas de la etnia warao (gente de las canoas), que habitan en palafitos (construcciones en terrenos anegables, sobre estacas), a orillas de los caños del delta del Orinoco, en el extremo oriental de Venezuela. Cuenta con un pequeño hospital, una iglesia, una escuela y poco más. Desde el hospital de la misión se atiende a una veintena de pequeñas comunidades dispersas en un laberinto de agua y selva. No hablan castellano. En sus palafitos sin paredes los waraos no disponen de más agua potable que la que recogen de las lluvias. Se alimentan de peces, tubérculos y arepa de maíz.

Los waraos son la etnia más pacífica de los indígenas precolombinos. Se dispersaron por el delta huyendo de las tribus guerreras. Los hombres se dedican a la pesca y las mujeres cuidan a los niños y hacen piezas de artesanía que venden como pueden. A pesar de la creciente inculturación, la brecha entre los dos mundos se mantiene enorme. Es lo que hostiga al joven médico mientras nos describe la misión de Guayo, a continuación.

En condiciones críticas

No hay médico permanente en el pueblo. Sólo los que estamos en prácticas. La continuidad de la asistencia médica descansa en tres enfermeros, de los cuales dos son religiosas capuchinas misioneras. El hospital general más cercano está a varias horas de navegación. En ocasiones llegamos a atender a más de cien pacientes diarios. Algunos de ellos acuden remando durante más de tres horas desde sus asentamientos dispersos por el delta.

Gradualmente nos hacíamos cargo de la situación. Estas comunidades están en serios problemas de supervivencia. Algunas han desaparecido barridas por dos enfermedades prevalentes: la tuberculosis y el VIH. 

Casi la mitad de los que nacen no llegarán a los cinco años de edad. La altísima mortalidad infantil se debe a la deshidratación, causada principalmente por afecciones diarreicas. Además, el agua que traen las barcas cisternas del Estado no es del todo saludable.

La situación general de desabastecimiento de los hospitales públicos se agudiza cruelmente en Guayo. El tratamiento contra la tuberculosis y el VIH es costoso y escaso. 

Poco a poco entendimos que se trataba de una lucha paciente: debíamos mantener encendida la ilusión a pesar de las dificultades y hacer todo lo que pudiéramos. Los waraos no son muy efusivos en sus muestras de agradecimiento. Al principio nos chocaba, comparándolo lo que ocurre en el resto del país donde los pacientes, agradecidos, no dejan de retribuir al médico de alguna manera. Pero aunque no terminamos de entender esta diferencia cultural, nos impulsaba el deseo de servir.

Manteníamos largas conversaciones con los habitantes del pueblo. Entrábamos en los palafitos para compartir y adentrarnos en su mundo. En Guayo el tiempo fluye intermitente. Hay periodos de intensa actividad en el hospital o en las comunidades extremas, y horas de mucha calma al caer el día.

El atractivo del servicio

Con todo, no hay que imaginar un panorama sombrío. Las dificultades están entretejidas de esperanza. Resulta paradójico, pero Guayo es un imán para los corazones grandes. En la ribera opuesta vive un matrimonio de franceses. Louis es médico, y Ada antropóloga. Llevan doce años en el pueblo. Quieren con locura a los waraos y han hecho mucho bien. Regentaron una posada donde disponían de una planta de tratamiento de agua que también surtía al pueblo. Al disminuir el turismo, el gobierno confiscó la planta. Ahora se apañan con una instalación pequeñita.

Nunca faltan médicos en prácticas. Una tarde, al regresar de mis rondas por algunas comunidades dispersas por los caños, absorto en mis pensamientos, casi tropiezo con unos niños que hacían dibujos sobre las tablas de las pasarelas entre los palafitos. Se trataba de un concurso para ganar regalos en Reyes. Lo había organizado Natalia, estudiante de medicina que, terminada su pasantía, había regresado de Caracas con un cargamento de ropa, medicinas y juguetes. Natalia hizo sus prácticas médicas en otra comunidad, pero solía venir a Guayo para echar una mano.

Terciarias capuchinas de la Sagrada Familia

La misión de San Francisco de Guayo la funda el padre Basilio de Barral en 1942. Estudioso de la lengua warao, publica un catecismo y varias obras didácticas en este idioma. Las terciarias capuchinas misioneras llegaron después y han dado permanencia a la misión.

La hermana Isabel López llegó de España muy joven, en 1960. Vino con estudios de enfermería y ha ejercido varias décadas en el delta. Ha visto crecer el pueblo y expandirse la evangelización. Hoy el hospital de Guayo lleva su nombre, pero eso no le importa mucho. Me causó gran impresión la hermana Isabel. Mientras camina sin prisas por el pueblo, va esparciendo a su alrededor optimismo y esperanza. Una tarde volvía yo desinflado de una ronda por las comunidades; imágenes y recuerdos grotescos me acosaban como nube de mosquitos llenan un manglar al atardecer. Isabel me vio venir y se hizo la encontradiza. No recuerdo bien qué me dijo, pero me hizo recuperar el entusiasmo. Todavía me sorprende la habilidad con la que repartía caramelos a los niños que le tiraban del hábito mientras conversábamos.

Algunas confidencias

Natalia pudo registrar algunas confidencias de la hermana Isabel en una improvisada entrevista que aquí transcribo.

Le dijo la hermana: “Mira, sin el amor a Jesucristo no haría nada. Jesús es el centro de mi vida consagrada, de mi vida espiritual y de mi vida comunitaria. Sin Él no haría nada. Él es mi apoyo, por eso estoy aquí, y fíjate que estoy feliz, con la edad que tengo. Es una cosa extraordinaria. Escúcheme, doctora: si yo volviera a nacer, sería terciaria capuchina de la Sagrada Familia y misionera. Ciento por ciento misionera, y con una sonrisa, porque yo he sido muy alegre siempre y no he perdido la sonrisa. Algo más mayor sí, porque una es más vieja, pero la sonrisa no se pierde.

La motivación inicial para venir aquí fue la evangelización, para hacer gente cristiana, porque en Guayo no había nada. Las motivaciones actuales siguen siendo iguales o mayores todavía. Tengo mucha ilusión, mucha preocupación por la gente, por lo que estamos viendo en Guayo: la enfermedad, la pobreza, los niños que se mueren.

Hay quienes critican a los misioneros por ser muy paternalistas. Pero yo no puedo evitarlo. ¿Que venga un niño a mi casa y no le dé un caramelo? Los niños y los ancianos son mi predilección. Y los chiquitines me miran y algo ven: el cariño. Yo sí quisiera tener muchas cosas para darles a los niños, aunque me digan que soy paternalista o maternalista”.

A continuación, Natalia preguntó a la hermana Isabel cuáles habían sido sus miedos o momentos más difíciles. Le respondió así: ”Yo no he tenido muchos momentos difíciles, yo he sido muy feliz y siempre me siento feliz. ¿Momentos difíciles? Pues, ver esa pobreza tan grande, ver que se muere la gente. El río me impresiona muchísimo. Ver el agua, te metes en una barca y no sabes… Yo he pasado muchos peligros en el río. Pero momentos difíciles, muy pocos. Yo he tenido mucha alegría, muy contenta, muy entregada.

No estoy cansada. La gente dice que Isabel es un jilguero. Pero yo tengo setenta y siete años y a veces van faltando las fuerzas. Se nota en el trabajo, pero desde luego, muy bien. No me siento mayor. Me siento igual. Te lo decía: después de 56 años, parece que fue ayer y que no he hecho nada. No he salido del Delta”.

Un médico en el delta del Orinoco

Para ejercer la medicina en Venezuela cada estudiante debe realizar un año de prácticas supervisadas. Generalmente se llevan a cabo en zonas menesterosas, pero hay posibilidad de trabajar en la ciudad y recibir alguna compensación económica. No faltan estudiantes que buscan las zonas y condiciones más duras en las periferias.

Alfredo Silva estudió medicina en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, y está próximo a terminar sus prácticas trabajando para los indígenas del delta del Orinoco, en aquella maraña  de canales en la que el río se deshace antes de llegar al Atlántico. Le hacemos algunas preguntas.

¿Por qué decidiste hacer aquí tus prácticas? Vine al delta por primera vez en las vacaciones de Semana Santa de 2006. Fue por un voluntariado organizado por mi colegio. Hicimos labor social y actividades de catequesis. El lugar y la gente me conquistaron.

Volví por dos meses en 2014, durante el sexto año de carrera. Traje conmigo a Jan, compañero de estudios. Fue muy enriquecedor. Nos sentimos útiles. Comprobamos cómo nuestro esfuerzo daba resultados. Podíamos ayudar mucho y dar oportunidades a quien no tenía ninguna.

A inicios del 2015 decidimos hacer aquí la pasantía de final de carrera. No fue fácil. Estábamos cortos de dinero. Otros destinos ofrecían beneficios económicos, mientras que venir aquí exige levantar fondos y siempre poner algo de lo tuyo. Pero la medicina se nos había metido muy dentro y nos empujaba a servir. Desde hace años he pensado apuntarme a Médicos sin Fronteras, una ONG que presta ayuda humanitaria en zonas afectadas por la guerra o por catástrofes naturales. Pero aquí hemos afrontado situaciones equiparables a aquellas en cuanto a mortalidad, condiciones alimentarias y de enfermedades graves se refiere.

¿Cómo han evolucionado tus motivaciones durante estos meses? –Un profesor nos propuso impulsar un estudio sobre la tuberculosis y el VIH que devastan estas comunidades. La vertiente académica calmó a muchos de nuestros familiares, preocupados por las dificultades que enfrentaríamos. Los resultados del estudio podrían facilitarnos acceder a estudios de postgrado.

Con el paso de los meses, la miseria que tocábamos a diario reafirmó nuestra motivación de servicio mientras avanzamos en nuestra investigación. Es el modo de enfrentar esta triste paradoja: los waraos viven en la indigencia propia del mundo indígena, pero azotados por los males la sociedad actual.

¿Cuáles han sido tus mejores momentos? Es algo que no se busca. Más bien te sorprende el estar contento, realizado, trabajando en los lugares más miserables. La necesidad ajena te hace sentirte útil.

Hace meses visitamos a una familia donde madre e hija padecían tuberculosis. El hijo mayor estaba malogrado por la desnutrición. Hicimos los trámites necesarios para conseguir el tratamiento médico necesario, que tardó en llegar. Al volver al lugar sólo había sobrevivido el hijo. En esta sombría condición pudimos salvar al muchacho. Es muy duro, tardas en asimilarlo, pero también puede resultar muy enriquecedor.

¿Cuáles han sido tus miedos? –Cuando presencias situaciones tan fuertes, quieres ayudar y hacer cosas. Es el miedo de no poder ayudar, porque luchas contra algo que te supera. Esto implica una lucha constante por mantener la motivación. Asusta pensar que cuando te vayas, aquello terminará por derrumbarse.

Los waraos son muy receptivos a nuestra ayuda, pero los recursos son insuficientes. Siempre necesitan más. Si atiendes una comunidad, esperarán que vengas cada día. Pero las medicinas son limitadas. El hospital más cercano queda demasiado lejos para que vayan remando en canoa. Si intentara describir a los waraos, diría que son supervivientes natos. Tienen pocos instrumentos, pero mucha paciencia para enfrentarse al mundo actual. Sin embargo, luchan con la alegría y el sencillo encanto de lo prístino. Todavía confían, son nobles, acogedores.

¿Si retrocedieras en el tiempo, volverías? –Sí, claro, totalmente. No me arrepiento. Han pasado muchas cosas buenas y he aprendido muchísimo. Te das cuentas de que no necesitas tantas cosas para vivir.

El autor

Marcos Pantin y Natalia Rodríguez

Caracas

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