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Cristina Inogés:»Percibo que aquello de ‘la hora de los laicos’ está más cerca que nunca»

Entrevista a Cristina Inogés, miembro de la Comisión Metodológica del Sínodo y encargada del momento de reflexión de la apertura del camino sinodal en Roma.

Maria José Atienza·11 de enero de 2022·Tiempo de lectura: 4 minutos
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Cristina Inogés @Synod.va

Cuando recibió el correo de la Secretaría General del Sínodo de los obispos invitándola a ser una de las voces participantes en la apertura del sínodo “Por una Iglesia sinodal, comunión, participación y misión”, esta laica, teóloga por la Facultad de Teología Protestante de Madrid y miembro de la Comisión Metodológica de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, pensó “que se habían equivocado de Cristina”.

Ya en la ceremonia de apertura, en su meditación, junto al Papa Francisco, señaló que es “bueno y saludable corregir los errores, pedir perdón por los delitos cometidos, y aprender a ser humildes. Seguramente viviremos momentos de dolor, pero el dolor forma parte del amor. Y nos duele la Iglesia porque la amamos”. De esta meditación y del camino sinodal del que forma parte ha hablado con Omnes.

Usted fue una de las participantes en la apertura del Sínodo en Roma junto al Papa Francisco. ¿Cómo recibió este encargo? 

–Fue a través de un correo electrónico, que es como funcionamos hoy. Todo muy normal y sencillo. 

¿Qué supuso para Usted ese momento? 

– Lo primero fue creer que se habían equivocado en la Secretaría General del Sínodo porque en la Comisión Metodológica hay otra Christina. Cuando me di cuenta de que no había equivocación posible y que el correo era para mí, no me lo podía creer. Respiré hondo unas cuantas veces y respondí al correo dando las gracias. Tampoco cabe hacer mucho más.

Hace unas semanas, tuvo la oportunidad de participar en los jueves del Instituto Teológico de Vida Religiosa, esos momentos de formación para la vida consagrada, en el que habló sobre la vida religiosa y la sinodalidad. ¿Hay un esfuerzo en la vida religiosa por participar y alentar este proceso? 

–Los religiosos tienen dos vías de participación: la diocesana por la diócesis donde haya comunidades, y la participación a través de su misma congregación. El esfuerzo, realmente, es porque pueden trabajar en profundidad a través de esas dos vías. Además, la vida religiosa tiene, como parte del pueblo de Dios, mucho protagonismo en este Sínodo, y no tiene que pasar desapercibido algo tan evidente que posiblemente por ello se nos escape. Ese algo es que Francisco ha nombrado a dos religiosos como subsecretarios del Sínodo: Nathalie Becquart, de la congregación de Xavières y Luis Marín, de la congregación de los agustinos. Eso no es una casualidad. Los dos, tanto Nathalie como Luis, además del muchísimo trabajo que tienen en la Secretaría General del Sínodo, no dejan de participar en encuentros, cursos, jornadas… alentando y explicando la importancia de este Sínodo. La vida religiosa tiene, como parte del pueblo de Dios, mucho protagonismo en este Sínodo.

¿Facilita la “tradición sinodal” de las comunidades religiosas el progreso de este proceso sinodal?

–Primero es importante dejar claro que la sinodalidad no es una tradición como tal. Es un elemento constitutivo de la Iglesia. Segundo, tener en una institución estructuras aparentemente sinodales no garantiza que éstas funcionen sinodalmente. También las hay en las parroquias, en las propias estructuras diocesanas, y hasta que no ha aparecido este Sínodo casi nadie había escuchado la palabra sinodalidad.

La vida religiosa tiene que aprender a ser sinodal, como lo debemos aprender todos. De hecho, en el reciente libro de Salvatore Cernuzio Il velo del silenzio se señala que la aplicación de formas sinodales en la vida religiosa será uno de los pasos que ayuden a limpiar en las congregaciones el problema de los abusos a las religiosas y a las monjas. Esto lo afirma Nathalie Becquart en el prólogo. Con esta afirmación queda claro que, hasta ahora, no se daba en la medida en que debía darse.

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Cristina Inogés y Mons. Luis Marín en la apertura del sínodo

Ahora que ya llevamos varios meses en este proceso. ¿Percibe en la Iglesia una apuesta real por la sinodalidad? 

–Apuesta clara… no sé. Cuesta mucho romper ciertas inercias y el miedo a lo desconocido no ayuda (aunque no entiendo qué miedo se puede tener a una propuesta del Espíritu como es este Sínodo). Sin embargo, sí percibo un entusiasmo en el laicado que empieza a ver que esta vez eso de la hora de los laicos está más cerca que nunca. Esa es la actitud: no quedarnos quietos y caminar, ir abriendo senda, saber que no estamos solos. Ser conscientes de que Francisco nos quiere escuchar y quiere que aprendamos a ser Iglesia de otra manera. 

Uno de los retos es integrar también a quienes no se sienten parte «activa» de la Iglesia (están bautizados o no). ¿Cree que se está llegando a estas personas? 

–Todos tenemos que implicarnos en la acción de aproximación a esas personas. Lo que sucede es que la primera aproximación tendría que ser por parte de los obispos porque esas personas a las que, en muchas ocasiones hemos silenciado e invisibilizado nosotros mismos, necesitan también la figura y la palabra de los pastores.

Hay que tener en cuenta que para acercarse a esas personas no sirven los cauces habituales. Es necesario crear otros, pensar en otros, construir otros y, sinceramente, no sé cómo va eso en este momento. Pero no vaya a creer alguien que es muy complejo hacerlo. Muchas veces las redes sociales pueden ser grandes aliadas. La cuestión es qué y cómo decimos en las redes que todos estamos llamados a participar en este Sínodo.

En sus palabras durante la apertura del sínodo se centró especialmente en superar y pedir perdón por los errores cometidos como parte de este proceso sinodal. ¿Hay miedo en reconocer la propia debilidad? 

–Todos tenemos que implicarnos en la acción de aproximación a esas personas. Lo que sucede es que la primera aproximación tendría que ser por parte de los obispos porque esas personas a las que, en muchas ocasiones hemos silenciado e invisibilizado nosotros mismos, necesitan también la figura y la palabra de los pastores.­Es verdad que hice alusión a los errores y dije que había que pedir perdón, pero no solo por los errores, también y sobre todo, por los delitos.

Errores y delitos no son lo mismo. Un error se puede cometer sin querer; un delito requiere premeditación. Son realidades tremendamente diferentes. Más que miedo a la propia debilidad, el miedo es a las consecuencias de esa debilidad, compuesta, repito, por errores y delitos. Cuesta mucho asumir la responsabilidad institucional y sin eso costará mucho recuperar, si se puede, algo de la credibilidad perdida. 

En este caso, como son de tal magnitud, el arrepentimiento debe ir acompañado de la investigación de los mismos. Sin ese proceso de investigación que lleve a la limpieza, por mucho que miremos hacia el futuro no encontraremos mucha esperanza, porque siempre estará la sospecha de que algo se ocultó en el pasado. Si queremos aprender, aprendamos limpiando. Será la única forma.

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