En tiempos en que el papel de las emociones en la vivencia de la fe ocupa titulares de medios de información general y religiosa, hay experiencias que recuerdan que el cristianismo sigue transmitiéndose, ante todo, de persona a persona. La tarde-noche de este viernes fue una de ellas.
Durante casi cuatro horas, unas cuarenta y cinco personas se reunieron en la casa de Javier Huerta y Marta, su mujer. La convocatoria —sencilla y doméstica— consistía en compartir su testimonio de fe, ver un documental, escuchar música cristiana en directo, dialogar y cenar juntos. Nada espectacular desde fuera. Sin embargo, la experiencia tenía una intensidad poco frecuente: muchos de los presentes no eran creyentes o estaban alejados de la Iglesia.
Una conversión no buscada
La velada comenzó con el relato de la conversión de Javier y Marta. No fue una búsqueda planificada ni el resultado de un largo proceso previo. Según explicó Javier, todo comenzó de manera inesperada al escuchar la canción Huracán, de Hakuna. En ese momento —según su propio testimonio— tuvo la certeza interior de que Dios existía y de que le amaba.
Aquella intuición inicial desencadenó algo mucho más profundo que una emoción pasajera. Javier empezó a leer con una voracidad nada habitual en él. Se sumergió en textos clásicos de espiritualidad, de los grandes santos de la Iglesia, y en libros de ciencia: física, cosmología, biología. Lo que encontró en ese camino le sorprendió profundamente: cuanto más conocía las conclusiones de la ciencia contemporánea sobre el universo y la vida humana, más razonable le parecía la idea de un cosmos pensado y ordenado.
Fruto de ese proceso decidió invertir tiempo y recursos en un proyecto singular: la producción de un documental de unos cuarenta minutos que sintetiza argumentos científicos —cosmológicos y biológicos— que apuntan hacia la existencia de Dios. El enfoque recuerda a la corriente apologética que en los últimos años ha popularizado en España autores como José Carlos González-Hurtado o algunos ensayos internacionales sobre la relación entre Dios y la ciencia.
De la razón a la emoción
La velada alternó el visionado de ese documental con algunas canciones, cuya letra transmitía la cercanía y el amor de Dios, apelando directamente al corazón y a la experiencia de encuentro con Dios.
Pero el encuentro no se limitó a lo emocional. También tuvo lugar una intervención doctrinal de unos quince minutos, destinada a dar contenido intelectual a la fe y la experiencia de Dios que se proponía. Después llegaron las preguntas del público, una cena de picoteo con lo que llevaban los asistentes y, al final, tres canciones de alabanza de estilo más carismático.
La atmósfera resultó sorprendentemente acogedora para perfiles muy distintos: creyentes convencidos, personas alejadas de la Iglesia, católicos poco acostumbrados a expresiones musicales de fe o, por el contrario, entusiastas de ellas. Muchos participantes habían hecho Emaús y llevaban a sus amigos a una experiencia que pudiera abrirles a un encuentro con Cristo. El resultado, en lo humano, fue agradable e intelectualmente estimulante. En lo espiritual, para muchos, muy significativo.
Javier y Marta organizan estos encuentros aproximadamente cada mes. En poco más de un año han pasado por su casa más de ochocientas personas. El matrimonio habla con naturalidad de los frutos que han visto: amigos que vuelven a plantearse la fe, conversaciones inesperadas, caminos espirituales que comienzan a abrirse.
Su motivación es sencilla: ofrecer un espacio donde alguien que no cree pueda, al menos, considerar seriamente la posibilidad de que Dios exista.
La cuestión del emotivismo
Experiencias como esta adquieren una resonancia especial en el contexto actual. Hace dos semanas, los obispos españoles publicaron un documento en el que advertían sobre los riesgos del emotivismo en la vivencia religiosa: la posibilidad de que la fe quede reducida a sentimientos intensos sin suficiente fundamento doctrinal o sacramental.
El texto provocó un amplio debate en la prensa religiosa. Algunos medios interpretaron que la advertencia iba dirigida indirectamente a movimientos y experiencias recientes como Hakuna, Emaús o Effetá, muy centradas en el testimonio personal y la dimensión experiencial de la fe.
La Conferencia Episcopal negó explícitamente esa interpretación en la rueda de prensa de presentación del documento. Posteriormente, un mensaje en redes sociales de su oficina de prensa —que más tarde fue borrado— volvió a alimentar el debate.
El resultado ha sido una cierta ambigüedad. Cuando se advierte contra un fenómeno sin precisar a qué prácticas concretas se refiere, muchos pueden sentirse aludidos…, o ser señalados por otros.
Lo vivido en casa de Javier Huerta ayuda a matizar el debate. Allí hubo emoción, ciertamente: canciones, silencio, testimonios personales. Pero también hubo razón: un documental apologético basado en argumentos científicos, una explicación doctrinal, diálogo abierto.
En otras palabras, se trató de una experiencia que apelaba al corazón sin renunciar a la inteligencia. Tampoco pretendía ser un experiencia cristiana completa, pero es que no podía hacerse más en menos tiempo. No incluía sacramentos, ni experiencias caritativas, aunque se habló de ellos muy positivamente.
El mérito de abrir la puerta
Más allá de cualquier discusión teórica, hay un aspecto que merece ser subrayado: el gesto de hospitalidad evangelizadora.
Un matrimonio corriente que abre periódicamente su casa para recibir a decenas de personas —muchas de ellas alejadas de la fe— está asumiendo un esfuerzo considerable. Preparación, organización, tiempo, energía. Todo con un único objetivo: compartir lo que para ellos ha sido un descubrimiento decisivo.
Ese tipo de iniciativas recuerda algo esencial del cristianismo: durante siglos, la fe se transmitió en casas, en mesas compartidas y en conversaciones sencillas.
Un desafío pastoral
El debate sobre el emotivismo no es trivial. La Iglesia tiene la responsabilidad de cuidar que la fe no se reduzca a una experiencia emocional pasajera. Pero también necesita reconocer y acompañar los lugares donde la fe está despertando de nuevo.
Movimientos y encuentros que atraen a jóvenes y adultos alejados de la Iglesia están dando frutos evidentes: conversiones, reconciliaciones, vocaciones, comunidades vivas.
Como en cualquier realidad eclesial, siempre habrá aspectos mejorables. Pero, para que esa mejora sea posible, las orientaciones pastorales deben ser claras, concretas y expresadas con delicadeza. De lo contrario, se corre el riesgo de generar sospechas innecesarias o de debilitar la confianza de quienes, con gran generosidad, están intentando anunciar el Evangelio en contextos donde la fe parece haberse apagado.
Entre emoción y verdad
Quizá la lección más sencilla de aquella tarde sea esta: la fe cristiana no es solo una idea ni solo un sentimiento. Es, al mismo tiempo, una experiencia que toca el corazón y una verdad que busca la inteligencia.
Y a veces —como ocurre en el salón de una casa cualquiera— ambas cosas se encuentran en el lugar más sencillo de todos: una conversación sincera entre amigos que se preguntan, juntos, si Dios puede existir.
Redactor de Omnes. Anteriormente ha sido colaborador en diversos medios y profesor de Filosofía de Bachillerato durante 18 años.




