Vaticano

El Papa anima a la Iglesia en Grecia a “renovar la confianza en Dios”

El apóstol san Pablo estaba “arrinconado” en el Areópago ateniense, pero “no se dejó vencer por el desánimo, no renunció a la misión”. Francisco alentó ayer a la Iglesia en Grecia a “una serena confianza en Dios”. En paralelo, buscó “la comunión” con el arzobispo ortodoxo Ieronymos II.

Rafael Miner·5 de diciembre de 2021·Tiempo de lectura: 5 minutos
papa lesbos
El Papa recibe notas de los refugiados de Mitilene ©CNS photo/Paul Haring

La visita de cortesía a Su Beatitud Ieronymos II, arzobispo de Atenas y de toda Grecia, en el arzobispado Ortodoxo griego, y el encuentro posterior en el Salón del Trono del mismo arzobispado, ha sido un acto importante de su visita a Grecia, lo primero en orden cronológico. También lo ha sido el encuentro en la catedral de San Dionisio con la comunidad católica: obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y catequistas, A todos les animó a mantener la confianza en Dios, como san Pablo. Enseguida se lo contamos, mientras el Papa visita Lesbos.

En la sede ortodoxa, ante el arzobispo Ieronymos II, el Papa Francisco volvió a señalar, como hizo en Chipre, que “como católicos, acabamos de comenzar un itinerario para profundizar la sinodalidad y sentimos que tenemos que aprender mucho de ustedes; lo deseamos con sinceridad. Es verdad que, cuando los hermanos en la fe se acercan, se derrama en los corazones el consuelo del Espíritu”.

En su discurso, el Santo Padre explicó el motivo de su visita, y pidió perdón. “Rezando ante los trofeos de la Iglesia de Roma, que son las tumbas de los apóstoles y de los mártires, me he sentido impulsado a venir aquí como peregrino, con gran respeto y humildad, para renovar esa comunión apostólica y alimentar la caridad fraterna”, señaló.

Poco después, recordó que “hace cinco años nos encontramos en Lesbos, en la emergencia de uno de los dramas más grandes de nuestro tiempo, el de tantos hermanos y hermanas migrantes que no pueden ser dejados en la indiferencia y vistos sólo como una carga que hay que gestionar o, todavía peor, que hay que delegar a otro”. Y “ahora volvemos a encontrarnos para compartir la alegría de la fraternidad y mirar al Mediterráneo que nos rodea no sólo como un lugar que preocupa y divide, sino también como un mar que nos une”.

Sin embargo, tras evocar “las raíces apostólicas comunes que compartimos”, añadió que “después hemos crecido alejados: nos han contaminado venenos mortales, la cizaña de la sospecha aumentó la distancia y dejamos de cultivar la comunión.  Con vergüenza —lo reconozco por la Iglesia católica— acciones y decisiones que tienen poco o nada que ver con Jesús y con el Evangelio, basadas más bien en la sed de ganancias y de poder, han hecho marchitar la comunión”.

“Súplica de perdón” a los ortodoxos

“De este modo hemos dejado que la fecundidad estuviera amenazada por las divisiones. La historia tiene su peso y hoy aquí siento la necesidad de renovar la súplica de perdón a Dios y a los hermanos por los errores que han cometido tantos católicos”, manifestó el Papa, para subrayar también que “es un gran consuelo la certeza de saber que nuestras raíces son apostólicas y que, no obstante las distorsiones del tiempo, la planta de Dios crece y da frutos en el mismo Espíritu. Y es una gracia que reconozcamos los unos los frutos de los otros y que juntos agradezcamos al Señor por ello”.

“Rezo para que el Espíritu de caridad venza nuestras resistencias y nos haga constructores de comunión, porque ‘si el amor logra expulsar completamente al temor y éste, transformado, se convierte en amor, entonces veremos que la unidad es una consecuencia de la salvación’, expresó Francisco, citando a San Gregorio de Nisa en su homilía 15, sobre el Cantar de los Cantares.

Por otra parte, se preguntó: “¿Cómo podemos dar testimonio al mundo de la concordia del Evangelio si nosotros cristianos todavía estamos separados? ¿Cómo podemos anunciar el amor de Cristo que reúne a las gentes, si no estamos unidos entre nosotros? Muchos pasos se han realizado para encontrarnos. Invoquemos al Espíritu de comunión para que nos impulse en sus caminos y nos ayude a fundar la comunión no en base a cálculos, estrategias y conveniencias, sino sobre el único modelo al que hemos de mirar: la Santísima Trinidad”.

Dionisio, el areopagita

En su encuentro en la catedral ateniense de san Dionisio con la comunidad católica, el Papa fue recibido en la entrada principal por el arzobispo de Atenas, Theodoros Kontidis, S.I., y por el párroco que le entregó la cruz y el agua bendita. Después del canto de entrada, Mons. Sevastianos Rossolatos, arzobispo emérito de Atenas y presidente de la Conferencia Episcopal de Grecia, dirigió un saludo al Santo Padre. Tras los testimonios de una religiosa del Verbo Encarnado y de un laico, el Papa Francisco pronunció su discurso, centrado en la figura del apóstol san Pablo, con una referencia histórica a la figura de san Dionisio, titular de la catedral.

“Aquí en tierra griega”, manifestó el Papa Francisco, “san Pablo manifestó su serena confianza en Dios y eso hizo que acogiera a los areopagitas que sospechaban de él. Con estas dos actitudes anunció a ese Dios que era desconocido para sus interlocutores, y llegó a presentarles el rostro de un Dios que en Cristo Jesús sembró el germen de la resurrección, el derecho universal a la esperanza”.

“Cuando Pablo anunció esta buena noticia, la mayor parte lo ridiculizó y se fue. Sin embargo, ‘algunos hombres se unieron a él y abrazaron la fe, entre ellos Dionisio, el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más’, prosiguió el Santo Padre citando la Sagrada Escritura.

“La mayoría se fue, un pequeño resto se unió a Pablo, entre ellos Dionisio, titular de esta Catedral. Era una pequeña porción, pero es así como Dios teje los hilos de la historia, desde entonces hasta hoy. Les deseo de corazón que prosigan la obra en su histórico taller de la fe, y que lo hagan con estos dos ingredientes: la confianza y la acogida, para saborear el Evangelio como experiencia de alegría y fraternidad”.

“San Pablo fue arrinconado”

Las circunstancias de la misión de san Pablo en Grecia “también son importantes para nosotros: el Apóstol fue arrinconado”, señaló Francisco. “Un poco antes, en Tesalónica, había sido obstaculizado en su predicación y, a causa de los tumultos suscitados en el pueblo, que lo acusaba de procurar desórdenes, tuvo que escapar durante la noche. Ahora, en Atenas, fue tomado por un charlatán y, como un huésped no deseado, lo condujeron al Areópago. Por lo tanto, no estaba viviendo un momento triunfante, sino que estaba llevando adelante la misión en condiciones difíciles”.

El Papa introdujo entonces un mensaje central de su discurso. “Quizá en muchos momentos de nuestro camino, también nosotros percibimos el cansancio y a veces la frustración de ser una comunidad pequeña o una Iglesia con poca fuerza que se mueve en un contexto no siempre favorable. Mediten la historia de Pablo en Atenas: estaba solo, superado en número y tenía escasas posibilidades de éxito, pero no se dejó vencer por el desánimo, no renunció a la misión ni se dejó atrapar por la tentación de lamentarse”.

“Esta es la actitud del verdadero apóstol”, subrayó. “Seguir adelante con confianza, prefiriendo la inquietud de las situaciones inesperadas a la costumbre y a la repetición. Pablo tuvo esa valentía, ¿de dónde le nacía? De la confianza en Dios. Su valentía era la de la confianza, confianza en la grandeza de Dios, que ama obrar en nuestra debilidad. Queridos hermanos y hermanas, tenemos confianza, porque el ser Iglesia pequeña nos hace signo elocuente del Evangelio, del Dios anunciado por Jesús que elige a los pequeños y a los pobres, que cambia la historia con las proezas sencillas de los humildes”.

“El camino que abrió el Señor”

El Papa Francisco animó en ese momento a los representantes de la Iglesia católica en el país heleno: “Queridos amigos, quisiera decirles: bendigan la pequeñez y acójanla, los dispone a confiar en Dios y sólo en Él. Ser minoría —y en el mundo entero la Iglesia es minoritaria—, no quiere decir ser insignificantes, sino recorrer el camino que abrió el Señor, que es el de la pequeñez, el de la kénosis, el abajamiento y la condescendencia. Él descendió hasta llegar a esconderse en los pliegues de la humanidad y en las llagas de nuestra carne. Nos ha salvado, sirviéndonos. Él, en efecto —afirma Pablo—, ‘se despojó de sí mismo asumiendo la condición de esclavo’. Muchas veces tenemos la obsesión de querer aparecer, de llamar la atención, pero ‘el Reino de Dios no viene de manera que lo puedan detectar visiblemente’ (Lc 17,20).

“Ayudémonos a renovar esta confianza en la obra de Dios, a no perder el entusiasmo del servicio. ¡Ánimo y adelante!”, concluyó Su Santidad el Papa, quien tras el encuentro, hizo una breve parada en su automóvil para admirar la Acrópolis de Atenas, de la que había hablado nada más llegar a Grecia. El Santo Padre está hoy en Lesbos, con los migrantes.

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