Iniciativas

Marifé, Inés y Pilar. El amor de lo escondido

La liturgia es el espacio donde Dios se hace especialmente presente. Muchas almas entregadas logran meter el amor en lo escondido para rodear de cariño la llegada de Cristo a la tierra.

Arsenio Fernández de Mesa·12 de julio de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
Marifé, Inés y Pilar

Cuidemos sólo lo que se ve, porque lo otro nadie lo valorará. En una sociedad que tantas veces vive de cara a la galería parece una proeza la entrega en lo escondido para darle gloria a Él. Prueba de ello es que las muchedumbres de fieles que se acercan a la Misa dominical aprecian ante todo las flores hermosas, el coro que canta con armonía, una buena predicación o la clara dicción de los lectores. Pero sólo el sacerdote y quizá los acólitos se dan cuenta de la limpieza de los ornamentos con que se revisten, la blancura de purificadores y corporales, la pureza de los manteles. No es manía, es cariño. No es obsesión, es amor. El Papa Francisco lo expresaba así: “la belleza de lo litúrgico no es puro adorno y gusto por los trapos sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado”. Algo grande sucede y hay que recibirlo con grandeza de alma. Grandeza que tiene que ver con cuidar cosas que poquísima gente y a veces nadie valorará. 

Marifé, Inés y Pilar son tres de las muchas señoras que en tantas parroquias dedican su tiempo y sus energías, con enorme generosidad, para que la liturgia tenga la dignidad que merece. “Poca gente elogia nuestro trabajo y eso es maravilloso, porque nos hace conscientes de que nuestro esfuerzo es sólo para la gloria de Dios”, afirma Marifé, que se dedica también a regar cada día todas las plantas de la parroquia para que se conserven bien. “Lo normal es que después de una Misa se alaben las canciones bonitas que han sonado o la preciosa homilía del cura, pero nunca suele decirse que los manteles estaban impolutos”, apunta Inés, que junto con Pilar se encarga de lavar y planchar casullas, albas, manteles y demás ornamentos. “Nuestra ilusión es que Dios vea que en esta parroquia le queremos mucho”, afirman las tres. 

Una vez a la semana Marifé se dedica a limpiar con mimo y cuidado los vasos sagrados: patenas, cálices, vinajeras, el lavabo, la custodia. “Me hace sentirme como una amiga íntima de Cristo, porque estoy tocando objetos en los que Él se va a hacer presente y eso me lleva a menudo a la oración”. Un sentimiento que no sólo experimenta cuando realiza su callada labor sino sobre todo en la celebración de la Misa: “es precioso sentir durante el momento de la Consagración, por ejemplo, algo que nadie puede apreciar en la iglesia de la misma forma: Jesús vuelve a bajar a la tierra en el sacrificio del altar y ahí, muy cerquita, está nuestro trabajo cariñoso y escondido para recibirle como se merece y que esté a gusto”, cuenta emocionada. A veces algunos feligreses les muestran compasión por lo mucho que trabajan: “tratamos de hacerles entender que esto no es lo mismo que limpiar nuestra casa o lavar la ropa sino una tarea que nos parece infinitamente más importante, divina”, explica Pilar. 

Esta costumbre de cuidar las cosas pequeñas por amor a Dios les ha ido educando: “tenemos ya un sexto sentido especial, porque cuando vamos a Misa a otros sitios por alguna primera comunión o un funeral nos damos cuenta cuándo se cuidan las cosas y cuándo no y eso nos revela si allí hay amor de Dios en lo concreto o ese amor está un poco abandonado”, señala Inés. 

Estas tres mujeres entregadas a Dios y a la Iglesia también han comprobado cómo pasar tanto tiempo juntas en la parroquia les ha hecho crecer en amistad. “Los sábados después de la labor y otros días entre semana vamos a un bar cerca de la parroquia a tomar algo: cada día se suma más gente al plan y eso nos hace estrechar lazos de amistad con otros feligreses”, cuenta Pilar. Resumen su día a día en la alegría por servir en lo escondido y así estar muy cerca de Dios.

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