Sagrada Escritura

“Y dio dones a los hombres” (Ef 4, 1-16)

San Pablo, en su carta a los Efesios, recuerda que la unidad es el fundamento de la Iglesia a la que se dirigen los diferentes dones de sus miembros.

Juan Luis Caballero·24 de octubre de 2022·Tiempo de lectura: 4 minutos
san pablo

En la primera parte de su Carta a los Efesios, Pablo ha hablado del misterio escondido desde los siglos y ahora revelado: la Iglesia, familia de Dios. Una de las señas de identidad de este cuerpo es la unidad (Ef 2, 11-22). Pero, como se dice en la segunda parte de la carta, esta unidad se da en la diversidad: el cuerpo eclesial tiene cabeza y miembros, y ha de edificarse y desarrollarse de una forma armónica hacia una plenitud. En este proceso vital, Cristo es la clave, pues él no solo es la cabeza que da unidad al cuerpo, sino que es el dador de los dones que le permiten desarrollarse en la diversidad. De este tipo de vida se habla a partir de Ef 4, siendo los vv. 1-16 el marco en el que se sitúan los principios e instrucciones sobre la vida diaria desarrollados del v. 17 en adelante.

Exhortación a la unidad y sus razones (Ef 4, 1-6)

En estos primeros versículos, la carta, retomando palabras e ideas de otros escritos paulinos (1 Co 12; Rm 12; Col 2-3), introduce toda la parte exhortativa, insistiendo en la unidad de los creyentes, recibida como una gracia (Ef 4, 1-3), y aportando una serie de razones por las que la unidad ha de vivirse y mantenerse (Ef 4, 4-6). Respecto a lo primero, tras la regla general (“que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados”, v. 1) se mencionan los medios concretos para vivir la llamada (vv. 2-3): humildad, amabilidad, comprensión, sobrellevarse con amor, guardar la unidad con el vínculo de la paz. Ciertamente, la unidad es un don recibido en la Cruz, pero es también un camino a recorrer en el día a día: se ha recibido y, al mismo tiempo, se ha de mantener y proteger, siendo agentes de paz y reconciliación.

Los vv. 4-6, ya de otro tono, están compuestos por tres series de aclamaciones, en las que hay una progresión. La primera expresa que la vocación es una llamada a vivir en un único cuerpo (la Iglesia), animado por un único Espíritu (santo) y que espera una única gloria (v. 4). La segunda habla del solo Señor que la ha constituido, de la única fe en él y del único bautismo (v. 5). La tercera, del único Dios y Padre de todos los seres creados, “que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos” (v. 6). La lógica de la progresión es esta: es a partir de la vida del cuerpo eclesial y en el vivir su fe en Cristo Señor como la Iglesia puede confesar a Dios como Padre de todos y que obra en todos. O, dicho de otro modo: es porque la Iglesia vive, como nueva humanidad, lo que ella es, gracias a lo que puede comprender y decir mejor cómo Dios es el creador.

Diversificación de los dones (Ef 4, 7-16)

Con el v. 7 se comienza a hablar del valor de la diversidad de los dones en aras de la unidad y del crecimiento de todo el cuerpo: “A cada uno de nosotros [todos los cristianos] se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo”

Después de este anuncio, el v. 8 introduce una cita de Sal 67 (68), 19, que servirá como esquema para el desarrollo de los vv. 9-16: “Por eso dice la Escritura: Subió a lo alto llevando cautivos y dio dones a los hombres”. Este versículo, interpretado en la tradición judía como referido a Moisés, el cual, habiendo subido al cielo, recibió las palabras de la Ley para darlas a los hombres, es adaptado cristológicamente por Pablo: Cristo ha sido exaltado (Ef 1, 20-22) (y ha llevado cautivos al cielo a los poderes que tenían cautivos a los hombres); ha dado dones (los ministerios y otras gracias); a los hombres. La insistencia es en el protagonismo de Cristo y en la diversidad en la Iglesia:

a) vv. 9-10. Cristo no ha subido al cielo como Moisés, sino que lo ha hecho tras haber muerto (y descendido al lugar de los muertos), definitivamente glorioso, lo que le va a permitir estar presente en todo lo creado (como el Padre en el v. 6), haciendo que la creación reciba su vocación plena y última, la esperanza de su propia glorificación. Cristo exaltado tiene el poder para hacer vivir y crecer a su Iglesia.

b) v. 11: “Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores”. Los dones que Cristo otorga a la Iglesia para su buen funcionamiento son precisamente los apóstoles, los profetas, los evangelistas, los pastores y los doctores, todos ellos en función del Evangelio: lo proclaman, lo interpretan, lo predican, lo enseñan. Cristo mismo da a la Iglesia las personas que le permiten entrar en el conocimiento del misterio y anunciarlo. No es la Iglesia la que se los da a sí misma.

c) vv. 12-16. En estos versículos se habla de la finalidad de los dones y de sus destinatarios (el conjunto de los creyentes) en dos etapas: crecimiento y plena estatura del cuerpo eclesial (vv. 12-13); para no errar ni ser engañados (v. 14) e ir todos a Cristo y, de Cristo, a la Iglesia (vv. 15-16).  Cristo ha dado sus dones para preparar a los santos para que lleven a cabo una obra de servicio que tiene como finalidad la edificación del cuerpo de Cristo. El fin de este desarrollo es una unidad que necesita de la fe y del conocimiento del misterio (la voluntad de Dios en Cristo) para poder caminar hacia el hombre perfecto (adulto, física y moralmente desarrollado, como opuesto a infantil, menor e inmaduro), siendo este hombre el cuerpo eclesial, que ha desarrollado armónicamente el conjunto de sus facultades. Los efectos de este crecimiento son la defensa frente a las doctrinas erróneas que tientan a los creyentes con sus falacias y con astucia que lleva al error y, gracias a la realización de la verdad en el amor, el crecimiento y la reunificación con la cabeza, Cristo, que es la que hace del cuerpo un todo armonioso y sólido, capaz de llevar a cabo su misión cara a la humanidad y al resto de la creación.

El autorJuan Luis Caballero

Profesor de Nuevo Testamento, Universidad de Navarra.

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