Cultura

Carlos Murciano: “Un ansia sucesiva”

Poeta de amplios registros, su obra poética es fácilmente reconocible por el dominio de las formas métricas, la variedad de temas -entre los que sobresalen aquéllos relacionados con su propia aventura de vivir- y el estilo depurado, ingenioso, en apariencia sencillo, siempre en constante búsqueda expresiva.

Carmelo Guillén·26 de noviembre de 2022·Tiempo de lectura: 5 minutos
murciano

De los poetas españoles longevos -el 21 de este mes cumple los 91 años-, el nombre de Carlos Murciano es uno de los más conocidos de su generación, a la que pertenecen autores como José Ángel Valente y José Agustín Goytisolo, con los que comparte en 1954 el prestigioso Premio Adonáis, otorgándosele el primero de los accésits por su libro Viento en la carne.

Distintos son los motivos que lo llevan al incomprensible silencio que, en la actualidad, pesa sobre su obra lírica -como sobre la de tantos otros poetas-, a pesar de ser dueño de una copiosa producción y de haber obtenido muchísimos premios. Sean cuales sean las razones, la obra poética de Carlos Murciano está ahí, en sus poemarios de tirada breve, muchos de ellos agotados, con poemas de enorme poderío existencial, algunos -para mi gusto los más intensos- con auténticos hallazgos expresivos, atentos a un mundo interior muy rico en matices, cargados de intensidad y de vida.  

Sus poemarios religiosos

De la nómina de títulos que posee, me detengo en aquéllos que mejor reflejan su relación con Dios, en cuya órbita le cuesta al poeta situarse sosegadamente, dando lugar a una situación tensional que proyecta a lo largo de su vasta trayectoria lírica. Esos, esos títulos -publicados con una diferencia de 47 años uno del otro- son Desde la carne al alma (1963) y Algo tiembla (2010), dos poemarios furibundos y sobrecogedores, de esos que, en principio, desconciertan porque responden a desasosiegos religiosas y a manifestaciones titubeantes de la fe donde impera la zozobra, la duda y el enfrentamiento, aunque ambas entregas contengan también poemas felices, luminosos, serenos, si bien son los menos.

Opinión que, sin abarcar esas casi cinco décadas, ya recoge en 1965 Luis López Anglada en su Panorama poético español, cuando afirma de la poesía de nuestro autor: “Una honda tristeza cubre estos versos escritos con pensativo afán. Si no fuera por la recia personalidad religiosa del autor, podríamos pensar en un escepticismo que le lleva a una actitud de existencial duda”, cita en la que yo sustituiría la expresión “honda tristeza” por la palabra “melancolía”, que envuelve con más precisión una actitud vital permanente. 

Búsqueda incesante

Desde la carne al alma contiene veintidós poemas. Ninguno sobra y todos se complementan para mostrar una experiencia sustentada en la presentación de expresiones o gestos de Jesucristo contenidos en los Evangelios, pero trocados a modo de juego literario -por ejemplo “Mi reino es de este mundo”, que el poeta se aplica a sí mismo y en desafíos rotundos al Dios creador del hombre: “Las cosas claras, Dios, las cosas claras”, ejes en los que, sobre todo, se asienta el poemario.

A la vez, se descubre alguna que otra composición donde la distorsión de acontecimientos, también evangélicos, como la resurrección de Lázaro -en el poema, éste prefiere mantenerse muerto, hediendo después de cuatro días, antes que resucitar-, o la del propio poeta metiéndose en la piel del apóstol Tomás -“Déjame a mí ser Dios por un instante […], déjate ser Tomás y hunde tu dedo, / Señor mío y Dios mío, en mi costado”– responden a la pugna interior del poeta con su Creador. Se advierte finalmente que la dicotomía carne-alma es la clave argumental que tensiona y da unidad al conjunto de los poemas, alcanzando en el último de ellos, el que titula Dios encontrado, el momento resolutivo más gozoso e iluminador del libro, a modo de embriagadora presencia de la divinidad. La composición -espléndida joya literaria escrita en serventesios- supone una fiesta de la presencia de Dios en la vida ordinaria. Entresaco algunas estrofas: “Dios está aquí, sobre esta mesa mía / tan revuelta de sueños y papeles […]. / Dios está aquí. O allí, sobre la alfombra, / en el hueco sencillo de la almohada; y lo grande es que apenas si me asombra / mirarlo compartir mi madrugada. / Doy a la luz y Dios se enciende; toco / la silla y toco a Dios; mi diccionario / se abre de golpe en Dios; si callo un poco / oigo jugar a Dios en el armario. […] Hoy he encontrado a Dios en esta estancia / alta y antigua en donde vivo. Hacía / por salvar, escribiendo, la distancia / y se me desbordó en lo que escribía. / Y aquí sigue: tan cerca, que me quemo / que me mojo las manos con su espuma; tan cerca que termino, porque temo / estarle haciendo daño con la pluma”. Es éste uno de sus poemas más hermosos y celebrados en las antologías. Lo recoge Ernestina de Champourcin en su compilación más emblemática: Dios en la poesía actual, de 1970, editada por la BAC.

Tradúcete, Dios

Cuarenta y siete años más tarde del libro precedente edita Carlos Murciano Algo tiembla, su otro gran volumen de carácter religioso en el que incluye un soneto-síntesis de su modo de asumir el trato con Dios, que no entraña ninguna novedad respecto a su pensamiento anterior. Lo titula Amigo Dios. En él escribe: “[…] Yo reclamo / una palabra, una respuesta. Llamo a tu puerta, y me das nones y pares. / Pones piedras que turban mis andares / y me hacen tropezar a cada tramo. / Pero yo sé muy bien que eres el amo / y te sigo, a pesar de los pesares. / Sólo te pido un ademán, un gesto, / algo de ti. ¿Amarte, Dios, es esto? / ¿Luchar conmigo mismo y derrotarme? / Anda, lléname ahora este vacío / con tu palabra, y hazte amigo mío […]”. El que reclama, llama a la puerta, se turba, tropieza, se tiene por vasallo de Dios (su amo) y le propone que sea su amigo es el mismo poeta que, en algunas ocasiones, canta al Dios desconocido que lo habita, como expresa también en otro texto demandante del mismo libro: “Tú / que todo lo puedes, / ¿por qué no enciendes dentro / de mí / la luz de conocer /te? / ¿A qué la duda, / si afirmas, firme, “Soy”? / Porque lo haces —dicen—, / pero / en tu lengua, / que nunca oí. / Y tu intérprete sabe / que no sabe. Tradúce / te”

¡Que se traduzca a sí mismo! es lo que, en definitiva, exige a Dios, que se haga visible, clarividente, presencia a través de los sentidos tal cual se deja ver, tocar y oír en el poema Dios encontrado -al que ya me referí-, como si la Persona del Hijo, procedente del Padre, no hubiera asumido la naturaleza humana por el poder del Espíritu Santo conformándose en su imagen. Idea constatable igualmente en otra composición, Ausente Dios, donde afirma: “Cuesta creer que [el Hijo] era divino”, lo que explica que, para el poeta, la Persona de Dios Hijo -al que de modo difuso se acerca en estos poemarios, sin negarlo- no sea la de Dios Padre. Lo afirma con claridad: “Cuesta creer que era divino”, planteamiento sorprendentemente neoarriano a estas alturas de los siglos. Es más, añade el poeta: “No nos mandes a Otro, ven Tú mismo”, le propone a Dios.

Del mismo tono es Abuelo Dios, otro texto de Algo tiembla, donde presenta la figura de un anciano Dios Padre de barba blanca al que siempre se dirige, como si Él solo -un Dios Padre humanizado- fuera su único afán, “su Dios” libre de las otras Personas divinas, pensamiento que Murciano constata en sus versos, siendo ésta su más íntima verdad existencial, generada en “un ansia sucesiva” -como expresa en algún poema- por hacerlo perceptible, a su medida.

No hay más -ni menos-: el mundo religioso de Carlos Murciano, el que se percibe en sus versos, es así, vacilante, a medio camino entre la duda y la aceptación de Dios como posibilidad de creencia, repleto de incertidumbres, personal e implacable.

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