Vaticano

«Privilegiar el cuidado para todos, para que los más débiles no sean descartados»

En la catequesis de la audiencia general de este miércoles 9 de febrero, el Papa Francisco ha subrayado el valor de los cuidados paliativos, pero también la inmoralidad del "encarnizamiento terapéutico", una vez hecho todo lo posible por cuidar a la persona enferma, ya que "no podemos evitar la muerte".

David Fernández Alonso·9 de febrero de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos
cuidados paliativos

Foto: ©2022 Catholic News Service / U.S. Conference of Catholic Bishops

El Papa Francisco ha querido dedicar, en la audiencia general de este miércoles 9 de febrero, la catequesis a «la devoción especial que el pueblo cristiano siempre ha tenido por San José como patrón de la buena muerte. Una devoción nacida del pensamiento de que José murió con la presencia de la Virgen María y de Jesús, antes de que ellos dejaran la casa de Nazaret».

«El Papa Benedicto XV», comenzó diciendo Francisco, «hace un siglo, escribía que «a través de José nosotros vamos directamente a María, y, a través de María, al origen de toda santidad, Jesús». Y animando las pías prácticas en honor de San José, aconsejaba una en particular: «Siendo merecidamente considerado como el más eficaz protector de los moribundos, habiendo muerto con la presencia de Jesús y María, será cuidado de los sagrados Pastores inculcar y fomentar […] aquellas piadosas asociaciones que se han establecido para suplicar a José a favor de los moribundos, como las “de la Buena Muerte”, del “Tránsito de San José” y “por los Agonizantes”» (Motu proprio Bonum sane, 25 de julio de 1920)».

El Santo Padre asegura que «nuestra relación con la muerte no se refiere nunca al pasado, sino siempre al presente. La llamada cultura del “bienestar” trata de eliminar la realidad de la muerte, pero de forma dramática la pandemia del coronavirus la ha vuelto a poner en evidencia. Muchos hermanos y hermanas han perdido a personas queridas sin poder estar cerca de ellas, y esto ha vuelto la muerte todavía más dura de aceptar y de elaborar».

El pontífice recuerda que la fe cristiana nos ayuda a afrontar la muerte. «La verdadera luz que ilumina el misterio de la muerte viene de la resurrección de Cristo. Escribe San Pablo: «Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe» (1 Cor 15,12-14)».

«Solo por la fe en la resurrección nosotros podemos asomarnos al abismo de la muerte sin que el miedo nos abrume. No solo eso: podemos entregar a la muerte un rol positivo. De hecho, pensar en la muerte, iluminada por el misterio de Cristo, ayuda a mirar con ojos nuevos toda la vida. ¡Nunca he visto, detrás de un coche fúnebre, un camión de mudanzas! No tiene sentido acumular si un día moriremos. Lo que debemos acumular es la caridad, es la capacidad de compartir, de no permanecer indiferentes delante de las necesidades de los otros. O, ¿qué sentido tiene pelear con un hermano, con una hermana, con un amigo, con un familiar, o con un hermano o hermana en la fe si después un día moriremos? Delante de la muerte muchas cuestiones se redimensionan. Está bien morir reconciliados, ¡sin dejar rencores y sin arrepentimientos!»

Haciendo referencia al paralelismo que se hace en el Evangelio, «nos dice que la muerte llega como un ladrón, y por mucho que nosotros intentemos querer tener bajo control su llegada, quizá programando nuestra propia muerte, permanece un evento con el que tenemos que rendir cuentas y delante al cual también hacer elecciones».

Por último, el Papa ha querido subrayar dos consideraciones: «la primera: no podemos evitar la muerte, y precisamente por esto, después de haber hecho todo lo que humanamente es posible para cuidar a la persona enferma, resulta inmoral el encarnizamiento terapéutico (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2278)».

Y «la segunda consideración tiene que ver con la calidad de la muerte misma, del dolor, del sufrimiento. De hecho, debemos estar agradecidos por toda la ayuda que la medicina se está esforzando por dar, para que a través de los llamados “cuidados paliativos”, toda persona que se prepara para vivir el último tramo del camino de su vida, pueda hacerlo de la forma más humana posible. Pero debemos estar atentos a no confundir esta ayuda con derivas inaceptables que llevan a la eutanasia. Debemos acompañar a la muerte, pero no provocar la muerte o ayudar al suicidio asistido. Recuerdo que se debe privilegiar siempre el derecho al cuidado y al cuidado para todos, para que los más débiles, en particular los ancianos y los enfermos, nunca sean descartados. De hecho, la vida es un derecho, no la muerte, que debe ser acogida, no suministrada. Y este principio ético concierne a todos, no solo a los cristianos o a los creyentes».

Concluyó la catequesis invocando a San José para que «pueda ayudarnos a vivir el misterio de la muerte de la mejor forma posible. Para un cristiano la buena muerte es una experiencia de la misericordia de Dios, que se hace cercana a nosotros también en ese último momento de nuestra vida. También en la oración del Ave María, nosotros rezamos pidiendo a la Virgen que esté cerca de nosotros “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Precisamente por esto quisiera concluir rezando todos juntos un Ave María por los agonizantes y por los que están viviendo un luto».

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