Hay sacerdotes que uno imagina detrás de un escritorio y sacerdotes que que vemos bajo los árboles, en campo abierto, compartiendo su vida con una comunidad tribal. El padre Alejandro es de los segundos. Comboniano, natural de Cantabria, llegó al Chad en 1978 con la ilusión de llevar el evangelio. Han pasado 49 años. Hoy es el decano de su congregación en el país, y sigue en Sarh, la tercera ciudad del Chad, con una parroquia de 25 comunidades de fieles, 180 bautismos en la última Pascua, y 50 jóvenes serviciales y con ganas de vivir la fe con todas sus exigencias.
¿Cómo fue su llegada a Chad?
—Los combonianos que llegamos en 1978 éramos casi una docena, repartidos en tres comunidades, trabajando en una primera evangelización con un catecumenado incipiente que había que reforzar. Nos inspiramos en la experiencia de los Padres Blancos en Burundi, Uganda y Burkina Faso. El resultado fue un catecumenado largo de tres años y medio poniendo el eje en la familia.
¿Por qué ponen el eje en la familia?
—Porque aquí cuesta mucho inculturar la perspectiva de la fe cristiana en el aspecto matrimonial. La mujer, en el mundo rural, no tiene consideración social: es en gran medida un objeto de intercambio entre familias. Hay que poner en valor lo que el evangelio trae: que la mujer es madre, educadora y esposa al mismo nivel que el marido en el proyecto de Dios. Eso hay que anunciarlo y predicarlo constantemente.
La mayoría del país es musulmana, ¿cuál era el mensaje del Islam hacia la población?
—Su propaganda es clara: “haceos musulmanes porque tendréis mujeres y posibilidades económicas abundantes”. Así de directo. Y eso tiene peso en una sociedad donde la poligamia está culturalmente consolidada. Actualmente los musulmanes rondan el 55% de la población.
Hoy, a punto de cumplir cien años de presencia cristiana —el Chad celebrará ese centenario en 2029—, los católicos rondan el 20% de la población y las iglesias protestantes suman otro 24%. Pero ese crecimiento se produce fundamentalmente a través de bautismos de adultos. En la última Pascua, la diócesis de Sarh registró 3.500.
¿Eran adultos casi todos?
—Adultos y jóvenes, sí. El bautismo de niños tiene una normativa tan exigente que son muy pocos. Los dos padres tienen que estar bautizados, tienen que participar activamente en la vida comunitaria —no solo la práctica religiosa, sino las tareas de la comunidad—, y tiene que verse que la educación cristiana de los hijos está garantizada.
¿Y cómo se sostiene pastoralmente a quienes no pueden bautizarse aún?
—Hay una categoría informal, personas que llamamos amigos o simpatizantes. Participan en la vida parroquial, en las reuniones, en las celebraciones. Son miembros de la comunidad con un bautismo de deseo. Eso tiene una importancia enorme, porque mantiene el vínculo semanal con la comunidad en lugar de dejarlos a la intemperie.
¿Qué otras formas de vida comunitaria sostienen esa pastoral?
—Una de las tradiciones heredadas de un jesuita que trabajó en la zona son los retiros de Cuaresma: tres días en campo abierto donde las comunidades salen de sus casas para rezar, confesar y hablar de sus casos pastorales.
Cuando dice «fuera», ¿se refiere literalmente al aire libre?
—Sí, en el campo, bajo los árboles. Para quienes tienen trabajo se hace en tres domingos seguidos. En mi parroquia hay grupos de 150-200 personas que participan de esos retiros a fondo. Vienen a presentar sus casos, a pedir confesión, a hablar de lo que están viviendo. Es ahí donde se producen muchas de las confesiones del año. Y también vienen personas que no pueden recibir el sacramento pero que quieren una bendición, hablar de su situación. Que evolucionen, que no se queden solos.
¿Qué siente cuando vuelve a España y ve el contraste?
—Cuando celebro en mi pueblo de vacaciones veo el cambio que ha habido en la sociedad española. Poca gente participa de la vida sacramental, gente mayor, y sin apenas jóvenes. Qué diferencia. En Sarh tengo 50 jóvenes de 14 a 16 años que ayudan en la liturgia y me piden que les predique retiros. Cuando una chica de 17 años te dice que quiere ser religiosa, te das cuenta que la pastoral está calando. Cuando un chico que termina la selectividad se plantea la vida misionera, le digo: cuando quieras vienes y empezamos un acompañamiento espiritual para discernir. Trabajar así es muy satisfactorio.
En su último viaje a África, el Papa Francisco habló con claridad de los problemas de amancebamiento en el clero africano. ¿Cómo se afronta eso en el Chad?
—Este problema aquí quizá es menor que en otros lugares, pero evidentemente también existe. Los obispos son claros: si uno tiene hijos, se secularizará para poder atenderlos adecuadamente, a ellos y a su esposa. Si después quiere seguir colaborando con la Iglesia, con su situación familiar regularizada y teniendo un trabajo con el que sustentarse, puede hacerlo.
¿Cómo se previenen estas situaciones?
—Con vida comunitaria fuerte: es preferible cerrar una parroquia a tener un sacerdote aislado. Se procura que vivan en equipos, que oren juntos, que puedan hablar y compartir. Y si hay un problema, de alcohol o de lo que sea, hay que salir al paso. La vida espiritual, la vida de comunidad y la vida pastoral son los tres ejes que tratamos de cuidar. En algunas diócesis, al cabo de diez años de sacerdocio, se les manda a estudiar uno o dos años para recuperar la vida espiritual. El acompañamiento que ellos tienen que dar, también necesitan recibirlo.
¿Qué es lo que el evangelio hace, en definitiva, en una sociedad como la del Chad?
—Un pueblo sin comunidad cristiana tiene su vida, su forma. Si entra el evangelio, el evangelio va trabajando. El Señor tiene sus metodologías para transformar a la gente. Les da trascendencia a las relaciones humanas, a la vida de familia. Les da perspectiva y esperanza. Y eso es muy grande.





