Fue el poeta y crítico José Luis Cano quien confió en que la publicación de las Poesías completas (1959) de Vicente Gaos consolidaría por fin el lugar que merecía dentro del canon de la poesía española del siglo XX. Sin embargo, el tiempo no confirmó aquella expectativa. Pese a su profundidad y su indiscutible valor literario, su obra sigue incluso al margen de las lecturas habituales entre los aficionados a la poesía.
Religiosidad y sensibilidad propia
De raíz profundamente religiosa -el propio Gaos así lo manifestó: “Me considero poeta religioso y buena parte de mi poesía es poesía religiosa”-, su producción se inscribe, como la de tantos autores de la primera posguerra, en un contexto en que España se reconocía oficialmente católica. No obstante, aunque compartía ese marco, su voz se distingue de la retórica dominante, articulando una religiosidad interiorizada, agónica y, en ocasiones, desgarradora.
Desde Árcangel de mi noche (1943) hasta su poemario póstumo Última Thule, desarrolló una poesía de notable aliento vital. Y aunque la crítica ha subrayado con razón su maestría sonetil, ese virtuosismo formal nunca se redujo a un mero ejercicio técnico, sino que fue el instrumento preciso con el que indagó la inquietud metafísica, la búsqueda de sentido y la ambivalencia de una fe que, lejos de ser tranquilizadora, se configura como un combate interior.
Presencias activas y conflicto moral
No es extraño, pues, que la crítica haya señalado la influencia de Miguel de Unamuno, por lo menos en sus primeras obras. La afinidad es evidente: ambos comparten la tensión entre la sed de eternidad y la certeza de la muerte, así como una inclinación a la duda y al cuestionamiento radical, filiación que, sin embargo, sólo explica una parte del entramado espiritual del poeta.
Lo que verdaderamente lo define es la confrontación constante del mal y la tentación, presentados no como abstracciones, sino como presencias personificadas que irrumpen en la conciencia del sujeto poético. Figuras como Luzbel poseen voz, gesto y capacidad de acción; irrumpen como un “otro” que amenaza, seduce o hiere, transformando el conflicto íntimo en un escenario de tensión permanente.
En este imaginario, dos sonetos resultan especialmente relevantes: Sima y cima y Mi demonio. En el primero, el yo poético reconoce su hundimiento en la impureza -figurada en un abismo demoníaco- al tiempo que conserva una aspiración a la luz. En el segundo, domina un tono confesional: el personaje poemático evoca la tentación y la amenaza de esclavitud espiritual antes de subrayar la misericordia divina que lo reintegra al “ordenado cielo”.
Con todo, la obra poética de Vicente Gaos no se limita a esta problemática moral. Integra también una reflexión persistente sobre la Muerte y la Nada, concebidas como un horizonte de aniquilación absoluta. Así ocurre en el poema Nadie responde, donde se expresa la perplejidad de quien busca la luz en un cielo inaccesible y donde el silencio se convierte en símbolo de soledad existencial.
Más estremecedor es, si cabe, el poema La Nada, en el que clama: ¡Oh, sálvame, Señor, dame la muerte, / no me amenaces más con otra vida (…) /…Oh Dios, dame tu Nada, / anégame en tu noche más sombría / en tu noche sin luz, desestrellada.”, fragmento este en el que se revela la dimensión extrema de su rebeldía: la súplica de una aniquilación total que, paradójicamente, dirige al propio Dios como destinatario último.
El poema Fe de errores
Dentro de ese universo lírico, uno de sus textos más reveladores es, a mi juicio, el soneto Fe de errores. En catorce versos, Gaos dibuja un trayecto que conduce de la duda a la reconciliación, y en el que recuerda haber sentido “hambre, sed y frío” sin comprender que, incluso entonces, era sostenido por la mano de Dios. Esa paradoja -la falsa sensación de abandono que, en realidad, prepara el acceso a la gracia- es el núcleo del poema.
Su arquitectura refuerza ese proceso: primero, la percepción errónea de distancia; después, la irrupción de Cristo mostrando las llagas, como al apóstol Tomás, signo de una fe que nace desde la incredulidad; y, por último, la acción de gracias, donde la relación con Dios se transforma y el Señor se vuelve Amigo. Así, el texto despliega un itinerario completo que resume la poética del autor: tensión entre duda y fe, sufrimiento y esperanza, caída y redención. De ahí que Fe de errores pueda leerse con justicia como una síntesis del mundo lírico de Vicente Gaos.
Por eso no resulta difícil volver a la afirmación con la que José Luis Cano abría sus esperanzas en 1959. Si el tiempo no ha confirmado -al menos en términos de popularidad o presencia canónica- aquel reconocimiento que él consideraba justo, sí puede decirse que la lectura atenta de poemas como éste demuestra la vigencia profunda de su intuición.
Tal vez hoy, más que nunca, se hace evidente que Cano no se equivocaba: Vicente Gaos continúa esperando el lugar que su obra -por densidad, intensidad y pureza expresiva- reclama en la poesía española del siglo XX. Esa hondura y contradicción que atraviesan su escritura permiten situarlo, indudablemente, entre las voces más vivas y desapacibles de su generación -una generación “desarraigada” que, a pesar de todo, nunca perdió su ansia de trascendencia- y explican, al mismo tiempo, por qué su figura sigue interpelando al lector contemporáneo con una fuerza que el paso del tiempo no ha logrado atenuar.
Fe de errores – De Un montón de sombras (1972)
Cuando te imaginaba más cercano,
qué lejos de Ti estaba, Señor mío.
Cuando sentía hambre y sed y frío
y distancia de Ti, Tú de tu mano
me tenías, Señor. Ese es tu arcano
misterio. Y yo, mi pensamiento impío,
no creía ni en mí. ¿Libre albedrío?
¡Ensueño de una noche de verano!
Mas de pronto surgiste Tú, solemne,
mostrándome las llagas, como hiciste
con Tomás el incrédulo, conmigo.
Y te di gracias por salvarme indemne
de tanta ceguedad en que me hundiste
para alzarme al final, Señor, mi Amigo.



