En el corazón de la antigua ciudad de Séforis, a pocos kilómetros de Nazaret, la tradición cristiana sitúa desde hace siglos la casa de san Joaquín y santa Ana, padres de la Virgen María. Aunque no existen pruebas arqueológicas concluyentes que permitan identificar con certeza la vivienda original, la fuerza de la tradición —documentada al menos desde el siglo VI— ha configurado la historia y la disposición del lugar.
Ya en época bizantina, entre los siglos IV y V, habría existido una iglesia que conmemoraba este punto concreto, lo que indica una veneración muy temprana asociada a los orígenes de María.
A la luz de esta tradición se comprende mejor la actual disposición de las imponentes ruinas de la basílica cruzada. En el centro del ábside destaca una gran roca, a modo de cimiento expuesto actualmente al aire libre, que atrae inmediatamente la atención del visitante. Su ubicación central no es casual: todo apunta a que fue concebida para señalar y custodiar las reliquias de lo que se creía la casa de santa Ana.
La basílica cruzada
En el siglo XI, durante el período cruzado, se edificó sobre el lugar una imponente basílica dedicada a santa Ana. Sus dimensiones resultan llamativas para la época, especialmente porque no estaba consagrada directamente a Cristo o a la Virgen, sino a la madre de María, lo que subraya la importancia que la tradición atribuía a este enclave. Con el paso del tiempo, la iglesia fue destruida y cayó en el abandono, hasta llegar a ser utilizada incluso como establo.
A finales del siglo XIX, la Custodia Franciscana de Tierra Santa adquirió la propiedad con el objetivo de rescatarla, siguiendo una de sus misiones históricas más características: la recuperación y custodia de los lugares santos.
Las fotografías de comienzos del siglo XX muestran un edificio sin techo, con muros deteriorados y un entorno completamente descuidado.
Los franciscanos reconstruyeron los muros, repararon la cubierta y mantuvieron la presencia mediante frailes que acudían de forma intermitente, aunque nunca llegó a establecerse una comunidad estable, debido a la prioridad pastoral que tenían entonces santuarios cercanos como Nazaret y Caná. En 1973, ante la falta de personal, el lugar volvió a cerrarse durante casi tres décadas.
La llegada del Instituto del Verbo Encarnado
El 8 de mayo de 2006 marcó un punto de inflexión con la fundación en Séforis de una comunidad de monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado (IVE). Con el permiso de la Custodia de Tierra Santa —propietaria del lugar—, los monjes asumieron la misión de custodiar este enclave singular.
En aquel momento, tras treinta años de abandono, el estado del recinto era muy descuidado: vegetación desbordada, alrededor de ochenta olivos sin podar, fauna salvaje y restos cubiertos por la maleza hasta formar auténticos montículos.

Durante años, los primeros monjes se dedicaron casi exclusivamente a limpiar y recuperar el terreno. Separar los olivos de la hierba llevó cerca de ocho meses. Aquella etapa fundacional fue dura y silenciosa, pero decisiva. Poco a poco se adaptó el ala izquierda de la antigua basílica como capilla, se instaló un sagrario y, con ello, comenzó propiamente la misión. “En una misión, cuando se implanta un sagrario, empieza todo”, señala el padre Jason, un chileno superior de la comunidad que custodia el lugar actualmente. En mayo se cumplirán veinte años desde que la presencia eucarística volvió a Séforis.
A esta recuperación material y espiritual del lugar se sumó también la iniciativa de un sacerdote que, tras visitar Séforis y conocer la historia del santuario, promovió entre sus feligreses una colecta para embellecerlo. Gracias a esa ayuda se pudo realizar una escultura de santa Ana con la Virgen niña, que hoy preside la parte derecha de la fachada del monasterio.

Vida monástica en un entorno no cristiano
Hoy, la comunidad formada por tres monjes del IVE, los únicos cristianos del entorno inmediato. El monasterio se encuentra en una zona mayoritariamente judía, lo que convierte su presencia en un testimonio discreto pero elocuente. Su vida se articula en torno a la oración, el silencio y el trabajo, con una hora diaria de conversación comunitaria y el resto del tiempo dedicado al recogimiento, salvo cuando llegan peregrinos o se producen encuentros con vecinos locales, con quienes se van tejiendo lazos de amistad.

Aunque la casa de santa Ana no figura entre los destinos más habituales de las peregrinaciones rápidas por Tierra Santa, el flujo de visitantes va en aumento. Sacerdotes y fieles encuentran aquí un espacio propicio para la celebración de la Eucaristía y el sacramento de la confesión, atendidos por los sacerdotes de la comunidad.

La vida del lugar late hoy en el recogimiento de sus monjes, quienes cada jornada se reúnen en oración frente al Santísimo. Desde la pequeña capilla que tienen a la izquierda de la fachada del santuario, su alabanza prolonga una tradición que otorga vida nueva al sitio donde la fe contempla los orígenes de la Virgen María.

La ayuda de santa Ana
La vida cotidiana en este lugar santo también está marcada por pequeñas historias que los monjes interpretan como signos de la providencia. Uno de ellos recuerda especialmente una víspera de la fiesta de santa Ana, el 26 de julio de 2021, celebrada cada año con una Misa solemne al atardecer, a pesar de que las temperaturas en esa época del año superan los 40 grados. Aquel año, por el covid, se encontraba solo y sin voluntarios para extender una gran lona que debe cubrir el exterior de la basílica, indispensable para proteger a los fieles del intenso calor del verano galileo.
Tras varios intentos fallidos de conseguir ayuda, confió la situación a la intercesión de santa Ana. Lo único que pudo hacer fue colocar la lona en un punto sobre lo alto del ábside de la antigua iglesia, pero no pudo desplegarla sobre el resto de puntos de apoyo.

Cuando se acercaba la hora de la celebración, un fuerte viento comenzó a soplar de manera inesperada, de forma que la lona se levantó en diversas ocasiones, mientras el monje aprovechaba cada ráfaga para asegurar uno a uno los puntos de apoyo. Para él, aquella experiencia fue vivida como una intervención providencial: una manera sencilla y silenciosa en la que, hasta el último momento, santa Ana “se ocupó de su propia fiesta”.

Si desea ayudar económicamente a los monjes, puede hacerlo por paypal aquí.
Para ponerse en contacto con los monjes y el lugar:
- Whats App: +972542268705 (solo mensajes)
- E-mail: mon.seforis@ive.org
Web: lacasadesantaana.vozcatolica.com




