Vaticano

“Plenamente humanos y plenamente cristianos”: la invitación del Papa a los formadores

En las últimas semanas, el Papa ha celebrado varias audiencias en el Vaticano con grupos e instituciones dedicadas a la educación civil y religiosa. Es el caso de la Unión Mundial de Profesores Católicos, los Formadores de América Latina, el Instituto Claretianum y el Colegio Nepomuceno.

Giovanni Tridente·9 de diciembre de 2022·Tiempo de lectura: 5 minutos
Papa formadores

Totalmente humano y totalmente cristiano. Esto es lo que, en opinión del Papa Francisco, debe caracterizar al educador de hoy, porque “no hay humanismo sin cristianismo” y viceversa. 

Una tarea arraigada en el tiempo y la cultura de hoy, a través de personalidades ricas y abiertas, “capaces de establecer relaciones sinceras” con sus alumnos, comprendiendo “sus necesidades más profundas, sus preguntas, sus miedos, sus sueños”.

Así lo ha confiado el Pontífice en las últimas semanas, al recibir en audiencia en el Vaticano a los participantes en la Asamblea General de la Unión Mundial de Profesores Católicos (UMEC), acompañados por el cardenal Kevin Farrell, Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. De hecho, la institución ha elegido recientemente su nuevo Comité Ejecutivo y se encuentra en una fase de relanzamiento, como señaló el propio Santo Padre durante el encuentro.

Oportunidades de revitalización

Uno de los retos, de hecho, es el del “cambio generacional, que afecta especialmente a los líderes”. El Papa invitó a considerar dicha renovación “como el comienzo de una nueva misión, como una oportunidad para relanzar con fuerza” las actividades de la organización destinadas a servir y acompañar a los profesores católicos de todo el mundo, en una red que pretende cultivar y mantener su identidad como cristianos comprometidos en el mundo. 

No es casualidad que uno de los aspectos destacados por el Pontífice sea la capacidad de “dar testimonio -ante todo con la vida y también con la palabra- de que la fe cristiana abarca a toda la humanidad” y es portadora de “luz y verdad en todos los ámbitos de la existencia, sin excluir nada, sin cortar las alas a los sueños de los jóvenes, sin empobrecer sus aspiraciones”.

La misión educativa debe entenderse, en esencia, como una oportunidad que deja huella en la vida de las personas, ya desde niños y luego como adolescentes y jóvenes; de ahí que sea una gran “responsabilidad” y al mismo tiempo una oportunidad “para introducirlos, con sabiduría y respeto, en los caminos del mundo y de la vida”, mediante un acompañamiento que los haga capaces de “abrirse a lo verdadero, a lo bello, a lo bueno”.

Un arte que se ha de cultivar

La capacidad de educar, evidentemente, es un arte que hay que “cultivar y acrecentar continuamente”, mediante una actualización constante y evitando la rigidez, sabiendo muy bien que “¡no se trabaja con objetos, sino con sujetos!” Por ello, no es secundario desarrollar también habilidades empáticas y comunicativas, atentas a los lenguajes y formas culturales de la época actual, para compartir mutuamente “la alegría del conocimiento y el deseo de la verdad”. Esto no significa caer en la trampa de la “colonización ideológica” -advirtió el Papa Francisco- sino saber discernir lo que es verdaderamente edificante para la personalidad humana.

En esta línea va también todo el contexto del Pacto Mundial por la Educación, que el propio Pontífice lanzó hace tres años como una oportunidad para implicar a múltiples instituciones educativas con vistas a una alianza capaz de “formar personas maduras, capaces de superar fragmentaciones y contrastes” y, en consecuencia, una humanidad más fraterna y pacífica. Un llamamiento sin duda dirigido a los educadores católicos, y que hoy adquiere toda su urgencia e importancia dado el contexto de guerra a las puertas de Europa.

Siguiendo con el tema de la formación, a principios de noviembre se celebró en el Vaticano un Curso para Rectores y Formadores de Seminarios de América Latina y el Caribe, por iniciativa del Dicasterio para el Clero. El Papa les dirigió un discurso a distancia y, en cambio, les entregó un texto preparado, invitándoles a leerlo y profundizar en él más adelante.

Proximidad y cercanía

Uno de los aspectos que destacó en su discurso espontáneo es el de la “proximidad” y la “cercanía”, que son una emanación directa de Dios, que siempre está cerca “con misericordia y ternura”. Esta es la misma actitud que deben asumir también los pastores de almas, y ciertamente deben ser educados para ello a lo largo de todo el proceso de su formación, evidentemente ya desde los años de seminario. 

En el texto preparado para la ocasión, el Papa explicaba, no por casualidad, que la formación de los futuros sacerdotes “está en el corazón de la evangelización”, por lo que requiere calidad, y ésta no puede lograrse sin una “visión antropológica integral” que aúne las cuatro dimensiones de la personalidad del seminarista: humana, intelectual, espiritual y pastoral, como ya se ha explicado en varias ocasiones y como recoge la propia Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis.

Desde el punto de vista del formador, no hay que olvidar que educa “con su vida, más que con sus palabras”, por lo que él mismo debe brillar con la “armonía humana y espiritual”, que -siempre según el Papa Francisco- se desarrolla y consolida a través de “la capacidad de escucha y del arte del diálogo, que naturalmente están anclados en una vida de oración”, verdadero ámbito donde esta capacidad “germina, florece y da frutos”

Influencia positiva y abierta

Antes incluso que a los profesores y formadores de los seminarios, el Papa Francisco se había dirigido también a la Comunidad del Instituto de Teología ‘Claretianum’, que desde hace más de 50 años se dedica a la formación en temas de Vida Consagrada como organismo de especialización incorporado a la Universidad Pontificia Lateranense y en el espíritu del santo arzobispo y misionero español Antonio María Claret.

Existen centros similares en Madrid, Manila, Bangalore, Bogotá y Abuja, y con su servicio (jornadas de estudio, congresos, revistas, acompañamiento en los capítulos de institutos y congregaciones) en las últimas décadas han contribuido, según el Santo Padre, “a ofrecer un rostro más humano a la vida consagrada”: “vuestra influencia ha sido positiva, siempre abierta, alejando siempre temores que no tenían fundamento”.

Un verdadero “testimonio” -de nuevo- que fomente “la opción por los pobres y la solidaridad, la fraternidad sin fronteras y la misión en constante salida”. Formarse en estas cualidades hace más apreciable el don de la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo, dijo convencido el Pontífice.

Cultivar la vida comunitaria

En esta línea también debemos cultivar, y cultivar bien, la vida comunitaria como verdadera “fidelidad en el seguimiento de Jesús según el espíritu de los Fundadores” y como contraste al individualismo cada vez más extendido. Esta actitud se expresa en la capacidad de “vivir la interculturalidad como camino de fraternidad y misión” y también en el intercambio intergeneracional entre los miembros de la comunidad, especialmente entre “los viejos” -que “deben morir soñando”- y “los jóvenes”“que hacen soñar a los viejos” y ocupan su lugar.

También a los miembros del Claretianum y a los formadores del seminario, el Papa les instó al estilo de cercanía, compasión y ternura, sin cansarse de “ir a las fronteras, incluso a las del pensamiento”, abriendo así caminos y acompañando con audacia. Es fundamental -como ya subrayó San Juan Pablo II en Vita consecrata– no perder de vista la formación teológica, la reflexión y el estudio, porque esto empobrecería el apostolado y lo haría superficial.

La primacía de la conciencia

De la primacía de la conciencia sobre cualquier poder mundano, el Papa habló finalmente a la comunidad del Colegio Nepomuceno, un seminario pontificio romano destinado principalmente a estudiantes de nacionalidad checa, aunque en los últimos años se ha abierto también a otras nacionalidades, como asiáticos y africanos. La idea estaba ligada a la figura y al testimonio de este Santo que da nombre al Colegio, un sacerdote bohemio que murió mártir por mantenerse fiel al secreto de la confesión. Esta “raíz de coraje y firmeza evangélica” -sugirió el Papa Francisco- debe convertirse en una advertencia para no caer en la “mundanidad espiritual”, lo peor que le puede pasar a la Iglesia y a una persona consagrada. 

San Juan Nepomuceno también fue puesto como ejemplo para que los futuros sacerdotes “construyan puentes donde hay divisiones, distancias, incomprensiones” y se conviertan en “humildes y valientes instrumentos de encuentro, de diálogo entre personas y grupos diferentes y opuestos”, donde se puede encontrar una peculiar originalidad y al mismo tiempo una humanidad común.

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