América

Rodrigo Guerra: «Sólo lo asumido es redimido»

«Las ciencias sociales se vuelven víctimas de sí mismas cuando absolutizan un fragmento y lo vuelven criterio hermenéutico supremo» señala en esta entrevista Rodrigo Guerra, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina.

Maria José Atienza·12 de septiembre de 2022·Tiempo de lectura: 8 minutos
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Rodrigo Guerra. Secretario de la Pontificia Comisión para América Latina ©Cortesía de Rodrigo Guerra

Rodrigo Guerra es doctor en filosofía por la Academia Internacional de Filosofía en el Principado de Liechtenstein, fundador del Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV, México) y Secretario de la Pontificia Comisión para América Latina.

Hace unas semanas, Guerra fue uno de los ponentes del I Congreso Internacional Hispanoamericano organizado por UNIR y la UFV. En ese encuentro, Guerra recordó que «la cultura latinoamericana tiene un sustrato no racionalista, basado en la fe católica, que defiende la dignidad de la persona”. De este sustrato base de la cultura hispanoamericana habla en esta entrevista con Omnes.

Hace ya tiempo asistimos a una reivindicación de las culturas precolombinas que acusan a los misioneros de eliminar / arrasar con una cultura o sistemas sociales previos para imponer “la visión cristina y europeísta”. ¿Esta afirmación es cierta?

– La historiografía contemporánea está logrando superar las simplificaciones ideológicas de antaño. Por ejemplo, las que se difundieron en torno a 1992, con motivo del V Centenario del descubrimiento de América. Tanto la “leyenda negra” como la “leyenda rosa” son fruto de una racionalidad univocista, que niega justo el “ethos” analógico de la cultura barroca latinoamericana.

Sin analogía, no hay matices finos, no hay comprensión analítica y diferenciada de un proceso complejo, como fue el arribo de pueblos europeos a América.

Por otra parte, algo que más allá de las controversias académicas, siempre ayuda a mirar las cosas con mayor perspectiva, es el acontecimiento guadalupano. La racionalidad introducida por Santa María de Guadalupe es la que permite el mestizaje, la inculturación del evangelio y la opción decidida por los más pobres. Esta lógica, sin dudas, compensa la perspectiva militar de los conquistadores y abre una vía de evangelización original para los misioneros, a partir de 1531. Las culturas prehispánicas fueron lastimadas sin lugar a duda. La corona española, por ejemplo, no tenía elementos para anunciar la cruz, más que a través de la espada. Las enfermedades europeas, además, diezmaron a la población. Pero la experiencia del encuentro con una maternidad venida del cielo, que anuncia al “verdaderísimo Dios por Quién se vive”, generó una originalidad sociológicamente identificable. Generó un pueblo nuevo: Latinoamérica, la “Patria grande”, la fraternidad singularísima que hace que un argentino y un mexicano, puedan reconocerse como “hermanos”, a pesar de la distancia.

La Iglesia ha pedido perdón por los errores históricos cometidos, no sólo en América Latina sino en otros lugares también. Esta petición de perdón ¿sería necesaria si se contextualizaran los hechos en cada periodo?

– La fe en Jesucristo nos hermana a todos. No sólo sincrónicamente sino diacrónicamente. Por eso, somos misteriosamente solidarios con los pecados cometidos en el pasado por algunos católicos, y por eso, hoy todos debemos reaprender a pedir perdón. No sólo es el Papa quien debe hacerlo. Soy yo, en primera persona, el que me debo reconciliar con mi historia.

La unidad de los pueblos no es la unidad de las ideologías, del poder político o del mercado. La unidad de los pueblos es pluralidad reconciliada, es experiencia empírica de re-encuentro y abrazo, gracias a la cual es posible seguir caminando. Cuando una nación no llora sus errores tampoco encontrará camino para alegrarse de fondo por sus victorias. Por eso, es tan importante el mensaje del evangelio.

Sólo desde Cristo, las personas y las culturas, pueden superar el fácil antagonismo, el radicalismo fanático y la fractura social.

¿Se traiciona la historia cuando se mira a través de los paradigmas del presente?

– La ciencia y el arte de la interpretación de la historia es un ejercicio complejo. Todo acto hermenéutico requiere no sólo herramientas teoréticas afinadas –como la analogía– sino el ejercicio de virtudes, en especial de la prudencia. La prudencia nos permite reconocer en el plano de lo práctico lo finito como finito y lo trascendente como trascendente, de manera simultánea.

Dicho de otro modo: la historia se traiciona cuando se mira como un mero fenómeno empírico que no posee un horizonte metafísico. Es el horizonte metafísico el que permite un doble movimiento: por un lado, reconocer el hecho en su contexto, para no juzgarlo desde categorías que le pueden ser impropias, como las procedentes de otra época.

Pero, por otro lado, la comprensión metafísica de la historia también permite juzgar el hecho en su perspectiva meta-histórica. Esta perspectiva no es algo “exógeno”, sino el significado último de lo real-concreto que aparece como exigencia si se acogen la totalidad de los factores de lo real.

En la escuela de pensamiento de la que tu servidor proviene, la comprensión metahistórica de un hecho prácticamente coincide con las exigencias perennes de una antropología integral, que al mirar a la persona como “lo más perfecto de la naturaleza”, también la entiende como lo más singular, y por ello, como lo más “histórico”.

Entiendo que está de moda hablar de “paradigmas”. Sin embargo, los paradigmas de la época no son el último horizonte de la inteligencia. Si así fuera, estaríamos en una prisión insuperable que, entre otras cosas, impediría el progreso histórico. El horizonte real de la inteligencia humana se alcanza cuando la persona es educada en la no-censura, en el máximo realismo, en la apertura a la posibilidad de un don que rebase nuestros propios pre-juicios y nos sorprenda. Nada más actual que Gregorio de Nisa, cuando dice: “Sólo el asombro conoce”.

¿Sufrimos una especie de miedo, por una parte, o hiperestesia ante cualquier comentario que pueda ser tachado de “colonialista”? ¿Hemos caído también en la Iglesia en una actitud reduccionista con respecto a nuestra historia de propagación de la fe?

– La denuncia contemporánea, en ciertas escuelas, de un pensamiento “colonial” que se impone desde la lógica del amo y del esclavo, muestra cuán deudores somos de Hegel en la actualidad. La perspectiva “decolonial”, por otra parte, reivindica el conocimiento situado y el deseo de desmontar el denso eurocentrismo que existe en algunos ambientes. Cuando estos temas se abordan sin identificar con claridad su herencia hegeliana, y por ello, su limitación inmanentista, fácilmente se tornan en trampas discursivas. Se aceptan de entrada muchas premisas que requieren ser analizadas críticamente.

No es aquí el lugar para hacer este ejercicio. Simplemente me atrevo a decir que las ciencias sociales, en muchas ocasiones, se vuelven víctimas de sí mismas, cuando absolutizan un fragmento y lo vuelven criterio hermenéutico supremo. Hoy necesitamos una perspectiva más holística para no traicionar la realidad. Comparto la necesidad de pensar-en-contexto. Comparto la necesidad de denunciar la perversa racionalidad instrumental. Comparto que existen aún mecanismos sutiles y no tan sutiles de colonización, por ejemplo, en América Latina. Pero también, junto con todo ello, estoy convencido que estamos llamados a algo más.

Sólo es posible hablar de la fuerza del contexto y de la importancia de “lo situado” desde un parámetro superior que los rebase. Si no lo hacemos así, hasta nuestra propia afirmación sobre la importancia de lo contextual habrá de ser contextualizada, y así, en un proceso sin fin.

En la Iglesia también fácilmente caemos en “modas” socio-analíticas, de manera explícita o encubierta. Pero es justamente en la experiencia que llamamos “Iglesia”, no en su concepto, no en su teoría, sino en la “experiencia” de amistad empírica que es la “Ekklesía” dónde yo aprendí a amar a mi pueblo, a mi historia, con todo y sus heridas de origen “colonial”, y a descubrir que la dialéctica amo-esclavo no tiene la última palabra. La realidad tiene tensiones, algunas muy dolorosas, pero la verdadera superación de ellas, la verdadera “Aufhebung”, se logra buscando una síntesis superior bajo la lógica del don extremo, es decir, bajo el re-encuentro con lo esencial-cristiano. Por esto, es importante leer a Romano Guardini y a Gaston Fessard. Por esto, entre otras cosas, hay que dejarnos educar por el Papa Francisco.

En la experiencia se puede constatar que la buena noticia del Evangelio, vivida en comunión, es fuente de humanidad renovada, es decir, de verdadero desarrollo

Rodrigo Guerra. Secretario de la Pontificia Comisión para América Latina

Realmente ¿contribuyó la fe al desarrollo de los pueblos de América?

– Norteamérica está compuesta por Canadá, Estados Unidos y México. Centro América va de Guatemala hasta Panamá. El sur de América va de Colombia hasta la Patagonia. Tanto en América del Sur, como en general, en toda la región latinoamericana, desde 1531 la fe ha sido el factor más importante de liberación y de lucha a favor de la dignidad de todos, en especial de los últimos y excluidos.

Quienes buscan sostener que la fe no ha colaborado al desarrollo y a la emancipación de América Latina son herederos del viejo iluminismo y de las viejas teorías de la secularización. Estas últimas, por cierto, no se cumplieron en América Latina, tal y como atestigua hasta el observador más despistado cualquier 12 de diciembre en el Tepeyac.

Quienes piensan en la actualidad que la fe no ha contribuido al desarrollo de América Latina sería muy bueno que meditaran con atención el “Nican Mopohua”; la obra de Vasco de Quiroga; los argumentos de Bartolomé de las Casas y de Francisco de Vitoria a favor de la igual dignidad humana de los indígenas; la riquísima cultura virreinal; y, muy en especial, el barroco latinoamericano, por ejemplo, en Puebla, en Perú o en Ecuador. Nada mejor para quebrar al iluminismo que peregrinar a pie durante semanas a algún santuario mariano con nuestro pueblo pobre, visitar las reducciones jesuíticas en el Uruguay, vivir la experiencia de una fiesta popular en Nicaragua, leer en voz alta a sor Juana Inés de la Cruz, arrodillarse frente a la tumba de san Oscar Arnulfo Romero en El Salvador, o cargar los ataúdes de dos jesuitas, ancianitos, recientemente asesinados por el crimen organizado, en la Sierra Tarahumara.

Más allá de teorías y discursos, es en la experiencia dónde se puede constatar que la buena noticia del evangelio, vivida en comunión, es fuente de humanidad renovada, es decir, de verdadero desarrollo.

Si nos fijamos en muchas de las tradiciones culturales iberoamericanas, nos damos cuenta que la fe cristiana se unió a tradiciones previas contribuyendo a su vigencia ¿es el sur de América un ejemplo de inculturación de la fe?

– Sudamérica, Centro América y México son buenos ejemplos de evangelización inculturada e inculturación del evangelio. En cada país hay una modulación diversa. Pero en todos, es reconocible algún grado de inculturación. Sin embargo, la palabra más adecuada para describir este fenómeno no es “unión” entre fe cristiana y “tradiciones previas” sino “encarnación”.

En el misterio de la Encarnación todo lo humano es asumido, porque sólo lo asumido es redimido. La “analogía de la Encarnación” –como decía san Juan Pablo II– es la que guía una adecuada relación entre la fe cristiana y las culturas. Sólo de esta manera no hay destrucción, sino abrazo paciente y tierno. Abrazo que asume todos los signos y lenguajes prehispánicos, para purificarlos y elevarlos a través de la gracia.

La lógica de la destrucción no es parte del anuncio cristiano. Alguien me decía alguna vez: “pero al pecado hay que destruirlo”. En efecto, al pecado indígena y al pecado europeo hay que “destruirlos” con la misericordia y la ternura que vienen del corazón de Jesús. Es la misericordia la que “extirpa” el pecado. Jamás la aniquilación del otro. La misericordia de Dios es la que salva. Todo lo otro es violento pelagianismo. Evangelizar de manera radicalmente inculturada, es en el fondo, el corazón del mensaje de la Virgen de Guadalupe a san Juan Diego.

¿Cómo se vive, desde la perspectiva americana y católica, el proceso de descristianización que se sufre en muchos lugares?

– En los pequeños círculos neoconservadores, la descristianización es vista en términos de derrumbe civilizatorio. En varios momentos de la historia de la Iglesia latinoamericana, la reducción conservadora del cristianismo a normas morales ha provocado diagnósticos equivocadísimos sobre la crisis cultural. Simétricamente, como en un espejo, la descristianización vista desde los grupos progresistas es celebrada con alegría. La reducción del cristianismo a la “ideología de los valores comunes” conlleva también diagnósticos extraviados sobre el desafío del momento actual. La identificación del progreso del reino de Dios con el aparente “progreso” de la sociedad relativista contemporánea termina afirmando que el verdadero cristianismo es el propio de las comunidades secularizadas, puramente “humanistas”.

La descristianización existe más por la debilidad de quienes preferimos un cristianismo burgués, acostumbrado a existir dentro de una zona de confort, que por la “perversidad” y “estrategia” de las tendencias anticristianas.

Rodrigo Guerra. Secretario de la Pontificia Comisión para América Latina

Ambas posturas son un grave error. Neoconservadores y progresistas, aparentemente opuestos, son hijos en el fondo de la misma matriz iluminista. La lectura teológica de la historia realizada por los obispos latinoamericanos desde la II Conferencia general del episcopado (Medellín, 1968) hasta la V Conferencia general realizada en Aparecida (2007), es diversa. Los procesos de descristianización conviven con nuevas búsquedas que significan que el corazón humano sigue anhelando una plenitud de verdad, de bien, de belleza y de justicia que sólo Cristo puede cumplir y rebasar. Lo digo de otro modo: la Iglesia latinoamericana es hija del Concilio Vaticano II. En el Concilio hay una plena conciencia sobre el drama de nuestro tiempo. Pero este drama no se enfrenta con miedo al mundo, ni con aprobación ingenua de sus inercias “mundanas”.

La “descristianización” de las personas, de las familias y de las sociedades más que un “enemigo” es una “ocasión” para reproponer con vitalidad un cristianismo empírico, experiencial, sacramental, no reaccionario, sino comunitario y misionero. Para ello, es preciso, curiosamente, amar al mundo apasionadamente. No para solapar sus extravíos. Sino para abrazarlo y reconocer que en él siempre habitan y habitarán mociones del Espíritu Santo que nos preceden en el dinamismo misional.

En otras palabras: la descristianización existe más por la debilidad de quienes preferimos un cristianismo burgués, acostumbrado a existir dentro de una zona de confort, que por la “perversidad” y “estrategia” de las tendencias anticristianas. Por eso es tan oportuno escuchar al Papa Francisco cuando nos habla de la “Iglesia en salida”, volcada a la misión, no a la reacción. Volcada a las periferias, es decir, a las zonas límite, llenas de riesgos, pero urgidas de Cristo.

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