Cultura

Zena Hitz. Los placeres de la vida intelectual

En la sociedad consumista norteamericana ha llamado la atención este fascinante libro en defensa de la vida intelectual, porque aspira a restaurar el genuino sentido del aprendizaje y del estudio. Merece la pena su pronta traducción al castellano. 

Jaime Nubiola·21 de noviembre de 2021·Tiempo de lectura: 4 minutos
La Santísima Virgen leyendo: detalle de la Adoración del Cordero Místico, de Hubert y Jan van Eyck.

Publicado en el año 2020 por Princeton University Press, el libro Lost in Thought: The Hidden Pleasures of an Intellectual Life [“Perdidos en el pensamiento: los placeres escondidos de la vida intelectual”] de la profesora norteamericana Zena Hitz atrapa desde su primera página. 

El prólogo (pp. 1-24) lleva como subtítulo Cómo lavar platos restauró mi vida intelectual y en esas páginas narra su infancia, llena de libros y de naturaleza, sus estudios académicos, su trabajo como profesora de filosofía antigua hasta que a los 38 años de edad ingresó en una remota comunidad religiosa, llamada Madonna House, al este de los bosques de Ontario (Canadá), y cómo desde allí decidió regresar al college de su juventud para enseñar a los clásicos.

Recorrido

En ese prólogo recorre sus estudios en St. John’s y después en tres diferentes universidades hasta conseguir un puesto estable de trabajo en una universidad del sur de los Estados Unidos, focalizada por completo en el fútbol americano. Allí comienza a trabajar como voluntaria en hospicios, centros de refugiados y programas de enseñar a leer: “Este servicio persona a persona fue como un lento goteo de agua sobre una esponja seca” (p. 13). Por entonces, Zena Hitz decide que debe tener una religión ya que había crecido sin ninguna, a pesar de pertenecer a una familia judía. Las diversas iglesias a las que se asomó no le gustaron, pero un domingo asistió a misa en la parroquia católica local y todo cambió. Fue bautizada en la liturgia de Pascua del 2006.

Poco después se trasladó a otra universidad en Baltimore y allí le impactó mucho el sufrimiento de los pobres y necesitados, que tanto contrastaba con la superficialidad de la vida académica en una universidad de élite norteamericana. Daba clases sobre Platón, Aristóteles y ética contemporánea a grandes grupos de estudiantes y recibía un salario confortable y excelentes beneficios, pero ese tipo de vida le parecía muy pobre: “La enseñanza que constituía la actividad central de mi vida profesional no se parecía en nada a la búsqueda viva y colaborativa de ideas que me había encantado como estudiante” (p. 17). La organización académica hacía casi imposible un efectivo diálogo y la comunicación entre profesores y alumnos. Ante esa crisis, Zena Hitz buscó ayuda para el discernimiento de su vocación y decidió entrar en Madonna House. Pasó tres años en la comunidad canadiense, dedicada a la vida contemplativa y a las tareas manuales del monasterio, entre ellas, la de lavar platos.

Esta presentación biográfica ayuda a entender la fuerza del libro. “Tal como descubrí” -escribe Hitz (p. 22)- “aprender es una profesión; […] comienza escondiéndose: en los pensamientos íntimos de niños y adultos, en la vida tranquila de los ratones de biblioteca, en las miradas secretas al cielo matutino camino del trabajo o en el estudio casual de los pájaros desde una tumbona. La vida oculta del aprendizaje es su núcleo, lo que importa de él. La actividad intelectual nutre una vida interior, ese núcleo humano que es un refugio del sufrimiento tanto como un recurso para la reflexión en sí misma. Hay otras vías para alimentar la vida interior: tocar música, ayudar a los débiles y vulnerables, dedicar tiempo a la naturaleza o a la oración, pero el estudio es crucial”.

Como anuncia el editor del libro en la contraportada: Lost in Thought es un recordatorio apasionado y oportuno de que una vida rica es una vida rica en pensamientos. Aunque las humanidades a menudo se defienden solo por su utilidad económica o política, Hitz sostiene que nuestras vidas intelectuales son valiosas no a pesar de su inutilidad práctica, sino precisamente a causa de ella”.

Vida intelectual

La tesis central del libro me ha cautivado porque invita a repensar el papel de las universidades y las enseñanzas humanísticas en nuestra sociedad: “La buena enseñanza casi ha desaparecido de nuestros campus universitarios, sobreviviendo solo gracias a personas resistentes, dedicadas y con principios, que realizan un hermoso trabajo sin reconocimiento ni una recompensa adecuada” (p. 199). “Tengo la esperanza de que nuestras instituciones que apoyan la actividad intelectual recuperen su propósito original. Debemos reconectar y recordarnos lo importante que es lo que hacemos, para que no se pierda este modo de ser particularmente humano, sus alegrías y dolores, sus modos de excelencia y sus lazos únicos de comunión” (p. 200).

Por poner un ejemplo gráfico, frente a la imagen un tanto ampulosa de la Escuela de Atenas en las estancias de Rafael hacia la que los aspirantes a intelectual solemos mirar, Hitz defiende “una imagen mucho menos conocida de la vida intelectual, aunque mucho más antigua y más común en el arte europeo, en la que aparece una muchacha a la que le encantaba leer” (p. 60). 

Hitz se está refiriendo a la Virgen María y en su hermosa descripción recorre algunos de los más maravillosos cuadros de esta tradición artística: desde el retablo de Van Eyck en Gante en el que María aparece coronada y con joyas como reina, mirando un código en sus manos, hasta la escena de la Anunciación en los cuadros de Filippo Lippi, Fra Angelico o Matthias Grunewald, en los que la joven María espera la visita del ángel leyendo un libro, quizás incluso aquel pasaje del profeta Isaías en el que se dice que una virgen concebirá un niño (Is. 7, 14). Según la tradición cristiana, María estaba versada en las escrituras hebreas; había estudiado la ley y meditado los profetas. María conocía la vida intelectual, disfrutaba de vitalidad interior.


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