Cultura

La Divina Comedia de Dante

A lo largo de los próximos meses publicaremos una serie de artículos de grandes obras de la literatura cristiana. Hoy comenzamos con el clásico de Dante, La divina comedia.

Gustavo Milano·6 de agosto de 2022·Tiempo de lectura: 12 minutos
@Tbel Abuseridze

Hablar elogiosamente sobre la Divina comedia, de Dante Alighieri, puede ser ya un cliché. Es difícil encontrar una lista, sea extensa o mínima, de mayores clásicos occidentales que no sugiera vivamente su lectura. Aquí no podré ser diferente en este aspecto, porque efectivamente es una obra prima desde muchos puntos de vista. Procedamos entonces a la presentación.

De modo general, es sabido que se trata de un largo poema “a la medieval”, quizás un poco indigerible, pero seguramente buenísimo (aunque tú mismo nunca lo hayas leído, ¿verdad?). La intención de este artículo es explicarte el contexto en que fue escrito y contarte brevemente algo de su contenido. Conforme vayas descubriendo cuán increíblemente valioso es el poema, a ver si consigues aguantarte y no empezar a leer la Divina de Dante cuanto antes.

Contexto histórico

Nos situamos en Florencia, una de las ciudades más prósperas de Europa, localizada entre Roma y Milán, en los siglos XIII-XIV. Políticamente, hay tres bandos: los güelfos blancos (donde militaba nuestro autor), que defendían la autonomía de Florencia; los güelfos negros, que apoyaban las aspiraciones políticas del Papa, que entonces gobernaba los llamados Estados Pontificios, unas tierras cercanas a Florencia; y los gibelinos, adeptos del feudalismo protegido por el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, con sede en la actual Alemania.

Varias veces en el poema Dante agrupa las dos facciones güelfas en un solo bando, y menciona simplemente los güelfos y los gibelinos, es decir, los pro-Italia y los pro-Alemania, aunque estos términos sean anacrónicos, pues en aquel siglo no existían esos países así como los conocemos hoy en día.

Dante

Luego, la persona del autor. Nacido en 1265 en una familia de comerciantes, a los nueve años vio por primera vez a una chica, Beatriz (en su lengua, Beatrice), y ese encuentro le marcó profundamente. Según Luka Brajnovic, “se puede identificar este personaje [Beatriz], casi con toda seguridad, con Bice, hija de Folco Portinari, casada con Simone de Bardi, muerta en 1290”, por tanto, a los 25 años, ya que ella tenía la misma edad que Dante.

Esa muerte precoz de la amada parece haber sido el detonante para el inicio de la vida literaria de Dante Alighieri, una vez que pocos años después (1295) publicará Vida nueva, su primer libro. Pero, diferentemente de las fantasiosas musas que inspiraban a los poetas griegos, lo que Dante nutre por ella va mucho más allá de una mera iluminación poética. Llegó a prometer decir de Beatriz “lo que nunca fue dicho de ninguna mujer”, tamaño fue el encanto y la veneración que le tributó. Y ya no la podrá olvidar por toda su vida, pues cumplirá su promesa precisamente en la Divina comedia, concluida en 1321, el mismo año de su muerte.

Foto: escultura de Dante. ©Marcus Ganahl

Beatriz

Nuestro autor amó a Beatriz de modo idealizado y platónico, de manera que esa pasión no le impidió casarse, en 1283, es decir con dieciocho años de edad y por tanto cuando Beatriz aún vivía, con Gemma di Manetto, una mujer de la aristocracia burguesa de la casa Donati (de los güelfos negros). Tuvieron cuatro hijos: Jacobo, Pietro, Antonia (luego monja, con el significativo nombre de Beatriz) y Giovanni. Pero una pregunta se hace aquí forzosa. ¿Por qué Dante no se casó con Beatriz, si la amaba desde los nueve años? De un lado, cuando lees la Divina comedia, notas una Beatriz que corrige a Dante, que le exige, le reprende, apenas le sonríe, lo que quizás indique que no haya correspondido a su amor entonces.

De otro lado, es posible que, aunque hubieran querido casarse, no hayan podido hacerlo, dado que, en aquella época y localidad, no era raro que el cónyuge fuera elegido por los padres, y no por uno mismo (tanto en el caso de la mujer como en el del hombre). A lo mejor a los dieciocho años Dante ya no nutría esperanzas de poder casarse con Beatriz, así que accedió a casarse con Gemma.

Matrimonio

Un pequeño inciso – poco frecuente en textos de este tipo – vale la pena hacer aquí. ¿Fue el matrimonio de Dante con Gemma una cosa falsa y fingida, puesto que no la amaba, sino a Beatriz? Volvamos al inicio del párrafo anterior. Beatriz era real, pero sin duda fue idealizada, como los buenos poetas saben hacer con sus musas. Tengamos en cuenta que Dante empieza a componer la Divina comedia a los 39 años de edad (1304), más de dos décadas después de haber encontrado a Beatriz por última vez (1283). Ahora dime tú, ¿qué recuerdos tienes de algo fuerte que hayas vivido hace 21 años? ¿Y hace 30 años (Dante se encontró por primera vez con Beatriz en 1274)? Pues, seguramente tienes muchos recuerdos de ello (si tienes edad para ello), pero debes reconocer que todo este tiempo va poco a poco cambiando las impresiones reales y convirtiéndolas cada vez más en subjetivas y afectivas, más que en imparciales y desapasionadas.

Además, Dante y Beatriz nunca habían sido novios ni nada por el estilo. Por ello, es posible suponer que a lo mejor mucho del amor que él tenía por su esposa Gemma haya sido poéticamente encauzado hacia la figura de Beatriz, a fin de centralizar todo en una única figura femenina. Me parece imposible afirmar que un matrimonio fiel por toda la vida y además con cuatro hijos no se haya mantenido así a causa de un verdadero amor. Sucede que a menudo un amor real y, por así decirlo, “realizado” aparentemente goza de menos atractivo emocional para un poema épico. En este sentido, Gemma puede haber sido una segunda “beatriz” de Dante, una fuente de inspiración real para lo que él narró en la Divina comedia.

Exilio

Si el choque por la prematura muerte de aquella bella señora puede haberle causado todo ese enamoramiento retroactivamente en su memoria, ese no fue el único factor para haberla escogido como figura clave de esa epopeya de ultratumba. Sabemos que en 1302 Dante tuvo que exiliarse de Florencia. Había ido a Roma como embajador de su ciudad, y, mientras se encontraba fuera, los güelfos negros tomaron el poder, y ya no le dejaron volver.

Primero se fue a Verona, más al norte de la península itálica, luego a distintas ciudades cercanas, hasta acabar en Rávena, donde murió. El inicio de la escritura de la Divina comedia, en 1304, se sitúa por tanto ya en el exilio, fuera de Florencia. El no poder volver a su amada tierra natal le desgarró el corazón, como con la temprana muerte de Beatriz.

Así pues, se nota en Dante un corazón noble y nostálgico: ama, pero lo que ama siempre le es quitado definitivamente; ama, y sigue fiel a ese amor pase lo que pase. En este sentido, la ciudad de Florencia le es como una nueva musa inspiradora, una tercera “beatriz”, distante de la cual se inspira a poner por obra quizás la más excelsa obra literaria occidental. Por eso el libro mezclará con tanta cercanía su amor patrio (a Florencia), su amor humano (a Beatriz) y su amor divino (a Dios).

Foto: Catedral de Florencia. ©David Tapia

El título

Por fin hemos llegado al libro en cuestión. Lo siento por la larga introducción; es que la veía necesaria. Entonces, ¿por qué “divina” y por qué “comedia”? Dante la había titulado simplemente “Comedia”, no porque suscitara risas al ser leída, sino porque, en oposición a las tragedias, el trayecto narrativo iba del infierno al paraíso, es decir, terminaba bien, tenía un final feliz.

Da la impresión de que todo el largo poema había agotado la creatividad de Dante y ya no le quedaba ninguna para el título de la obra, así que puso solo eso. Pero Giovanni Boccaccio (1313-1375), al comentar la obra en la iglesia de Santo Stefano di Badia, de Florencia, por algún motivo la calificó de “divina”, y así quedó para la posteridad. Así de sencillo: “Divina comedia”.

Las partes de la obra

Tras la portada, vayamos al meollo. El libro se divide en tres cánticos denominados infierno, purgatorio y paraíso, es decir, los novísimos, según la doctrina de la Iglesia. La primera tiene 34 cantos (1 introductorio y 33 de cuerpo) y las otras dos 33 cada una, totalizando 100 cantos. La simbología de los números indica la relación con la Santísima Trinidad: un solo Dios y tres personas divinas. Literariamente, se incluye en la tradición del llamado Dolce stil nuovo (Dulce estilo nuevo), con acentos en la sinceridad, la intimidad, la nobleza y el amor cortés. Como explicó en De vulgari eloquentia (1305), Dante veía también en el idioma vulgar (que es algo parecido a lo que hoy llamamos “italiano”) “un instrumento para hacer cultura y producir belleza, y no solo para ser utilizada para los intercambios comerciales”. Por eso prefirió escribir su poema en la lengua que él hablaba: una mezcla de italiano con latín, resumiendo. 

Si un cierto pragmatismo se asoma en esa elección, todo lo contrario se nota en la temática de los cantos. Ahí encontramos temas literarios, políticos, científicos, eclesiásticos, filosóficos, teológicos, espirituales y amorosos. Como estamos en el siglo siguiente al del inicio de las primeras universidades europeas, cuyo objetivo era alcanzar la profunda unidad y universalidad del saber (de ahí la palabra “universitas”, del latín), él intenta abarcarlo todo en su obra. Mirando hacia los dos siglos siguientes, servirá de preparación para el humanismo y el Renacimiento, cuyo centro no se dio sino en la misma península itálica.

El verso

Cuando empiezas a leerlo, te das cuenta de que todos los versos tienen más o menos el mismo tamaño. Son endecabílabos, lo que significa que tienen once sílabas poéticas, cuando la última sílaba no es acentuada (cuando sí lo es, el verso tiene solo diez sílabas, para conservar la musicalidad del verso; si lo lees en voz alta medio cantando lo percibirás). A su vez, las estrofas están encadenadas del modo que se vino a llamar terzina dantesca, o sea, el final del primer verso rima con el final del tercero, y el segundo rima con el cuarto y el sexto, y el quinto con el séptimo y el noveno… en fin, es un poco difícil de explicar sin dibujar, pero el esquema es este: ABA BCB CDC y así sucesivamente.

Si quieres entenderlo en detalle es mucho más fácil que lo busques en internet. Te vas a sorprender aún más con el ingenio que hace falta para seguir rigurosamente este esquema durante los más de 14 mil versos que componen la Divina comedia.

Sobre la forma ya basta, vayamos ahora al contenido. El viaje dantesco por el “otro mundo” dura una semana (de 7 a 13 de abril de 1300) y es en primera persona. Se nota este rasgo biográfico ya en el primer verso: “Nel mezzo del camin di nostra vita” (En el medio del camino de nuestra vida), o sea, se pone en marcha cuando tenía 35 años. Al inicio se encuentra en un callejón sin salida, rodeado por tres bestias y es rescatado por Virgilio, su poeta favorito, que le propone guiarlo a través de los reinos de ultratumba.

Infierno

Empiezan por el infierno, en cuyo dintel se recomienda: “Lasciate ogni speranza o voi ch’entrate” (Dejad toda esperanza, vosotros que entráis). Este no es el sitio para tener esperanza de nada bueno, sino un hondo precipicio que llega hasta el centro de la Tierra, donde está preso el mismo Lucifer. Este precipicio surgió con la caída de Lucifer desde el cielo, tan tremenda que generó un enorme agujero, un vacío, una nada, como aludiendo al mismo mal, que no es criatura de Dios, no tiene esencia, es solamente la privación del bien, como el frío no es nada sino la privación del calor, o como la oscuridad no es nada sino la privación de la luz. De hecho, Lucifer se encuentra ahí en un sitio oscuro y congelado (sí, en medio del hielo, aunque el fuego estuviera en otras partes del infierno). Él ha elegido ser nada, en vez de ser fiel al Bien, y por eso padece indeciblemente, él y los que le siguieron, ángeles y humanos.

Todo el infierno, como luego el purgatorio y el paraíso, están ordenados por zonas, como la mentalidad escolástica en boga prescribía (échale un vistazo al índice de la Suma teológica, de santo Tomás de Aquino, para tener un barrunto de hasta qué extremos puede llegar la virtud del orden). El infierno tiene forma de embudo y se divide en nueve círculos, cada vez más abajo hasta llegar al luciferino, divididos por grupos de pecadores según niveles de gravedad del pecado.

Pecados

El nivel más bajo es el de la traición, el pecado más grave según el autor, por eso en la boca de Lucifer están Judas Iscariote (el que traicionó a Jesús), Bruto y Casio (los que traicionaron a Julio César). En el canto XIV, verso 51, dice un condenado: “Qual io fui vivo, tal son morto” (Cual yo fui vivo, tal soy muerto), o sea, el réprobo permanece siendo el mismo después de su muerte, de modo que las penas del infierno tienen directa relación con sus pecados en la Tierra. Las consecuencias indican sus causas.

Por ejemplo, los que en la Tierra fueron esclavos de su estómago (golosos) ahora se encuentran continuamente con la boca en el fango inmundo. Ahí encontrarás a políticos, a eclesiásticos (incluso a Papas), a nobles, a comerciantes; a todo tipo de gente. En medio a eso, Dante se aflige enormemente y va preguntando a Virgilio lo que no entiende. Se siente pesado en el infierno, sufre con el sufrimiento ajeno. Quiere salir de ahí.

Purgatorio

Tras llegar a Lucifer, ambos se meten por un pasaje y salen al otro lado del globo terrestre (sí, ellos sabían que la tierra era esférica, aunque todavía pensaran que era el centro del universo), y ahí divisan la montaña del purgatorio. La espantosa caída de Lucifer al otro lado del planeta había desplazado la masa de tierra, generando, en el lado opuesto, una montaña. En la Biblia, la montaña es el sitio del diálogo con Dios, de la oración, asequible a la capacidad humana, a pesar de requerir esfuerzo y causar fatiga. Ahí están los que agridulcemente sufren purificándose de sus imperfecciones mientras esperan el cielo tarde o temprano, ya con esperanza. Siete terrazas dividen el purgatorio, de acuerdo con los siete pecados capitales, pero ahora el orden es el inverso: al inicio de la montaña encuentran los pecados más graves, que están más lejos del cielo.

A diferencia del infierno y del paraíso, en el purgatorio no se encuentran ángeles, sino solo hombres. Las marcas que los pecados dejaron en esas personas están inscritas en sus frentes, ya no se pueden ocultar a nadie, y poco a poco son borradas a medida que avanzan en su purgación.

Cielo

En la cumbre de la montaña dan con el paraíso terrenal, donde estuvieron Adán y Eva y desde el cual Dante accede al paraíso celestial. Y ahí Virgilio se ve impedido de seguir guiándole a Dante. Como poeta pagano, no es apto para ascender a los cielos, simplemente no puede. Sin embargo, a esta altura del trayecto, su discípulo ya se encuentra suficientemente compungido y enmendado como para cruzar el umbral del paraíso.

En el canto XXX del purgatorio Dante ve una mujer coronada de ramos de olivo y vestida con los colores de las tres virtudes teologales: la fe (el velo blanco que cubre su rostro), la esperanza (el manto verde) y la caridad (el vestido rojo). Dante no la distingue a primera vista, y cuando va a preguntar a Virgilio quién es esta dama, se da cuenta de que Virgilio ha desaparecido, ya no está con él. Dante llora, mientras tanto Beatriz viene hacia él, le llama por el nombre y le reprocha por su mala vida hasta entonces. Es su última conversión hasta pisar el reino de los justos.

De la mano de Beatriz, cuyo nombre significa “la que hace beato, feliz”, nuestro protagonista se adentra en el paraíso. El recorrido ahora ya no se hará a fuerza de pasos, con cansancio. Lo natural del hombre se queda corto, y tiene que acudir a lo sobrenatural, a la fuerza divina, para poder volar por las nueve esferas celestes que le quedan para llegar a contemplar a Dios. Ahí ya no padece con lo que ve, oye o siente. Todo es gozo, caridad, fraternidad. Los bienaventurados reciben bien a Dante y a su guía, son cordiales, ligeros de peso, rápidos de movimiento.

Los santos

En cierto momento, encuentran a santo Tomás de Aquino, quien, siendo dominico, elogia a san Francisco de Asís delante del franciscano san Buenaventura de Bagnoregio, quien, a su vez, enseguida retribuye elogiando a santo Domingo de Guzmán delante del dominico aquinate. Entre otros santos, Dante encuentra en el paraíso a su tatarabuelo Cacciaguida, que había muerto en Tierra Santa en 1147 durante una batalla cruzada. En el canto XXIV, Beatriz invita a san Pedro a que examine la fe de Dante. Echando mano de rigurosos razonamientos e distinciones escolásticas, nuestro “turista de ultratumba” dice que la fe es el principio sobre el cual se apoya la esperanza en la vida futura, y la premisa de la cual debemos partir para explicar lo que no vemos. El príncipe de los apóstoles le aprueba efusivamente y siguen adelante. Luego será examinado en la esperanza por Santiago el Mayor, y en el amor por san Juan. 

Despedida

Superadas las nueve esferas celestes, Dante tiene que enfrentarse con otra despedida. Beatriz ya no puede seguir guiándole en el empíreo, donde está propiamente la rosa de los bienaventurados, el anfiteatro más elevado donde están la santísima Virgen María y los santos más elevados.

En el canto XXXI del paraíso san Bernardo de Claraval asume la ultimísima guía de Dante, ya a las puertas de la contemplación del Eterno. Es en el último canto de la obra, el XXXIII, donde leemos: “Vergine Maria, figlia del tuo figlio” (Virgen María, hija de tu hijo), y así empieza una de las más bellas alabanzas a la Madre de Dios. Al mirar directamente a la luz divina, en ella encuentra todo por lo cual esperaba, todo aquello que le satisface. En esa luz distingue los contornos de una figura humana, y no encuentra palabras para describir a Dios. Lo único que consigue decir es que ahora su voluntad está movida por “l’amore che move il sole e l’altre stelle” (el amor que mueve el sol y las demás estrellas).

Contemplación

Así concluye la Divina comedia: con una contemplación inefable de la esencia divina en forma de luz. Por el arte y la razón, representados en Virgilio, Dante se dio cuenta de sus errores; por el amor humano, representado en Beatriz, se preparó para estar en la presencia directa de Dios; y por la amistad con los santos, representados en san Bernardo de Claraval, pudo alcanzar la bienaventuranza sin fin. En el infierno la fe de Dante es confirmada, al comprobar la veracidad de tantas cosas en las cuales creía; en el purgatorio comparte la esperanza de los lugareños por el cielo; por fin en el paraíso puede unirse amorosamente al Creador y a sus santas criaturas. Durante el pasaje por el infierno y el purgatorio las demás criaturas le afectaban interiormente solo a través de los sentidos, pues él no llegaba verdaderamente a comulgar con su entorno. Pero, una vez en el paraíso, los ángeles y hombres que va encontrando están dispuestos a ayudarle, y por eso Dante se abre y acoge esos dones. Todos ganan, porque hay una fuente inagotable de bienes, que es el mismo Bien.

Dante supo maravillosamente captar y transmitir lo verdadero, lo bello y lo bueno de la realidad, a pesar de todas las dificultades que enfrentó en su vida. La temprana muerte de Beatriz y el exilio definitivo de Florencia podrían haberle dejado un rasgo trágico impreso en el carácter. Sin embargo, con la fuerza de su fe, él aprendió que lo trágico de la vida – cuando lo hay – es solo el primer capítulo. Todavía quedan los siguientes. No hay que desesperarse. Espera, sigue el camino de la belleza con paciencia, abrázate a tus verdaderos amores. Serás ayudado, tendrás que arrepentirte muchas veces, pero, con la gracia de Dios, pronto llegarás adonde te han conducido tus propias acciones.

El autorGustavo Milano
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