España

Sebastián Gayá. El niño en manos de Dios

La figura de Sebastián Gayá, uno de los iniciadores de los Cursillos de Cristiandad, vuelve a estar en el foco con motivo de la apertura de su proceso de canonización.

Pilar Turbidí·22 de noviembre de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos
sebastián gayá

Sebastián Gayá, uno de los tres iniciadores de Cursillos de Cristiandad, según reconoce la Santa Sede, fue el sacerdote que condujo al grupo de jóvenes del que brotó —por obra del Espíritu Santo— un movimiento de Iglesia para el mundo. Así lo describió san Pablo VI en la primera Ultreya Mundial en 1966: “Cursillos de Cristiandad: ésa es la palabra, acrisolada en la experiencia, acreditada en sus frutos, que hoy recorre con carta de ciudadanía los caminos del mundo”.

La figura de Sebastián Gayá recobra actualidad con motivo de la apertura de la fase diocesana del proceso de canonización del Siervo de Dios. Se inicia un camino en el que la Iglesia pone luz en sus escritos y en los testimonios de aquellos que lo conocieron personalmente. Todo ello, para probar que nunca se apartó de la fe, que vivió las virtudes en grado heroico y que la fama de santidad es auténtica.

“El hombre consciente de una misión”, de este modo, en pocas palabras, describiríamos a nuestro personaje. Sebastián sabía que una causa no vive hasta que no haya alguien dispuesto a morir por ella. Y su causa era… la Evangelización. A esta empresa dedicó su vida. Y el instrumento fue… el Cursillo de Cristiandad; un método armónico orientado al encuentro del hombre consigo mismo, con Dios y con los hermanos.

El misterio de la cruz presidió su vida. Tuvo una mala salud de hierro. Soportó contrariedades, desafectos e incluso destituciones en el seno mismo de la Iglesia. Sin embargo, ante el dolor, él respondía con humildad y mansedumbre; fruto de la fe y la caridad desde las que vivió tantos disgustos como le asaltaron, y fueron muchos. Quizás, cada renuncia, cada incomprensión, Sebastián la ofreció como una oblación por los frutos del Movimiento de Cursillos, y por otras muchas intenciones que la investigación de la Causa esclarecerá en su día.

Dios le probaba, desde su infancia —en 1913 tuvo que dejar a sus padres en Argentina y volver solo para estudiar en el seminario de Mallorca— hasta su fallecimiento. Y de cada prueba salía fortalecido. Dios le bendijo con una voz firme, una mirada encendida y una entrega desbordante, incluso hasta la extenuación. Ante la flojera, siempre repetía: “No te canses de cansarte”. Era tal su entrega sacerdotal que, rebasados los setenta años, en la clausura de uno de los Cursillos dijo, rotundo: “Hoy, quisiera volver a tener treinta años para entregárselos de nuevo al Señor”. 

Sebastián Gayá repelía los “capillismos” y se mostraba firme en su amor a la Iglesia, incondicionalmente fiel a la Iglesia. Cuando se le preguntaba sobre la espiritualidad de Cursillos de Cristiandad, siempre repetía lo mismo: “La propia de la Iglesia”

Él se sabía en las manos providentes del Padre y esa convicción hacía de Sebastián un hombre audaz. Era la confianza del hijo que está en las manos del Padre. Para ilustrarlo, recurría a una vivencia que recreaba con vigor. Por unos instantes, Sebastián se convertía en un padre de familia que, mientras hablaba de la grandeza de ser hijo de Dios, era interrumpido por su hijo pequeño. Este sólo quería jugar con el padre. Dándose cuenta de ello, el padre lo agarró de los brazos, lo levantó del suelo y abrazándolo, delante de todos, se lo comió a besos. Inmediatamente, lo separó de su pecho, fijó su mirada llena de ternura en los ojos del niño y… lo soltó lanzándolo hacia arriba, por encima de su cabeza. El niño, lejos de asustarse, gritaba: “¡Más alto papá, más alto…!”. Y el padre, feliz, volvía a lanzarlo al vacío, otra vez, más alto todavía. Y el niño, riendo, gritaba de nuevo: “¡Más alto, más alto, papá!”.

Así, una y otra vez. Sebastián se servía de esta imagen para describir la relación que el Padre tiene con sus hijos; ¡hijos de Dios! “Soy” —decía Sebastián— “el niño de Dios. Y el niño no tiene miedo porque los brazos del Padre siempre le esperan; se fía de él. El vacío no le inquieta, todo lo contrario, cuanto más alto mejor. Porque el hijo tiene… las seguridades del Padre. Puede perder el contacto, pero el hijo sabe que el Padre está ahí, con él. Puede lanzarlo al abismo del misterio, pero el hijo sabe que el Padre le sostiene” —insistía Sebastián, firme, con ojos humedecidos—. Sebastián acompañó a muchos como un padre. Un padre de una larga lista de hijos. Un padre que transmitía certezas y liquidaba falsos respetos humanos al grito de “¡Ultreya! ¡Más allá! ¡Más alto! ¡Más alto!”.

Cuando Sebastián celebró su sexagésimo aniversario sacerdotal dijo a los que allí estaban: “Hace sesenta años que sé que no me pertenezco”. Y así era, porque su vida estuvo consagrada a Jesucristo. Por eso, en la Hora Apostólica, un texto escrito por él para animar a los cursillistas a dejarse conquistar por el Sagrado Corazón de Cristo Rey, Sebastián dejó escrito: “Míranos a tus plantas, adorando tu grandeza divina. […] Queremos ser tuyos de veras, Señor; y por mediación de la Virgen Santísima, nuestra Madre, nos consagramos a Ti”

Para terminar: “Haz, Señor, que abramos para todos los hombres un ancho camino a tu Gracia. Haz que el mundo vuelva a Ti, aunque nos cueste la vida. Amén”. Esta vida entregada se nos muestra hoy como una propuesta radiante para Cursillos de Cristiandad, para la Iglesia y para el mundo.

El autorPilar Turbidí

Gerente de la Fundación Sebastián Gayá.

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