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Cartas desde China

Don José Antonio García-Prieto escribe para Omnes esta pequeña reseña de un libro sobre un misionero en China, muy acorde con la fiesta del santo que celebramos 3 de diciembre: San Francisco Javier.

Francisco Otamendi·3 de diciembre de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos
La gran muralla China

La Gran Muralla china (Foto: Unsplash / Robert Nyman)

“Fulgencio de Bargota. Cartas desde Kansu (China) 1927-1930”, es el título del pequeño libro de 150 páginas, publicado recientemente por la editorial Fonte. Recoge las cartas que el religioso capuchino Fulgencio (Jerónimo Segura) en los comienzos de su aventura misionera en China, enviaba a los Padres Capuchinos de Pamplona, y que éstos fueron publicando en su revista “Verdad y Caridad”. Ahora ven de nuevo la luz, gracias a la esmerada recopilación de Magdalena Aguinaga, quien tuvo conocimiento de ellas a través del historiador navarro y Premio Príncipe de Viana 2014, Tarsicio de Azcona, también capuchino.   

Fulgencio, nacido en 1899, tomó los hábitos muy joven y fue ordenado sacerdote en Pamplona el año 1923, partía para China en 1927, junto con tres misioneros más. Después de rezar en Lourdes y embarcar en Génova, tardarían casi seis meses en llegar a su destino definitivo, en el Kansu oriental, a unos dos mil kilómetros de Shanghai. La Providencia dispuso que muriese muy joven, de tifus, con solo 31 años. Sin embargo, sus “Cartas” dejan traslucir la acción de la gracia divina en su alma, porque reflejan una llamativa armonía entre su juvenil ardor apostólico, que aparece en las frecuentes y graves circunstancias que afrontó arriesgando muchas veces su vida, y la madurez que muestra en sus juicios y comentarios sobre esas vicisitudes y sobre la situación social e histórica de China, desgarrada en aquellos años por continuas guerras civiles en su extenso territorio.

Su ardor misionero está siempre vivo como muestra, entre otros, en este pasaje de una carta de 1929 dirigida a los estudiantes de Fuenterrabía: “Hace unos días bautizamos a 17 catecúmenos ¡Vaya unos puntapiés que le dimos al demonio!… y los que le esperan! Por Navidad hice una pequeña incursión a Sant-chá en la que pasé hambre, frío horrible y grave peligro de caer en manos de ladrones. El día mismo de Navidad mi suculento menú se compuso de los siguientes platos: primero, buen apetito; segundo, una pera; tercero, un pedazo de pan; cuarto, las gracias y no se levantaron manteles porque brillaban por su ausencia. ¿Creerán que perdí el buen temple? Nada más lejos de la realidad. Estaba más contento que las Pascuas que celebraba. Me ocurría lo que dice el gran misionero, San Pablo: Scio et esurire, et penuriam pati, y ¡qué mejor manjar que acercarnos un poquito a este modelo de misioneros y vivir su vida y seguir su pasos, aunque de lejos; desde ahora ya te puedes encariñar con San Pablo. No hay cosa como sus cartas”.

Son muy destacables el exquisito respeto por la cultura china y por la plena libertad de las personas antes de permitirles abrazar la fe cristiana. Así, ante un catecúmeno entrado ya en años, que le pedía exultante el bautismo, Fulgencio muestra cierta reticencia que expresa en estos términos: “¿Qué misterioso resorte le había movido a pedir aquella tarde y con aquel fervor el bautismo? ¿Sería la bulliciosa alegría que manifestaban los catecúmenos?”. Y decidió retrasarlo algún tiempo para asegurarse de que aquel hombre había captado bien la doctrina cristiana y que recibiría el bautismo con absoluta libertad. 

La autora de la recopilación de las “Cartas” introduce numerosos y sugerentes comentarios, a pie de página, que enriquecen el ya ameno relato del misionero. Así, a propósito del suceso apenas apuntado del catecúmeno ansioso del bautismo y la prudencia del misionero, escribe la autora: “Resulta interesante comprobar, a distancia de casi un siglo, el respeto a la libertad de los misioneros hacia los catecúmenos, dejándolos que libremente pidieran los sacramentos”. 

En otra carta en la que Fulgencio se detiene a comentar la presencia en China de varios millones de mahometanos y la historia de su progresiva llegada al país, la autora del libro escribe: “En esta carta advertimos la faceta de historiador de Fulgencio de Bargota, quien en tan breve tiempo en China, es capaz de elaborar un interesante estudio del Islamismo; pensamos que con poco acceso a fuentes escritas. También por la escasez de tiempo ante la urgencia de la misión”.

No faltan en las “Cartas” breves historias de personajes -mendigos, ciegos, huérfanos- que recibieron en la misión capuchina una fraterna acogida, llena de calor humano y cristiano. En su conjunto testimonian, una vez más, la riqueza humana y sobrenatural de la obra misionera de la Iglesia en el Lejano Oriente, comenzada ya en el siglo XVI por san Francisco Javier. Ojalá que el libro llegue a un extenso público y la lectura directa de estas “Cartas” alcance eco en sus vidas.

El autorFrancisco Otamendi

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