Según el informe publicado este año por el World Population Review, el promedio de edad para casarse ha aumentado a niveles escalofriantes. España lidera el ranking con 38,8 años, y el siguiente país en la lista es Chile, con 37,8. ¿Qué está pasando? Mientras unos pocos se casan jóvenes para iniciar la loca aventura familiar, miles de jóvenes prefieren mirar al suelo y postergar la decisión. ¿Por qué? En esta columna quiero fijarme en el factor económico-lúdico. En algunos casos las parejas solo están ahorrando para seguir la moda de organizar una fiesta millonaria.
De acuerdo con un reportaje de El Mercurio (8-11-2025), en Chile, un matrimonio de alto estándar que contrata banquetera para unos 300-400 invitados, calefacción, luces, fotógrafo, pista de baile, DJ, cabina de fotografías instantáneas, entre otros detalles que populariza Instagram, puede llegar a costar unos ¡60 millones de pesos! (56.000 €).
La organización empieza casi un año antes: largas listas de invitados, precios desorbitados por cada comensal, abundancia de alcohol. Poco a poco, la cuenta corriente se va desangrando. “Yo tengo cuatro hijas pequeñas… ¡cuatro! —me decía un amigo—. Cuando quieran casarse, espero que esta moda haya cambiado para que no me arruinen”.
¿Es razonable que la fiesta de matrimonio se haya convertido en un evento tan exigente? La unión entre familias siempre ha sido un motivo de alegría. No solo para esos clanes, sino para toda la ciudad. Es una celebración del amor y la fecundidad. Los novios se prometen fidelidad y respeto para todos los días de su vida. Quienes eran adolescentes se instalan en la vida, maduran, y aspiran a patrocinar el bien más importante de la Nación: los hijos. El modo de canalizar este desborde de dicha es compartiéndola. De ahí que las familias organicen una comida, para hacer partícipes a los demás de su contento.
Sin embargo, un sinfín de parejas han perdido el foco. Y el problema no es solo el gasto desproporcionado, sino también ¡la abundancia de tiempo que derrochan en la organización! El afán de gastar provoca que las pocas personas que se casan enfrenten el estrés de incorporar a sus agendas prácticamente un segundo trabajo. Además de la jornada laboral diurna como profesores o ejecutivos en alguna parte, asumen una jornada vespertina como productores del evento.
¡Pinchemos la burbuja de la opulencia! ¡Volvamos a la antigua sencillez! Cuando la fiesta se ha convertido en una barrera de entrada para el matrimonio, significa que ha llegado el momento de detenerse y reflexionar: ¿qué significa casarse?
Abogado de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Licenciado en Teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma) y Doctor en Teología de la Universidad de Navarra (España).



