Vaticano

El Vaticano publica el esperado documento sobre IA y Transhumanismo

Frente a utopías de perfeccionamiento ilimitado o narrativas de sustitución de lo humano, la Iglesia propone conservar las tensiones constitutivas de la experiencia —cuerpo y espíritu, varón y mujer, individuo y comunidad, finitud e infinito— y su orientación a Cristo.

Javier García Herrería·4 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
inteligencia artificial

En los últimos meses se ha especulado ampliamente con que la primera encíclica del Papa podría abordar la inteligencia artificial. Quizá sea así. Pero, mientras tanto, el Vaticano —a través de la Comisión Teológica Internacional— ha puesto ya sobre la mesa un gran marco de reflexión con la publicación del documento Quo vadis, humanitas? Pensar la antropología cristiana ante algunos escenarios sobre el futuro de lo humano.

El texto, presentado como una lectura de la condición humana en un momento de “cambio de época”, parte de una constatación: el progreso tecnocientífico reaviva el asombro por las capacidades humanas, pero no elimina la fragilidad —la muerte, las enfermedades, las guerras, o la desigualdad—. 

Frente a las tentaciones de simplificar esa ambivalencia (tecnofilia ingenua o resignación pesimista), el documento reivindica una antropología cristiana que sostenga a la vez grandeza y límite, y coloque en el centro la dignidad humana como un don previo, no como una construcción adquirida.

Primeras valoraciones

Según Giovanni Tridente especialista en ética de la IA y autor de Anima Digitale, «el documento de la Comisión Teológica Internacional ofrece una importante contribución porque recuerda que la cuestión de la tecnología es ante todo una cuestión antropológica».

Según Tridente el punto fuerte del documento es cómo subraya que «la dignidad de la persona no puede reducirse a sus capacidades cognitivas o al rendimiento que la tecnología promete potenciar». En su lugar, el texto vaticano «propone utilizar la categoría cristiana de vocación, donde el hombre no es simplemente un proyecto que hay que optimizar o rediseñar tecnológicamente, sino una realidad recibida como don y llamada a desarrollarse en la relación con Dios, con los demás y con el mundo».

Discernir y distinguir

Inspirado por el 60º aniversario de Gaudium et spes (1965–2025), el documento propone un método de discernimiento: confrontar los nuevos horizontes culturales y tecnológicos con las exigencias permanentes de la condición humana, distinguiendo aportes compatibles con el Evangelio de los que lo contradicen. 

En esa línea, la Comisión organiza su análisis alrededor de cuatro categorías: desarrollo, vocación, identidad y condición dramática. La primera examina la noción de desarrollo —clave en el debate sobre el futuro— y advierte de la tensión entre mejorar la vida de los pueblos y el sueño de sustituir lo humano. 

La cuestión sobre la “vocación” subraya la importancia de ver la vida en sus aspectos relacionales y responsables. La tercera sitúa la cuestión de la “identidad” como un dimensión particularmente sensible en nuestro tiempo, debido a la posibilidad de intervenir técnicamente en la naturaleza humana. 

Y la cuarta subraya el carácter histórico, libre y expuesto a riesgos del camino por el que cada persona “llega a ser” quien es.

Transhumanismo

Uno de los focos más explícitos del documento es el diálogo crítico con el transhumanismo y el posthumanismo, corrientes que —según la Comisión— replantean de modo radical la relación entre cuerpo, técnica y destino humano. 

El transhumanismo aparece descrito como el proyecto de superar los límites biológicos (envejecimiento e incluso muerte) mediante ciencia y tecnología, con un optimismo antropocéntrico sobre el progreso. El posthumanismo, en su sentido estricto, cuestiona la existencia de una “forma humana” digna de ser custodiada y difumina el límite entre humano y máquina. 

En ambos casos, el documento sostiene que la solución a la tensión humana entre finitud e infinito no puede pasar por la supresión o sustitución de lo humano, sino por su integración y plenitud.

Ética y desarrollo tecnológico

La Comisión dedica un amplio espacio a las implicaciones antropológicas del desarrollo tecnológico reciente, especialmente en la comunicación digital, los datos, la inteligencia artificial, la biotecnología y la robótica. Subraya que la tecnología no opera solo como herramienta, sino como “ambiente” que reconfigura la vida social y la autocomprensión. 

Entre los riesgos, apunta a la opacidad de decisiones automatizadas en ámbitos sensibles (salud, justicia, finanzas o seguridad), la polarización y “tribalización” del debate público alimentada por redes sociales, la fragilidad particular de niños y jóvenes ante dinámicas de aislamiento, manipulación y violencia, y la tendencia a reducir el cuerpo a material disponible para ser modificado en busca de rendimiento, juventud o eliminación del dolor.

Consecuencias del “desarrollo” tecnológico

En paralelo, el documento sitúa estas transformaciones en cuatro relaciones fundamentales de la persona: con el ambiente, con los otros, consigo misma y con Dios. En el plano ecológico, alerta contra una lógica tecnocrática que relativiza los límites de la naturaleza y agrava desigualdades, especialmente en regiones más vulnerables. 

En la esfera social, describe el impacto de la hiperconexión y la ansiedad informativa, y reclama vigilancia ante la manipulación de datos y la concentración de poder. En el plano personal, advierte del debilitamiento del pensamiento crítico y de la tentación de concebir la conciencia como información transferible. 

En el religioso, reconoce oportunidades para la misión, pero alerta del riesgo de un “mercado” espiritual digital sin comunidad, e incluso de sustitutos tecnológicos del sentido último.

Soluciones

Como alternativa, el documento insiste en recuperar dimensiones que considera amenazadas por una idea reductiva de progreso: la historia (memoria, sentido del tiempo y esperanza), el espacio (hogar, ciudad, pueblo y mundo, frente a la despersonalización de los “no-lugares”) y la intersubjetividad (familia, pertenencia cultural y fraternidad). 

En ese marco, propone la vida como vocación: el ser humano no se entiende plenamente como proyecto auto-fundado, sino como alguien llamado a recibir la vida como don, a configurar su identidad con libertad responsable y a convertirse en don para los demás.

La conclusión del texto plantea una tesis de fondo: la humanidad no necesita un “salto evolutivo” que rebase su condición, sino una relación que la salve, la haga habitable y la eleve. 

Frente a utopías de perfeccionamiento ilimitado o narrativas de sustitución de lo humano, la Comisión propone una síntesis “integral” que conserve las tensiones constitutivas de la experiencia —cuerpo y espíritu, varón y mujer, individuo y comunidad, finitud e infinito— sin negarlas, y las oriente hacia una plenitud que, en clave cristiana, se realiza en Cristo.

El documento cierra con dos acentos pastorales: María como figura de una humanidad plenamente acogida y entregada, y los pobres como criterio ineludible de discernimiento. En un mundo donde el poder tecnológico tiende a concentrarse, el texto advierte que las consecuencias más graves recaerán primero sobre los últimos, por lo que llama a orientar cualquier desarrollo hacia la dignidad de todos, la justicia y el bien común.

Según el profesor Tridente «la reflexión teológica deberá seguir profundizando en la relación entre la antropología y las tecnologías emergentes, tratando de comprender con mayor precisión las dinámicas reales que están transformando nuestra forma de conocer, decidir y relacionarnos». Al fin y al cabo, «la cuestión no se refiere solo a lo que las máquinas pueden hacer, sino también a lo que estamos dispuestos a delegarles de nuestros procesos cognitivos. Solo así será posible ofrecer pistas de discernimiento capaces de acompañar verdaderamente al hombre en la era de la inteligencia artificial», concluye el experto italiano.

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