Me muero por estar contigo

Hubo quien, con todo su sentido, murió por ti. Más aún, murió para estar contigo. Es la entrega de Cristo que se actualiza, enmedio de nosotros, en cada eucaristía. 

29 de mayo de 2022·Tiempo de lectura: 2 minutos
amor

Foto: Farrinni /Unsplash

Hace unos meses tuve la gran suerte de volver a Tierra Santa, con un grupo de periodistas de información religiosa gracias a Turismo Israel. En aquel viaje, mientras comíamos en Nazaret, nos vimos inmersos en una peculiar conversación sobre la clave de la Salvación: si radicaba en la Encarnación o en la Resurrección. La vedad es que no llegamos a ninguna conclusión, seguramente porque no éramos los mejores teólogos del mundo y, mucho más seguro, porque lo apretado de nuestra agenda la dejó a la mitad.

Desde entonces he pensado mucho en aquella conversación, quizás porque en realidad, Dios no se conforma con un solo punto de inflexión en su historia de amor con el hombre; quizás porque, cada vez más, me alucina el hecho de que Dios se hiciera de carne y hueso.

Dios hombre, pero de verdad, con venas, pelo, uñas y picaduras de mosquito… ¿Por qué? Quizás porque de otro modo, ¿nos hubiéramos creído que «esto de la salvación» es para ti y para mi?

Como decía Teruliano: «Caro salutis est cardo», «la carne es el quicio de la salvación» (De carnis resurrectione, 8, 3: pl 2, 806) y, comentando este pasaje, Benedicto XVI apunta que “Jesús comienza a ofrecerse a sí mismo por amor desde el primer instante de su existencia humana en el seno de la Virgen María”. Un punto de inflexión: Dios que se hace un tú cualquiera.

Sí, estamos condicionados (bendita condición) por la carne, por nuestros límites, por nuestra altura y nuestra anchura… física y espiritual.

Y, sin embargo, desde esta finitud, nuestras ansias de eternidad nos hacen capaces de decir al otro amado: “me muero por estar contigo”. Me muero… “entrego esta finitud hasta el paso de su eternidad”, “dejo de ser yo porque tú vales más que mi yo en soledad”.

Amar es decir al otro no sólo que vale la pena, sino que vale la vida.

Cuando Cristo se entrega, cuando entrega su vida –otro punto de inflexión–, su cuerpo, ¡su carne!, culmina esta entrega en la cruz. Allí se cierra la nueva alianza, la cuarta copa… la misma entrega de cada eucaristía.

Sí, hubo ­–hay–­ quien, con todo su sentido, murió por ti. Más aún, murió para estar contigo.  

El autorMaria José Atienza

Redactora Jefe en Omnes. Licenciada en Comunicación, con más de 15 años de experiencia en comunicación de la Iglesia. Ha colaborado en medios como COPE o RNE.

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