Vaticano

El valioso testimonio de los ancianos

La Pontificia Academia para la Vida ha hecho público esta mañana el documento “La vejez: nuestro futuro. El estado de las personas mayores después de la pandemia”, donde reflexiona sobre la situación de nuestros ancianos y el valioso aporte que hacen a la sociedad. 

David Fernández Alonso·9 de febrero de 2021·Tiempo de lectura: 5 minutos
dia de los ancianos

En la mañana de este martes 9 de febrero, a las 11.30, en directo streaming, desde la sala “Juan Pablo II” de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, ha tenido lugar la presentación del documento de la Pontificia Academia para la Vida: “La vejez: nuestro futuro. El estado de las personas mayores después de la pandemia”.

Han intervenido el presidente de la Pontificia Academia para la Vida, S.E. Mons. Vincenzo Paglia, el secretario del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, Mons. Bruno-Marie Duffè y la profesora Etsuo Akiba, docente de la Universidad de Toyama (Japón), académica de Número de la Pontificia Academia para la Vida, conectada desde la ciudad nipona.

El título del documento propone una reflexión sobre las lecciones que hay que extraer de la emergencia sanitaria causada por la propagación del Covid-19, sobre sus consecuencias para hoy y para el futuro de nuestras sociedades.

Un camino de la Iglesia

En este sentido, esta situación que estamos viviendo a escala global nos lleva a aprender lecciones que han hecho surgir una doble conciencia: “por un lado, la interdependencia entre todos y por otro la presencia de fuertes desigualdades. Todos estamos a merced de la misma tormenta, pero en un cierto sentido, se puede decir, que remamos en barcos diferentes, los más frágiles se están hundiendo cada día”. 

“Es esencial repensar el modelo de desarrollo de todo el planeta”, dice el documento, que retoma la reflexión ya iniciada con la Nota del 30 de marzo de 2020 (Pandemia y Fraternidad Universal), continuada con la Nota del 22 de julio de 2020 (La Humana Communitas en la era de la Pandemia. Consideraciones intempestivas sobre el renacimiento de la vida) y con el documento conjunto con el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral (Vacuna para todos. 20 puntos para un mundo más justo y sano) del 28 de diciembre de 2020.

La intención, como se puede apreciar, es proponer el camino de la Iglesia, maestra de humanidad, con respecto a un mundo que ha cambiado por la situación de pandemia, dirigido a mujeres y hombres en busca de sentido y esperanza para sus vidas.

El golpe de la pandemia

Los ancianos fueron un sector especialmente golpeado durante las primeras fases de la pandemia, concretamente en las residencias de ancianos, lugares que se suponía que debían proteger a los más frágiles de la sociedad y en los que, en cambio, la muerte golpeó desproporcionadamente más que en el hogar y el entorno familiar.

“Lo que ha sucedido durante la pandemia de COVID-19 nos impide resolver la cuestión de la atención a los ancianos con la búsqueda de chivos expiatorios, de culpables individuales y, por otro lado, de levantar un coro en defensa de los excelentes resultados de los que evitaron el contagio en las residencias. Necesitamos una nueva visión, un nuevo paradigma que permita a la sociedad cuidar de los ancianos”.

En 2050, uno de cada cinco será anciano

El documento destaca una situación llamativa, que “bajo el perfil estadístico-sociológico, los hombres y las mujeres tienen en general, hoy en día, una más larga esperanza de vida”. “Esta gran transformación demográfica representa, efectivamente, un gran desafío cultural, antropológico y económico”. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, – se lee en el documento – en 2050 en el mundo habrá dos mil millones de personas mayores de sesenta años, es decir, una de cada cinco será anciana. Así pues, “es esencial hacer que nuestras ciudades sean lugares inclusivos y acogedores para la vida de los ancianos y, en general, para la fragilidad en todas sus expresiones”.

El don de ser anciano

En nuestra sociedad suele prevalecer la idea de la vejez como una edad infeliz, comprendida solamente como la edad de los cuidados, de la necesidad y de los gastos para tratamientos médicos. Sin embrago, nada más alejado de la realidad: “Llegar a anciano es un don de Dios y un enorme recurso, un logro que hay que salvaguardar con cuidado”, dice el documento, “incluso cuando la enfermedad llega a discapacitar y surge la necesidad de una atención integrada y de alta calidad”. “Y es innegable que la pandemia ha reforzado en todos nosotros la conciencia de que la ‘riqueza de los años’ es un tesoro que debe ser valorado y protegido”.

Un nuevo modelo para los más frágiles

En cuanto a la asistencia, la Pontificia Academia para la Vida indica un nuevo modelo, sobre todo para los más frágiles, inspirado sobre todo en la persona: la aplicación de este principio implica una intervención organizada a diferentes niveles, que realiza una continua asistencia entre el propio hogar y algunos servicios externos, sin censuras traumáticas, no aptas a la fragilidad del envejecimiento, que “las residencias de ancianos deberían recalificarse en un continuum sociosanitario, es decir, ofrecer algunos de sus servicios directamente en los hogares de los ancianos: hospitalización a domicilio, atención a la persona individualmente con respuestas de atención moduladas en función de las necesidades personales a baja o alta intensidad, donde la atención sociosanitaria integrada y la domiciliación sigan siendo el eje de un nuevo y moderno paradigma”. Se espera reinventar una red más amplia de solidaridad “no exclusiva y necesariamente basada en lazos de sangre, sino articulada según la pertenencia, la amistad, el sentimiento común, la generosidad recíproca para responder a las necesidades de los demás”.

Los jóvenes y los ancianos

El documento evoca un “encuentro” entre los jóvenes y los ancianos que puede aportar al tejido social “esa nueva linfa de humanismo que haría que la sociedad estuviese más unida”. En varias ocasiones el Papa Francisco ha instado a los jóvenes a ayudar a sus abuelos. El documento recuerda que “el hombre que envejece no se acerca al final, sino al misterio de la eternidad” y, para comprenderlo, “necesita acercarse a Dios y vivir en relación con Él”. De ahí que sea una “tarea de caridad en la Iglesia” el “cuidar la espiritualidad de los ancianos, su necesidad de intimidad con Cristo y de compartir su fe”. El documento deja claro que “Es solamente gracias a los ancianos que los jóvenes pueden redescubrir sus raíces, y sólo gracias a los jóvenes que los ancianos recuperan la capacidad de soñar”.

El valioso testimonio de la fragilidad

La fragilidad de los ancianos también puede ser un valioso testimonio: “Se puede leer como un “magisterio”, una enseñanza de vida”, señala el documento, y aclara que “la vejez también debe ser entendida en este horizonte espiritual: es la edad particularmente propicia al abandono en Dios”: “a medida que el cuerpo se debilita, la vitalidad psíquica, la memoria y la mente disminuyen, la dependencia de la persona humana a Dios se hace cada vez más evidente”.

El punto de inflexión cultural

Por último, hace un llamamiento para que “toda la sociedad civil, la Iglesia y las diversas tradiciones religiosas, el mundo de la cultura, de la escuela, del voluntariado, de las artes escénicas, de la economía y de las comunicaciones sociales deben sentir la responsabilidad de sugerir y apoyar -en el marco de esta revolución copernicana-nuevas e incisivas medidas que permitan acompañar y cuidar a los ancianos en contextos familiares, en sus propias casas y, en todo caso, en entornos domésticos que se asemejen más a los hogares que a los hospitales. Este es un cambio cultural que debe ser implementado”.

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