España

Acogida y natalidad, dos retos culturales

Omnes·5 de febrero de 2018·Tiempo de lectura: 3 minutos

La hipótesis de conectar la despoblación rural con los inmigrantes requiere una breve reflexión. La natalidad persiste en mínimos históricos.

—texto Rafael Miner

España afronta en la segunda década del siglo XXI dos temores que constituyen retos culturales de primer orden: el miedo al otro, al extranjero de modo especial, y el rechazo a tener hijos. Podrían sintetizarse en uno solo: una cierta mentalidad de rechazo a la acogida de nuevos seres humanos. Naturalmente, estos temores afectan al conjunto del mundo occidental, con ligeras excepciones.

En la actitud de reserva a inmigrantes, en especial de países islámicos, ha influido como es obvio el yihadismo internacional. Pero otro componente preventivo es una cierta xenofobia ante quienes romperían el estatus de un razonable Estado del bienestar en materia de sanidad, educación y subsidios públicos.

Esta actitud comienza a serenarse en España, tras unos años de fuerte rechazo, según el estudio Percepción social de las migraciones en España, publicado por la Fundación de las Cajas de Ahoros. Los continuos mensajes del Papa Francisco y de toda la Iglesia van calando poco a poco. La familia, por lo demás, se ha constituido estos años como la red social por antonomasia, para ayudar tanto a hijos o nietos en paro como a personas de otras nacionalidades, que han comenzado a prestar servicios a los que los nacionales no llegan, entre otros motivos porque no hay nuevas generaciones con brazos disponibles. Habría que dar las gracias a tantos inmigrantes que desempeñan empleos no siempre bien retribuidos. Porque el déficit de natalidad en España se acentúa.

El año pasado, el número medio de hijos por mujer fue en España de 1,33 (el reemplazo generacional está en el 2,1), y la edad media de maternidad también alcanzó su máximo histórico: 32 años.

Argumentos

Naturalmente, existen varios factores que explican esta tendencia. Suele hablarse de crisis, desempleo, dificultades económicas, salarios bajos, etc. Son hechos objetivos, aunque no está probada una relación directa entre renta per cápita de un país y natalidad. Más bien al contrario. Existen numerosos países del llamado tercer mundo cuya natalidad es bastante superior a las naciones desarrolladas.

Además, existen también razones culturales, y aun morales, que conforman la mentalidad antinatalista. El Papa Francisco se viene refiriendo desde hace tiempo a la fecundidad del amor: “Los cónyuges, a la que vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre” (Amoris Laetitia, n. 165). Añade: “Cada nueva vida nos permite descubrir la dimensión más gratuita del amor, que jamás deja de sorprendernos. Es la belleza de ser amados antes: los hijos son amados antes de que lleguen” (AL, n. 165). El drama del aborto, más de 94.000 en 2015, es un síntoma más de esta cultura antinatalista.

¿Una sociedad sin niños?

Las consecuencias de cegar la natalidad son importantes, tanto en la esfera familiar, como en la social y económica. Alejandro Macarrón, director de Renacimiento Demográfico, lo ha subrayado estos días: “Si seguimos con tan baja natalidad, España desaparecería. Lo pongo en condicional porque falta tiempo, pero es pura matemática. No es opinable. Otra cosa es que reaccionemos. La extinción tardaría siglos, pero antes viviríamos en una sociedad sin niños, descompensada”.

La despoblación tiene sin duda componentes económicos. De momento, parece que ha habido cierto conformismo en que la inmigración mantenga la demografía.

Como ha sucedido ya en algunos países europeos, por ejemplo Alemania e Italia, el gobierno español conoce los datos y quiere fomentar la natalidad, por lo que aprobó en febrero una campaña publicitaria en medios de comunicación.

Algunas organizaciones, como el Foro Español de la Familia, han señalado que “es una buena iniciativa porque ayuda a crear una cultura favorable a la maternidad, pero no debe ser la única. Hay que pedir al gobierno que dé el paso siguiente: proporcionar más ayudas a las familias”.

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