Evangelización

Hosenfeld, el oficial que salvó la vida al “pianista del gueto de Varsovia»

El filme de Roman Polanski "El pianista" (2002) dio a conocer a Wilm Hosenfeld, oficial de la Wehrmacht, en todo el mundo; pero Wladyslaw Szpilman no fue el único al que salvó la vida, sino también muchos otros polacos, judíos y católicos. Se cumplen ahora 70 años de la muerte de Wilm Hosenfeld, acaecida en agosto de 1952.

José M. García Pelegrín·26 de agosto de 2022·Tiempo de lectura: 7 minutos

Foto: Wilhelm Hosenfeld

Traducción del artículo al inglés

Wilm (Wilhelm) Hosenfeld nació el 2 de mayo de 1895 in Mackenzell, provincia de Hessen-Nassau, en el seno de una familia católica. Terminó sus estudios de magisterio una semana después de comenzar la Primera Guerra Mundial, en la que participó como soldado. Se licenció, tras sufrir una herida en una pierna, a comienzos de 1918.

En 1920 contrajo matrimonio con Annemarie Krummacher (1898–1972), que si bien procedía de una familia protestante, se convirtió al catolicismo antes de casarse. Tras varios puestos en diferentes escuelas, en 1927 fue nombrado director de la escuela primaria de Thalau. Allí se trasladó con su esposa y sus dos hijos Helmut y Anemone; los tres siguientes, Detlev, Jorinde y Uta, nacerían en esa población. En Thalau vivía la familia Hosenfeld cuando se produjo el ascenso al poder de Hitler, en 1933.

Atracción y diferencias con el nacionalsocialismo

Hosenfeld se vio inicialmente atraído por el nacionalsocialismo. Incluso ingresó en el partido nazi NSDAP en 1935, probablemente impresionado por la “Ley para la creación del Ejército” de marzo de 1935, con la que Hitler rompía el Tratado de Versalles. Es más: en dos ocasiones acudió a la Convención del Partido en Núremberg, en 1936 y 1938.

Sin embargo, con algunos aspectos de la doctrina nacionalsocialista, como la ideología de la raza, nunca se mostró conforme. No obstante, el primer claro conflicto con el régimen se le planteó en relación con la política juvenil: en su condición de padre y profesor, vio cómo el partido buscaba influir totalmente sobre la juventud; la obligatoria afiliación a las juventudes hitlerianas alejaba a los chicos de 10 a 18 años de sus padres y de la escuela. En particular, el principio de la “educación autónoma” (“la juventud es dirigida por la juventud”) se oponía a sus convicciones y a su experiencia. Otro aspecto que le decepcionó fue el carácter anti-cristiano del nazismo y su abierta hostilidad contra la Iglesia, pues participaba activamente en las actividades de su parroquia y mantenía contacto personal con el sacerdote.

Segunda Guerra Mundial

El estallido de la Segunda Guerra Mundial no pilló a Wilm Hosenfeld desprevenido, pues ya el 26 de agosto de 1939 fue llamado a filas, inicialmente con el grado de sargento con el que había terminado la Gran Guerra. En el mismo mes de septiembre, su batallón fue trasladado a Polonia, donde permanecería hasta que fue detenido el 17 de enero de 1945.

Su primer destino fue —tras la capitulación de la sorprendida Polonia el 27 de septiembre—, la organización de un campo de prisioneros en Piabanice, para unos diez mil soldados polacos. Ya en estos primeros momentos en tierras polacas, el todavía suboficial alemán dio muestras de humanidad y de interpretar con manga ancha sus órdenes militares: a pesar de estar prohibido, permitió que los familiares visitaran a los prisioneros. Hosenfeld no solo liberó a algunos de esos prisioneros, sino que con dos familias —Cieciora y Prut— llegaría a trabar amistad: Wilm viajó repetidamente, incluso acompañado por su mujer, a la casa de campo de la familia Cieciora; también la familia Prut le invitó en varias ocasiones a su casa durante la guerra.

Poco después, fue enviado a Varsovia como “oficial de deportes”; su labor consistía en organizar actividades deportivas para los soldados alemanes; pero además se ocupó de dar clases a los que no tenían estudios de bachillerato, invitando incluso a profesores de Alemania. También aprovechó la relativa libertad de la que gozaba para emplear a varios polacos, tanto cristianos como judíos, lo que les salvó la vida. Además hacía oídos sordos a la orden que prohibía “confraternizar” con la población polaca; además de visitar a familias polacas, asistía a Misa en parroquias polacas, incluso en uniforme.

Correspondencia con su esposa

De Wilm Hosenfeld se ha conservado una amplia correspondencia con su esposa, así como varios diarios, pues tuvo la clarividencia de entregarlos a su mujer cuando disfrutaba de vacaciones, o ella acudía a Varsovia. Se han editado, ocupando casi 1.200 páginas, en un libro que tiene como significativo título “Ich versuche, jeden zu retten” (“Intento salvar a todos”), una anotación en su diario en el breve tiempo en que presidió un Tribunal militar, que enjuiciaba a miembros de la resistencia polaca. En contra de lo que era habitual, Hosenfeld no dictó ni una sola sentencia de muerte.

En esos escritos destacan principalmente tres ideas: en primer lugar, el amor de Hosenfeld por su familia, palpable en cada carta: la preocupación por su mujer, por los hijos llamados a filas; pero también el dolor de no poder acompañar a los hijos sino de lejos. Un segundo aspecto es la práctica de la fe: “El domingo acudí pronto a la iglesia y me acerqué a comulgar. Estuve como unas dos horas en la iglesia, rezando entre otras cosas la letanía del santo Nombre de Jesús”, escribe por ejemplo el 3 de agosto de 1942. De su diario se desprende que acudía frecuentemente a confesarse y a rezar, lo que le daba fuerzas para superar la situación.

Separación del nazismo

El tercer aspecto se refiere a la liberación interior del nazismo. Fue un largo proceso, que se aprecia sobre todo en su correspondencia y en sus anotaciones de los años 1942/43, cuando comienza a conocer las crueldades nazis en Polonia y el holocausto judío. En una anotación del 14 de febrero de 1943 se lee: “Es incomprensible que hayamos podido cometer tales atrocidades a la indefensa población civil, a los judíos. Me pregunto: ¿Cómo es posible? Solo hay una explicación: las personas que podían hacerlo y que lo ordenaron, han perdido toda medida de responsabilidad ética. Son perversos, egoístas crasos y materialistas profundos.

Cuando, el verano pasado, sucedieron las horribles matanzas de judíos, de niños y mujeres, entonces lo supe con toda claridad: ahora vamos a perder la guerra, pues con eso había perdido todo sentido una lucha que se legitimaba con búsqueda de alimentos y de suelo. Degeneró en un genocidio sin medida e inhumano, en contra de la cultura, que nunca podrá justificarse ante el pueblo alemán y que será condenado por todo el pueblo alemán”. Ya en julio de 1942 se había referido —en el contexto de la deportación del gueto— a su “preocupación por el futuro de nuestro pueblo, que algún día tendrá que expiar todas esas atrocidades“.

La masacre del gueto

De julio de 1942 son las siguientes palabras: “Ha quedado aniquilado el último resto de la población judía del gueto (…) Todo el gueto es una ruina. ¡Y así queremos ganar la guerra! Son unos bestias. Con este horrible asesinato de los judíos hemos perdido la guerra. Hemos cargado sobre nosotros una infamia imborrable, una maldición indeleble. No merecemos ninguna gracia; todos somos culpables. Me avergüenzo de ir por esta ciudad; todo polaco tiene derecho a escupir delante de nosotros. Cada día matan a soldados alemanes; pero aún será peor y no tenemos derecho a quejarnos. No merecemos otra cosa.”

Más adelante se puede leer, en relación con el holocausto: “Apenas hay precedentes en la historia; quizá los hombres primitivos practicaran el canibalismo; pero que en pleno siglo XX se aniquile a un pueblo, a hombres, mujeres y niños nos carga tal horrible culpa de sangre que uno quisiera que la tierra se lo tragara (…) ¿Es cierto que el demonio ha tomado forma humana? Yo no dudo de ello”.

El problema del mal

Foto: Wilm Hosenfeld con uniforme del ejército.

La reacción de Hosenfeld fue no solo intentar “salvar a todos” cuantos pudiera, sino que también reflexiona sobre la responsabilidad moral por dichos actos, también la propia: “¡Qué cobardes somos, que precisamente nosotros, que queríamos ser mejores, permitamos que suceda todo esto. Por eso también seremos castigados y el castigo también llegará nuestros hijos inocentes; nosotros también somos culpables por permitir esas atrocidades” (13 de agosto de 1942).

Ante tales crímenes, Hosenfeld por supuesto que se plantea una “cuestión de la Teodicea”; a su primogénito Helmut escribe el 18 de agosto de 1942: “Creo firmemente en que la Providencia de Dios dirige el destino de la historia universal y de la vida de los pueblos. Los hombres y los pueblos están en su mano; los mantiene o los deja caer según su sabio plan, cuyo sentido no podemos comprender en esta vida. Por ejemplo, ¡lo que está sucediendo ahora con el pueblo judío! Quieren aniquilarlo y lo están haciendo.

Sale así a la luz la inmensidad de la maldad y el animalismo humanos. ¿Cuántos inocentes tienen que perecer? ¿Quién pregunta por el Derecho y la Justicia? ¿Tiene que suceder todo esto? ¿Por qué no, por qué no va a dejar Dios que afloren los bajos instintos de los hombres?: asesinaos, esforzaos, tenéis la mente y el talento para ambas cosas, para el odio y para el amor. Esto es lo que pensaría si mis criaturas se comportaran como alimañas. Lo que la sabiduría de Dios pretende para ellas, ¿quién lo sabe?“

Encuentro con «el pianista»

Poco antes de la entrada del Ejército Rojo en Varsovia es cuando se produce el encuentro con el pianista Wladyslaw Szpilman, que entonces contaba 33 años: Hosenfeld, ya capitán, le descubrió el 17 de noviembre de 1944 en una casa abandonada de la Aleja Niepodległości 223. El oficial alemán le ayudó a buscar un escondite en el edificio en que poco después se establecería la comandancia alemana, y le suministró alimentos que le ayudaron a sobrevivir los dos meses que mediaron hasta la conquista de Varsovia por la Unión Soviética en enero de 1945. Hosenfeld se despidió de Wladyslaw Szpilman el 12 de diciembre de 1944.

Más tarde, el pianista declararía que Hosenfeld fue “la única persona en uniforme alemán” que él conoció. Como muestra de gratitud al oficial alemán que le salvó la vida, sin que él —a pesar de todos sus esfuerzos— pudiera conseguir que fuera liberado de la cautividad soviética, Wladyslaw Szpilman quiso abrir el primer concierto que dio en la Radio de Varsovia después de la guerra con el mismo “Nocturno en C-menor” de Chopin, que tocó espontáneamente el 17 de noviembre de 1944 a Wilm Hosenfeld en aquella casa abandonada de la Aleja Niepodległości 223.

Intentos de liberación

Aunque Szpilman y muchas otras personas como Leon Warm-Warczynski y Antoni Cieciora solicitaron su liberación, estas peticiones no fructificaron. Hosenfeld fue trasladado a un campo especial para oficiales, en Minsk; más tarde pasó a Brobrujsk, donde el 27 de julio de 1947 sufrió un infarto cerebral, que le dejó paralizado el lado derecho y le dificultó el habla. Después de pasar unos meses en el lazareto de este campo, fue trasladado a comienzos de diciembre de 1947 a un hospital. Con otros 250 condenados, llegó a Stalingrado en agosto de 1950.

Por su mal estado de salud fue internado en el “Hospital especial 5771”. Aunque mejoró e incluso pudo abandonar el hospital, esa situación no duró mucho: el 20 de febrero de 1952 sufrió un nuevo ataque. Ya no volvería a salir del hospital; el 13 de agosto sufrió una ruptura de la aorta, que le causó la muerte en cuestión de pocos minutos, a la edad de 57 años. Wilm Hosenfeld fue enterrado en un cementerio cercano al hospital. 

Justo entre las naciones

El 16 de febrero de 2009, siguiendo una solicitud de Wladyslaw Szpilman de 1998 y después de varios años de esfuerzos por parte del hijo del “pianista”, Wilm Hosenfeld fue nombrado “justo entre las naciones” por el comité de Yad Vashem, el monumento memorial del holocausto en Jerusalén. Lo extraordinario de este honor queda patente en un comunicado oficial de este comité: “Muy pocos oficiales del ejército nazi reciben este reconocimiento, porque el ejército alemán está íntimamente relacionado con la ‘solución final’ de Adolf Hitler: el genocidio de 6 millones de judíos”. Wilm Hosenfeld es una de esas escasas personas que vistieron el uniforme alemán y que han sido reconocidas “justas entre las naciones”.

Tráiler de la película
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