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Un cuento para celebrar a todos los santos

Nueva narración de Juan Ignacio Izquierdo para conmemorar a diversos santos el día de su fiesta.

Juan Ignacio Izquierdo Hübner·1 de noviembre de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos
todos los santos

Imagen: "Gloria de los santos", Corrado Giaquinto. ©Museo del Prado

La sonrisa de Dios

Para tener 6 años, Javier era bastante audaz. Una mañana de verano, después de los cereales, se puso pantalones cortos, una camiseta de Osasuna y salió de casa. “¡Voy y vuelvo!”, gritó para que su madre se enterara (ella levantó la cabeza de la revista y volvió a sentir ese toque de orgullo por la reciente iniciativa de su hijo de salir a jugar al fútbol). Pero el plan era distinto: después de un trote de 30 minutos, el niño llegó por fin a la tienda de la avenida Carlos III. 

—Hola, Javi. ¿Otra vez por aquí?

Magdalena, la vendedora, que tenía unos 20 años más que él, lo había recibido con la mirada en el móvil. El niño prefirió esperarla: se fijó en el pelo azabache que caía por ambos lados de su rostro; le gustó el color de su delantal, pues contrastaba con el moreno de su cara y de sus brazos. Consideró que sus ojos estaban grandes y hermosos, pero que perdían vida: para entonces los tenía cansados, severos, casi apagados; sobre todo porque la pintura no conseguía disimular del todo una mancha violácea que se extendía por debajo del ojo izquierdo; el niño la miraba justamente ahí, arrugando la nariz, cuando ella se dispuso a atenderlo.

—¿Vienes a comprar la chocolatina, cierto? —lo increpó mientras giraba hacia las estanterías para escoger una y aprovechaba el movimiento para cubrirse la mejilla con una cortina de pelo. Luego se apoyó en el mostrador y añadió con tono de reproche— Javito, en lugar de venir cada día hasta aquí… ¿no te compensaría pedir a tu madre un poco más de dinero para comprar una bolsica más grande? Porque tú vives algo lejos, ¿no?

—No…

—¿Vienes andando o tomas el autobús?

—Son solo un par de manzanas, una cosa de nada.

La chica cerró los ojos y suspiró.

—¡Bueno!, venga, son 20 céntimos —le informó sin muchas ganas, a la vez que recuperaba su semblante altivo—. ¿Mañana vienes otra vez?

—Creo que sí, y te diré por qué —alegó el niño con tono defensivo. Pero antes de terminar, estiró el brazo para darle la moneda y se demoró revisando el tesoro que recibió a cambio.

—¿Hmm? —Ella sintió el picor de la curiosidad y simuló que ordenaba la caja.

—Es que… —Tragó con dificultad, se guardó la chocolatina en el bolsillo, la miró a los ojos— Vengo porque me gusta verte. 

Los ojos de Magdalena brillaron.

—¡Javi! Ven aquí. ¡Déjame darte un beso! 

El niño rodeó el mesón para encontrarla, ella lo besó en la frente y lo dejó colorado. Javi no salía de su asombro y en cuanto volvió en sí, se sintió expuesto y emprendió la huida. Cruzó la puerta automática a pasos rápidos, pero con la creciente sonrisa de un torero que sale por la Puerta Grande. 

El niño se había alejado unos 10 metros, cuando, de pronto, necesitó volver. 

—Perdón —se excusó desde la entrada, con la chocolatina en la mano y el rostro acomplejado—. Se me olvidó una cosa: ¿Quieres la mitad?

Los ojos de Magdalena refulgieron.

—No, gracias. Es toda tuya.

—Ah, muy bien —replicó el niño visiblemente aliviado—. ¡Agur! —agregó ya de salida, con una sonrisa tan pura que Magdalena vio en ella una imagen de la sonrisa de Dios. 

La chica corrió a apoyarse en el costado de la puerta para mirar a Javi. “Ay, Javito”, suspiró mientras el niño se alejaba por la avenida Carlos III, caminando como un borrachín, como un borrachín simpático, a diferencia de él… “Vaya, ¿cómo no me di cuenta antes? ¡Es evidente! Pero solo caigo en la cuenta ahora, gracias a este pequeñín… De los que son como ellos —recordó— es el Reino de los Cielos” . Corrió al cuarto de baño, se sujetó el pelo para lavarse la cara y quitarse la pintura, acercó el rostro al espejo para revisar el estado del moratón y, entonces, decidida, llamó a su novio.

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El autorJuan Ignacio Izquierdo Hübner

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