La reciente actuación de Andrea Bocelli en la apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno, me llevó a pensar en tres temas: la construcción de la memoria, la metáfora de los estados del agua y la función del arte como espejo y refugio en tiempos de emergencia emocional.
No puedo leerla de forma aislada, la percibo como un acorde iniciado en 2020, cuando Bocelli cantó en un Duomo di Milano vacío. Aquel Music for Hope fue un gesto de esperanza ante una humanidad confinada. Seis años después, el marco ha mutado de una crisis biológica a una de valores y a una incertidumbre geopolítica global.
La elección de Nessun Dorma, De G. Puccini, funciona como una declaración de principios. En 2020 el repertorio de Bocelli fue religioso y meditativo, mientras que en 2026 emerge la épica de la voluntad humana. El Vincerò suena a perseverancia frente a la adversidad y como afirmación del amor que vence la oscuridad.
En 2020, vimos a un Bocelli solo en un espacio inmenso, espejo de la soledad doméstica colectiva. La humanidad se retiró para sobrevivir. El arte actuó como un bálsamo sin aplausos. La sintonía de millones de pantallas compartieron una vulnerabilidad que quedaría en la memoria.
Seis años después, el tenor canta frente a miles de personas en un estadio, pasa del templo de piedra al del espectáculo. Sin embargo, la esencia es la misma, el arte vuelve a construir recuerdo y confirma que podemos volver a reunirnos.
Ese recuerdo no es solo espacial, también es temporal. Recordar, habitar el presente e imaginar el futuro adopta formas casi físicas y la metáfora del agua me ayuda a pensarlo.
El pasado es sólido. Los Juegos de Invierno, nieve y hielo, evocan estabilidad. Las figuras inspiradas en Antonio Canova, especialmente Amor y Psique, refuerzan la idea del mármol como memoria fijada. Son los recuerdos que conservamos para afianzar identidad. Como afirmaba Tales de Mileto, el agua es principio de todo, pero en sólido se vuelve arquitectura. Son nuestras esculturas interiores lo que permanece pese a las crisis.
El presente es líquido, se escapa entre los dedos. Es el flujo perpetuo que describió Heráclito, nunca nos bañamos dos veces en la misma agua. Su incertidumbre radica en su falta de forma fija, pero a la vez, el líquido nos permite fluir para atravesar la emergencia emocional sin quebrarnos.
El futuro es vapor. Difuso, posibilidad pura y a la vez inquietante. Caminamos en la niebla y apenas vemos unos pasos. Necesitamos referencias, puntos de densidad que eviten la dispersión.
Aquí el arte interviene como orientación. Bajo el lema de Armonía, la inauguración buscó unir ciudad y montaña, lo moderno y lo primitivo. En un tiempo donde la desinformación fractura el acceso a la verdad y erosiona la confianza, el arte adquiere una función ética, opera como herramienta de pensamiento crítico ayudando a distinguir entre persona y personaje.
En esta búsqueda de la verdad, la integración de ciencia y arte es el camino para reprogramar nuestro cerebro positivamente y recuperar el control emocional. La clave está en tratar el arte no como consumo, sino como un camino para encontrar la profundidad de la vida. El arte actúa como un espejo donde el espectador se mira y reconoce su propia capacidad de supervivencia. Para alcanzar esa profundidad es necesario detenerse en el mecanismo psicológico mediante el cual el arte transforma la incertidumbre en memoria útil, como construcción narrativa. Este papel orientador del arte no es abstracto, opera directamente sobre nuestra memoria. Cuando Bocelli canta en 2026, no estamos escuchando solo una canción; estamos activando una red neuronal que contiene el recuerdo de 2020. Esa superposición de imágenes, la soledad del Duomo sobre la multitud de San Siro, es lo que genera el significado de resiliencia.
En tiempos de guerras y persecuciones, esta función es crítica. El arte permite vivir la experiencia del otro con empatía y fortalece la propia fibra emocional. La emergencia emocional que vivimos se combate no con la evasión hedonista, sino con la confrontación a través de la belleza incómoda del arte que nos quita las máscaras.
Si el futuro es vapor, el arte propone que nosotros somos los que podemos darle dirección, condensarlo en sentido. Somos capaces de proyectar sobre esa bruma nuestras historias propias. Al final, quien trabaja es el alma o el espíritu, procesando la oscuridad para encontrar en ella una nueva forma de luz.
Peca Macher es arquitecta y curadora de arte, fundadora de Präsenz, un proyecto que integra arte, educación y liderazgo consciente a través de la pausa, la mirada y la escucha. Con más de 25 años de experiencia en gestión y reflexión cultural, escribe e investiga sobre memoria, experiencia estética y el arte como herramienta de transformación personal y social. Es autora del libro Präsenz. El arte como herramienta de transformación humana y educativa.



