Descifrando la Navidad

Si se ve con su auténtico sentido, si somos sinceros cuando la celebramos, la Navidad, ese Dios hecho Niño, es motivo para estar alegres de verdad, no un día, sino muchos.

24 de diciembre de 2021·Tiempo de lectura: 11 minutos
cuento navidad

La mañana de Navidad amaneció algo fría, aunque soleada. Don Enrique se abrigó, como de costumbre, más de la cuenta para bajar a por el periódico y el pan del desayuno: camiseta interior, camisa de micropana, jersey de lana, abrigo de paño grueso, guantes y bufanda. Más que suficiente por muy invierno que sea, en la costa mediterránea. Cuando estaba ya a punto de salir de casa, la voz de Carmelina, su difunta esposa resonó en su interior:

–La gorra, Enrique. ¡Que por la cabeza se te va todo el calor del cuerpo!

A pesar de que no tenía frío y de que siempre regresaba a casa sudando, Don Enrique se encogió de hombros, regresó al perchero del que colgaba su gorra inglesa de cuadros grises, se la caló y cerró tras de sí la puerta.

Don Enrique enviudó el pasado verano. El dichoso coronavirus acabó con la vida de Carmelina, enferma del corazón, tras 43 años de feliz convivencia. Seguir obedeciendo sus consejos era una forma de seguir sintiéndola cerca, de honrar su memoria.

Como ella era muy friolera, Enrique continuaba poniendo la calefacción un grado más alto que lo que su cuerpo le pedía y no osaba poner pie en el suelo sin sus pantuflas de borreguito. Esta obligación le había acarreado más de un disgusto cuando, acuciado por sus problemas de próstata, en la oscuridad de la noche, las pantuflas desaparecían del habitual radio de acción. Hasta que no las encontraba con la punta de los dedos y se las calzaba, no se levantaba, por muy urgente que fuera la cosa.

La ausencia de su mujer le había afectado mucho al carácter. Solía ser una persona afable y atenta, pero, desde que ocurrió su desgracia, se había vuelto arisco y, a veces, hasta maleducado.

Por el camino hacia el quiosco donde cada mañana compraba su periódico, Don Enrique iba pensando en el tostón de la cena de anoche. Es verdad que estuvieron todos sus hijos y nietos, es verdad que la cena fue buena, pero él no tenía ganas de celebrar nada aquel año y los chistes de sus yernos le parecieron menos graciosos que ningún otro. Para colmo, la pequeña Aitana le vomitó en la chaqueta cuando su madre se la puso en brazos para hacer la foto con el abuelo y subirla a Facebook. ¡Ese olor a leche agria no se le iba de la pituitaria! Le quedaba el consuelo de que, pasada la Nochebuena, las fiestas navideñas van descendiendo en intensidad hasta que la gente parece recuperar la cordura a comienzos de enero.

–Hola Juan, buenos días.

–Buenos días, Don Enrique. ¡Feliz Navidad!

–Sí, sí, Feliz Navidad otra vez, ya me lo dijiste ayer. Venga, corta el rollo y dame el periódico.

–Pero qué periódico, Don Enrique, no le recordé ayer que el día de Navidad no hay prensa en papel. Tendrá que leerlo por internet.

–Internet para ti y para tu puñetera… me voy a callar.

–Vale, vale, Don Enrique, no se enfade. Llévese, si quiere, hoy, una revista. Aquí tengo algunas muy buenas: mire esta de Historia, esta de ciencia, esta de famosos, esta…

Entre la amplia oferta de revistas del expositor, Don Enrique se fijó en una en cuya portada aparecía una imagen de un jeroglífico egipcio. Siempre le había gustado la arqueología y le pareció la opción menos mala para sustituir su tradicional lectura matutina.

–Gracias, amigo, y ¡Feliz Navidad! –le deseó el vendedor de prensa mientras le devolvía el cambio–.

–¡Y dale con la Navidad! Que ya… que ya pasó. Ahora, si acaso, deséame un próspero año nuevo.

–Bueno, Don Enrique, hoy es Navidad; así que todavía podemos decirlo.

–Vale, vale, ¡qué pesado eres! Ahí te quedas –se despidió con cara de pocos amigos, la misma con la que entró en la cercana panadería–.

–Feliz Navidad, vecino, uy qué mala cara trae hoy. ¿Le sentó mal anoche el pavo? –le espetó, jocosa Puri, la dependienta–.

–¡Qué manía con desear feliz Navidad después de Nochebuena! –contestó el jubilado–. Ya, ya ha sido Navidad, ya hemos comido jamón y turrón, ya hemos cantado villancicos ya hemos estado juntos los que quedamos vivos. ¿Qué más quieres?

–Bueno, se suele decir Feliz Navidad, yo no sé muy bien por qué. Mi jefe me dice que trate bien a los clientes en esta época, que es cuando más dinero gana de todo el año.

–Anda, dame pronto mi pan que si no se hace cola y entonces tu jefe te va a regañar por entretenerte con los clientes.

De nuevo en casa, mientras desayunaba su café y su tostada con aceite y ajo de todas las mañanas, Don Enrique abrió la revista por el reportaje de los jeroglíficos. Resultó que no tenía nada que ver con la arqueología, sino que era una de esas revistas sobre parapsicología y misterios, y explicaba cómo los antiguos egipcios descifraban las mentes. Parece ser que, según unos supuestos estudios de una universidad israelí, eran capaces de leer los pensamientos a través de la musicalidad de las frases de sus interlocutores. Supuestamente, nuestro cerebro está preparado para emitir y recibir a través del lenguaje oral, mucha más información de la que, en principio, somos conscientes. Cifrado, por debajo de las palabras, dependiendo de la entonación del hablante, cada uno de nosotros es capaz de emitir una serie de ondas fuera del espectro audible, que contienen mucha más información de la que quisiéramos compartir. Es decir, que el ser humano, en origen, no puede mentir, y que el lenguaje, tal y como lo conocemos hoy, sería una forma de manipular la comunicación, enmascarándola con sonidos fuertes para evitar que los demás conocieran qué pensamos en realidad. Los científicos se planteaban que este fuera, de hecho, la gran ruptura de la humanidad que la tradición oral transmitió durante milenios y que luego cristalizaría en los relatos de Adán y Eva recogidos en el Génesis. El primer pecado no sería otro que la mentira, la incomunicación del hombre con sus semejantes, la barrera que separó a la humanidad y rompió la armonía primordial en la que fuimos creados.

Aquella sarta de cuentos pseudocientíficos, junto al hecho de haber trasnochado, llevaron al anciano a sumirse en un sopor del que solo despertó tras sonar el teléfono.

–Mmm. Diga –contestó somnoliento–.

–Papá, Feliz Navidad ¿Cómo estás? (como me diga que no se queda con los niños, le va a ir a poner la lavadora y a plancharle quien yo sé).

La sensación por la respuesta fue de lo más extraña. Junto a la voz de su hija preguntándole por cómo estaba, Don Enrique no oyó, sino que “sintió” otra frase superpuesta en la que le amenazaba con no hacerle la colada si no se hacía cargo de sus nietos.

–Buenos días, hija. Sí, yo me quedo con los niños, ¡pero no te pongas así!

–¿Cómo que no me ponga así, papa? Si he sido de lo más amable. ¿Y cómo sabes que te llamo para pedirte que te quedes de canguro? (menos mal que ha dicho que sí, porque la opción de mi suegra me repatea).

–Pero ¿qué dices de tu suegra si es un encanto? Anda, tráelos que tengo ya ganas de verlos.

–Claro que es un encanto, papá. ¿A qué viene eso? ¿Quién ha dicho lo contrario? (¿yo no he dicho nada de mi suegra verdad? Anoche tomé más vino de la cuenta y a mí se me suelta la lengua…) ¿Te quedas con los niños entonces? ¿Seguro que estás bien? Te noto raro…

–Venga, venga, sí, que estoy bien. Os espero.

Ambos colgaron el teléfono con la sensación de haber vivido una de las llamadas más extrañas de sus vidas.

A la media hora apareció su hija Carmeli con sus dos vástagos, Pablito, de 10 años, y Aitana, de dos. El mayor se lanzó enseguida a su cuello:

–¡Hola abuelito! (me encanta venir a tu casa porque nos dejas comer todo lo que mi madre nos prohíbe y te robo las monedas que se te caen del pantalón y se quedan debajo del cojín de tu sillón).

–Hola Pablo, me parece fenomenal –lo recibe, el abuelo, cariñoso y extrañado por el ataque de sinceridad–.

–Lo siento, papá –se disculpa Carmeli–, es un compromiso con los del trabajo de mi marido y la niñera nos ha llamado esta mañana para decirnos que sus padres han dado positivo y no podía venir. (Mejor, porque así me ahorro un dinerito y, la verdad, me quedo más tranquila con él que con la niñata esa. Por cierto, qué olor a ajo. ¿Cómo se lo digo sin ofenderle?).

–Buenos días, hija, no me ofende. Estoy solo en casa y no molesto a nadie con mi ajito restregado en el pan.

–Ah… Justo eso te iba a decir, que qué bien huele tu casa a dieta mediterránea. (jolín ¿lo he dicho en voz alta? No vuelvo a probar el vino de anoche). Volveremos pronto. Aitana tiene su potito en el bolso (es un asco de comida industrial, lo sé, yo no me lo comería; pero de dónde saco tiempo para hacerle a la niña un guiso casero).

–Vete, vete tranquila –se despidió, terminando de meter dentro de casa el carrito en el que venía dormida la pequeña Aitana–.

Al ver sobre la mesa la revista esotérica, comenzó a atar cabos entre el origen de esas voces y la supuesta capacidad humana para descifrar lo que otros piensan; y decidió seguir poniéndolo a prueba.

–Bueno Pablito. ¿Qué quieres que hagamos hoy? ¿Quieres salir a dar un paseo?

–Claro, abuelo, lo que tú digas –le complació el nieto audiblemente, aunque la frase llevaba código cifrado: (vaya tostón salir con el abuelo y la hermana a ver los patos, a mí lo que me apetece es tumbarme en el sofá a ver los dibujos)–.

Ante la más que sincera respuesta del nieto, Don Enrique abrió enormemente los ojos y esbozó una sonrisa al confirmar que todavía poseía aquel don primitivo del que hablaba el reportaje para “escuchar” la verdad que los demás ocultan. Así que, ni corto ni perezoso, decidió salir a la calle a seguir investigando hasta dónde era capaz de adivinar pensamientos.

–Pues venga, Pablo, no te quites el abrigo que nos vamos, y no te preocupes que será solo un rato y te compensaré comprándote chuches.

–No hace falta, abuelo, que ya comí anoche muchas (si me hago el poco interesado me compran las chucherías más caras. Siempre funciona).

El anciano reprimió como pudo la risa al escuchar la respuesta cifrada de su nieto mientras tomaba el carrito con la pequeña y cerraba tras de sí la puerta de su casa.

Al llegar al portal, se cruzó con Paco, el vecino del cuarto, que lo saludó cordialmente:

–Feliz Navidad, Enrique (voy a ser simpático con este y con sus nietos para ver si se le olvida que le debo aún la lotería que compramos a medias y que no ha tocado). Vaya dos niños guapos que llevas. ¡Qué bien acompañado vas!

–Ay Paco, Paco. Yo pensaba que eras despistado, pero me parece a mí que lo que eres es un poco agarrado y pelota –le contestó mientras le pellizcaba el moflete del estupefacto rostro ante aquella respuesta–. A ver cuándo me pagas los 10 euros que me debes.

Pablito miraba extrañado a su abuelo, que salió a la calle con una sonrisa nada habitual en él últimamente, mientras buscaba con la mirada a gente con quien charlar. De camino al parque, la vendedora de castañas, lo saludó desde lejos:

–Feliz Navidad, amigo. (A ver si el viejo este con los nietos me compra algo, que no he tenido ni un cliente en toda la mañana).

A lo que Don Enrique respondió parándose enfrente, mirándola de arriba abajo y diciendo: «¿viejo yo? ¡Vieja usted y viejas las castañas que vende!», tras lo que continuó como si nada, su camino.

Al pasar por delante de la parroquia, vio a Andrés, el joven cura a quien no había vuelto a ver desde el entierro de su mujer. Así que se acercó para seguir poniendo a prueba sus nuevos poderes.

–Feliz Navidad, Don Enrique –saludó el párroco–

Extrañado por no haber oído nada más que esas cuatro palabras, el anciano contestó:

–Feliz Navidad… ¿y qué más?

–Feliz Navidad y nada más, ¿le parece poco?

–Bueno verá, la gente dice Feliz Navidad, pero en realidad lo dicen por decir. Unos quieren solo ser simpáticos, otros aprovecharse del tirón comercial de la Navidad, de los buenos sentimientos… ¿Usted qué gana felicitándome, porque, además, la Nochebuena ya pasó?

–Jajaja. Es verdad que la Navidad se usa mucho para vender humo, y por eso a muchos les resulta una fiesta vacía, pero su sentido es muy profundo. Yo, cuando digo Feliz Navidad, quiero decir Feliz Navidad.

Al decir por segunda vez esas palabras, Don Enrique sintió una gran emoción, como un agradable escalofrío que le recorrió la espina dorsal y un hormigueo que le hacía cosquillas en las sienes. Un montón de ideas de la mente del sacerdote inundaron entonces su corazón:

(Decir Feliz Navidad, Don Enrique, es desear todo lo mejor. Ya. Ya sé que es duro aprender a vivir sin quien lo ha sido todo en nuestra vida, ya sé que la mente se rebela contra Dios a quien culpamos de llevarse a la gente que queremos. Pero Navidad es la respuesta a ese malhumor, pues Dios no solo no es cruel por permitir la muerte, sino que ha decidido venir Él mismo en persona a vencerla para librarnos de ella. Haciéndose niño en Navidad, está poniéndose Él en lugar nuestro, asumiendo nuestro dolor, nuestro sufrimiento… Y abriéndonos el cielo para poder volver a encontrarnos todos, un día, con Él que es todo amor y con todos nuestros seres queridos. Y por eso no lo decimos solo de cara a la Nochebuena, sino desde hoy y hasta bien entrado enero porque la Navidad es tan grande, que hay que celebrarla durante semanas y felicitarnos por ello. Yo sé que es difícil decir todo esto aquí, en mitad de la calle y en solo dos palabras, Don Enrique, pero cómo quisiera que usted entendiera todo lo que significa decir Feliz Navidad,)

Don Enrique recibió, abrumado por su profundidad, el mensaje del cura. Es verdad –reflexionó– que la muerte de su mujer le había amargado la existencia y que pensaba que Dios, en caso de existir, sería un monstruo por habérsela llevado. Y es verdad que, si la Navidad es solo la fiesta de consumir y de estar todos juntos, pierde la gracia cuando no se tiene dinero o salud o cuando falta gente a quien queremos. Pero si se mira en su auténtico sentido, si somos sinceros cuando la celebramos, es motivo para estar alegres de verdad, no un día, sino muchos.

La conversación había despertado a la pequeña Aitana que se desperezaba dentro del buzo en el que iba embutida. Al percatarse de que estaba junto al abuelo y ver la decoración navideña del exterior del templo, le ofreció la mejor de las sonrisas y, con su media lengua, le soltó un cariñoso “Felí Navidá” en el que el abuelo descifró que decía sin decir: (me gusta mirarte y escucharte, me gusta estar contigo y que me cuentes cuentos y que me lleves a ver los patos. Echo de menos a la abuelita, pero estando contigo se me olvida que ella no está. ¡Te quiero más abuelillo!).

–Muy bien, pequeña, parece que tú sí lo has entendido –contestó el joven párroco­ haciéndole carantoñas a la pequeña–. ¡Feliz Navidad! ¿Ve qué dos palabras más bonitas abuelo?

–Dos palabras, sí –replicó el anciano–, pero vaya dos palabras más densas. Gracias por explicármelas un poco mejor.

–Gracias a usted, si casi no he dicho nada…

De regreso a casa tras el paseo, Don Enrique dio de comer a sus nietos y los mandó a dormir la siesta en el sofá. Mientras miraba el informativo en la televisión, y seguía reflexionando sobre las palabras del cura, dio una cabezada y, al momento, sonó el teléfono:

–Mmm. Diga –contestó el anciano somnoliento–

–Papá, buenos días ¿Cómo estás?

–Ehh bien, aquí que me he quedado un poco traspuesto. Pero ¿cómo que buenos días, serán buenas tardes?

–No papá, son las 11 de la mañana, ¿es que no has dormido bien por la cena? Bueno, da igual, te llamo para ver si te puedes quedar con los niños que tengo una comida con los del trabajo de mi marido…

Don Enrique miró al sofá y estaba vacío, no había rastro de la visita de sus nietos, y sobre la mesa estaban los restos del desayuno que se había estado tomando mientras leía la revista. Su hija lo estaba llamando ahora para pedirle que se quedara con los niños porque, en realidad, nunca habían estado allí. Comprendió que sus últimas horas, su capacidad de descifrar las mentes, su conversación con el vecino, con la de las castañas, con el cura… todo eso había sido solo un divertido sueño, aunque muy revelador.

–Sí, hija, sí, tráelos que tengo ganas de verlos. Y aquí estarán mejor que con ninguna niñera ¿verdad? ¡Y mejor que con tu suegra! jajaja

–Eh… Claro papá, como contigo, con nadie. Gracias, en un rato estoy por ahí.

–De nada, hija, de nada. ¡Y Feliz Navidad!

–Eso, papá… –respondió extrañada la hija– ¡Feliz Navidad!

Al colgar el teléfono, Don Enrique se levantó y, sin ponerse las pantuflas, fue hasta el panel de la calefacción y lo bajó un grado. Tomó luego el retrato de su esposa cuyo marco presidía el aparador, lo besó y le susurró cariñosamente: ¡Feliz Navidad Carmelina!

Al instante, en su interior resonó la respuesta de su esposa: “Feliz Navidad también a ti, Enrique. (¡pero que sepas que vas a pasar frío!)”.

El autorAntonio Moreno

Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.

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