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La Iglesia en Tanzania: fe, pobreza y esperanza en el corazón de África

Un seminarista tanzano y una religiosa peruana, misionera en el país, explican la situación de la Iglesia y su trabajo allí.

Javier García Herrería·22 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 10 minutos
Tanzania

La hermana Lyzmendi saludando a unos niños.

La Iglesia católica en Tanzania es, como explica Godfrey Mgusi Makoro, seminarista tanzano que actualmente termina su formación en el Seminario Internacional Bidasoa de Pamplona, «una Iglesia joven que tiene al menos un siglo desde su evangelización, la segunda evangelización, que fue a finales del siglo XIX, en los años 1860». Fueron los Padres Blancos, los Padres del Espíritu Santo y los Misioneros de África quienes sembraron aquella fe que hoy, gracias a «sus esfuerzos y entrega profundamente arraigada en el amor de Dios, a Cristo con su evangelio y a la Iglesia», se ha convertido en una realidad de millones de fieles.

Hoy día al menos el 35% de la población tanzana es católica, y se encuentra repartida en 37 diócesis, de las cuales 7 son archidiócesis. Una Iglesia numerosa, viva, pero que —como toda Iglesia joven— convive con luces y sombras.

La labor esencial: llevar las almas a Dios

Para Makoro, la misión de la Iglesia en Tanzania no se agota en sus obras sociales, por importantes que sean. «La Iglesia como pueblo de Dios tiene como labor principal llevar las almas a Dios», escribe. Pero advierte de una tentación que considera central: «Hay una profunda crisis en lo que es la identidad cristiana de los cristianos. Y digo profunda porque está en la raíz misma de ser cristiano». Esa crisis consiste, en sus palabras, en confundir la fe con un intercambio: «Ante todo lo que se busca en la Iglesia no son unos ‘favores de Dios’ a cambio de nuestras acciones piadosas, sino la Santidad, vida divina, vivir con Dios».

Sor Lizmendy, religiosa peruana de la congregación Celadoras del Reinado del Corazón de Jesús que lleva poco más de un año en la diócesis de Bunda, en la isla de Ukerewe, coincide en que la tarea primera de la Iglesia es «mantener viva la fe y la formación». Reconoce que «hay un fuerte compromiso pastoral por parte de los misioneros y sacerdotes», aunque las condiciones no siempre lo facilitan: «Hay pocos misioneros, pocos sacerdotes, las distancias son bastante considerables, la población numerosa y aún a pesar de ello se trata de estar, de acompañar continuamente». Y añade una imagen que resume bien el espíritu misionero: «Hay que hacer viajes un poco largos en algunas ocasiones, pero aún así se está, porque lo importante para cada comunidad es ver y sentir la presencia de sacerdotes, de religiosas que están con ellos».

Educación y sanidad: el legado de los misioneros

Desde los primeros tiempos de la evangelización, la Iglesia en Tanzania ha entendido que anunciar el Evangelio pasa también por cuidar el cuerpo y la mente. Makoro lo resume con una fórmula que se repitió en cada misión: «Desde el tiempo de los misioneros la iglesia en Tanzania se ha centrado en los dos aspectos, donde los misioneros vivían, ahí había una parroquia, una escuela y un hospital». Él mismo lo comprueba en su propia parroquia, la de Nuestra Señora de Buena Esperanza de Kagunguli, que cuenta ya con 132 años de historia y que, cuando el país se independizó, vio cómo el gobierno se hacía cargo de buena parte de sus escuelas y centros sanitarios, aunque no de todos: «actualmente son propiedad del gobierno excepto la escuela secundaria que fue devuelto a la iglesia».

A pesar de esas cesiones, la red educativa católica sigue siendo enorme. Según los datos de Makoro, la Iglesia cuenta hoy con «casi dos mil escuelas, ambas primaria y secundaria», cinco universidades católicas —entre ellas la Saint Augustine University of Tanzania (SAUT), la Catholic University of Health and Allied Sciences (CUHAS) de Bugando-Mwanza, la Ruaha Catholic University (RUCU), la Mwenge Catholic University (MWECAU) y la Jordan University College— y cerca de un centenar de centros de formación de nivel diploma en áreas como salud y educación. «Esto muestra que desde la independencia, la mayoría de la gente se educó en las escuelas católicas», concluye el seminarista.

En el terreno sanitario, la presencia católica es igualmente extensa. «Al menos cada diócesis en Tanzania tiene un hospital, y algunos cuentan con más de cinco», explica Makoro, quien cita el Bugando Hospital como referencia nacional. En conjunto, la Iglesia dispone de «94 centros de Salud y 338 Dispensarios», además de numerosos orfanatos y centros para los más marginados, cuidados en su mayoría por religiosas.

Sor Lizmendy confirma esta vocación asistencial desde su experiencia concreta en Bunda: «Esta parte de Tanzania, esta diócesis atiende a muchos colegios, dispensarios y obras sociales gracias a la presencia de los misioneros». Y añade un detalle que revela hasta qué punto la escuela suple carencias familiares básicas: «En los colegios se brinda desayuno y comida a los niños, lo cual facilita un mayor aprendizaje y desarrollo nutricional». También destaca la atención específica a un colectivo singularmente vulnerable en la región: «Hay casas de acogida, sobre todo para esta comunidad albina que en esta zona es numerosa también».

La pobreza, el reto que sostiene a todos los demás

Si hay un hilo conductor entre ambos testimonios, es la pobreza. Makoro la señala como raíz de muchos otros males: «Actualmente el mayor parte de los ciudadanos viven en la pobreza, ya que su causa principal son el egoísmo y la corrupción». También apunta al desempleo juvenil con una estadística contundente: «Diez de los que se gradúan en las universidades, tres de ellos están empleados, uno puede tener un empleo personal, pues, los seis quedan sin empleo».

Sor Lizmendy, desde el terreno, aporta un testimonio aún más crudo de la pobreza cotidiana en la isla de Ukerewe: «Existe un altísimo índice de pobreza en las familias que no cuentan con lo básico necesario para subsistir en el día a día. Por poner un ejemplo, muchas de ellas ni siquiera tienen un euro diario, lo que conlleva a que la alimentación sea una o dos veces al día». Esta precariedad, explica, tiene efectos en cadena: «Esto también conlleva temas de desnutrición y aprendizaje en los niños». Y en la educación, la escasez de recursos empuja a muchas familias a interrumpir los estudios de sus hijos apenas terminada la primaria, lo que «lleva a que muchas niñas específicamente tengan familias a temprana edad, tengan niños a temprana edad».

Sobre su propia forma de vida como misionera, la religiosa confiesa con sencillez: «Vivimos con lo necesario, porque si bien no nos falta de nada, tampoco nos sobra nada. Y así aprendes a vivir en medio de ellos con esa fe tan bonita, tan creciente y tan alegre».

Un pueblo pacífico en tiempos de tensión social

Makoro insiste en un rasgo de la identidad tanzana que quiere subrayar frente a los estereotipos sobre África: la convivencia pacífica entre sus más de 120 tribus. «Gracias a Dios, en Tanzania tenemos más de 120 tribus, pero no tenemos tribalismo, en Tanzania cualquier persona puede vivir donde quiera sin ningún problema». Y añade, con acento personal: «Hablando sinceramente, no tengo recuerdo de violencia en Tanzania entre los ciudadanos. Yo crecí en Tanzania pero nunca he escuchado ni guerra entre nosotros los ciudadanos. Los tanzanos son gente pacífica hasta el punto que se ha convertido en nuestra identidad».

Las tensiones que sí reconoce son de otro tipo: protestas ciudadanas contra el poder político. «La violencia que hemos experimentado recientemente es de los ciudadanos contra el gobierno, especialmente cuando se levanta contra la corrupción, la injusticia, y los distintos problemas que la gente están enfrentando», explica, y lo enmarca en una clave espiritual: «es una manifestación por la sed de justicia y cambios, como ha dicho el Papa León XIV en su reciente visita apostólica en algunos países de África».

Las vocaciones: fruto de la familia, la comunidad y la liturgia

Uno de los rasgos más llamativos de la Iglesia tanzana, a ojos de un europeo, es su abundancia de vocaciones sacerdotales y religiosas. Makoro ofrece tres claves para entenderlo. La primera es la fe vivida en comunidad: «las vocaciones nacen en una comunidad cristiana y son para ella». La segunda es la familia, «como la iglesia en casa», que transmite el valor de la vocación desde la infancia. El propio seminarista comparte un recuerdo entrañable de su madre: «recuerdo cuando era niño mi madre me pegaba si no estaba en la oración en casa, especialmente la oración de la tarde y noche, y me obligaba a rezar la oración para las vocaciones, aunque la rezaba llorando, pero hoy soy seminarista terminando mi formación en el seminario internacional Bidasoa en Pamplona. Que mi madre descanse en paz». La tercera clave, que atribuye a un profesor suyo, es una liturgia bien cuidada, «porque la vocación requiere que los llamados se encuentren con el que llama».

Sor Lizmendy ofrece una lectura complementaria, más centrada en la fe vivida «a flor de piel»: «Yo creo que muchos jóvenes optan por la vida religiosa y el sacerdocio debido a la fe que es palpable en cada una de sus familias». Y añade una motivación casi misionera en los propios candidatos: «voy a llevar un poco más a Dios, a mi familia, a mi comunidad, voy a hacer de transmisor, voy a ser sacerdote o religiosa porque quiero seguir manteniendo viva la fe en estas familias, en esta comunidad».

Pequeñas comunidades cristianas y grupos de fe

Makoro describe con detalle un elemento característico del catolicismo tanzano: las pequeñas comunidades cristianas, agrupaciones de entre cinco y diez familias organizadas en torno a un santo patrón, que se reúnen semanalmente para leer la Palabra y compartir la vida de fe. A su juicio, esta estructura «puede ser una buena curación al individualismo que sigue siendo una amenaza en Europa».

Junto a ellas, existen comunidades de devoción popular —el Rosario Vivo, el Sagrado Corazón de Jesús, Santa Rita de Casia, Regnum Christi— con exigencias de piedad muy concretas, como el rezo diario del rosario o las vigilias mensuales de adoración. Makoro, que creció en la comunidad del Sagrado Corazón de Jesús, sostiene que este tipo de experiencia religiosa intensa desde la infancia facilita el discernimiento vocacional: «Imagínate un joven de quince años pasando toda la noche desde cuando tenía 10 años hasta los 20, es fácil para él discernir la vocación sacerdotal o religiosa para las chicas».

A esto se suman los grandes movimientos apostólicos organizados por edad y sexo, con estructura nacional, uniforme y constitución propia: la Unión de Hombres Católicos de Tanzania (UWAKA), la Unión de Mujeres Católicas de Tanzania (WAWATA), los Jóvenes Trabajadores Católicos (VIWAWA), los estudiantes católicos de secundaria (TYCS) y universitarios (TMCS), y la Congregación de los Santos Niños de Jesús para los más pequeños.

La familia, primer lugar de la fe, y sus amenazas

Tanto el seminarista como la religiosa coinciden en que la familia sigue siendo el espacio primero de transmisión de la fe. Makoro describe una escena cotidiana: «Comen juntos en casa y por la noche es muy común la oración antes de dormir. Es ahí donde los niños aprenden a hablar con Dios, rezando con sus padres en casa». La asistencia dominical a misa es prácticamente obligatoria en muchas familias, hasta el punto de que «el que falte a la misa, después tiene que responder».

Sor Lizmendy matiza que se trata de una fe más vivida que doctrinal: «Si bien no se transmite una fe muy doctrinal, se transmite una fe de testimonio, una fe del día a día». Pone como ejemplo la escala de las celebraciones sacramentales: «En Tanzania se confirman 250 jóvenes o hacen la comunión 300 niños en una sola ceremonia».

Pero Makoro no oculta que la institución familiar atraviesa una crisis creciente: «La familia en Tanzania ahora mismo está en peligro. De momento ya ha empezado a ser común el hecho de tener un hijo que no conoce al padre o madre o que no vive con los padres». Señala también un cambio de mentalidad entre las mujeres jóvenes, que «piensan como liberación no casarse», y menciona la homosexualidad como una realidad que «socialmente sigue siendo un mal» en el país.

Mujeres: pobreza, maternidad temprana y falta de oportunidades

La situación de la mujer aparece en ambos testimonios como una de las heridas más profundas de la sociedad tanzana. Makoro enumera varios frentes: la pobreza material agravada por el cambio climático y la falta de trabajo; la responsabilidad casi exclusiva del cuidado de los hijos, especialmente cuando el marido fallece o abandona el hogar; los matrimonios y embarazos adolescentes, que truncan los proyectos de vida de muchas jóvenes; el riesgo, aunque no habitual, de abusos sexuales; y la tentación de acudir a otras religiones o a la superstición «con idea de buscar milagros y solucionar sus problemas».

Sor Lizmendy lo confirma desde su experiencia directa en Bunda: «En cuanto a las mujeres y niñas realmente cuentan con muy pocas oportunidades académicas y laborales. Muchas de ellas, debido a la falta de recursos, dejan el colegio a muy temprana edad, para dedicarse al hogar o al campo, donde enfrentan una vida muy sacrificada». La Iglesia intenta responder con formación y acompañamiento, aunque la religiosa es honesta sobre sus límites: «Desde la Iglesia tratamos de dar algunos talleres y acompañamiento para mejorar su situación, pero las necesidades son enormes y nuestros recursos muy pequeños».

Makoro añade un dato que matiza este panorama: pese a las dificultades, «si uno llega a Tanzania, descubrirá que en muchas instituciones de la iglesia, el mayor de los empleos son mujeres que hombres».

Convivencia interreligiosa y aportación social de la Iglesia

Sobre la relación con el islam, Makoro describe un clima de «convivencia bastante pacífica» entre musulmanes y cristianos, aunque reconoce cierta complejidad institucional por la ausencia de una autoridad musulmana unificada: «de tal manera que entre ellos mismos algunos están de acuerdo con algunas cosas que la Iglesia afirma y otros no. Pero en la vida diaria entre la gente hay mucha paz».

Como balance general, el seminarista resume así la aportación de la Iglesia a su país: «Como ciudadano, puedo decir que la iglesia en Tanzania es la voz de los que no tienen voz. La iglesia es una de las pocas instituciones que ha contribuido y está contribuyendo al desarrollo del país a través de la educación desde cuando se fundó el país».

La mirada de una misionera extranjera: del miedo inicial a la alegría contagiosa

El testimonio de sor Lizmendy aporta la perspectiva de quien llega de fuera y debe aprender, casi desde cero, a habitar una cultura distinta. Confiesa sin rodeos el desconcierto de sus primeros días: «el hecho de no hablar el idioma hacía que quisiese salir corriendo. ‘Yo qué hago aquí si no puedo hablar, si no puedo llegar a la gente, si no entiendo ni me entienden’.» Reconoce que «se sentía un poco inútil en Tanzania».

La superación de ese momento llegó, dice, a través de la oración, la lectura espiritual y el acompañamiento, y de una frase del nuncio apostólico que se convirtió en brújula: «La evangelización no se hace sólo a través de palabras, sino a través del amor». Hoy, más de un año después, su balance es gozoso: «Muy feliz, aunque entiendo muy poco el suajili… eso no me impide ver la alegría en las caras de los que me rodean». Y añade una reflexión que ilumina el sentido último de su presencia allí: «Estar en Tanzania para mí es algo, un regalo, es algo grande, es un don de Dios que me ha permitido vivir y compartir».

Preguntada por la diferencia entre la fe tanzana y la europea, ofrece una de las claves más luminosas de todo el reportaje: «Un tanzano te expresa lo que siente, te transmite alegría, emoción, comunica lo que lleva dentro. Esa fe tan grande, ese amor a Dios te lo contagia. Creo que en Europa eso se vive un poquito más hacia adentro». Y concluye con una invitación: «Quizá se podría aprender de la actitud de los tanzanos a la hora de expresar y vivenciar la fe: muestran que son católicos y lo llevan con alegría, a pesar de todas las dificultades y carencias que tienen».

Del cruce de estos dos testimonios —el de un joven tanzano que se forma para el sacerdocio y el de una misionera peruana que ha hecho de Tanzania su casa— emerge el retrato de una Iglesia joven, vigorosa en sus vocaciones y en su fe, pero que camina junto a un pueblo golpeado por la pobreza, el desempleo juvenil y las desigualdades que sufren especialmente las mujeres. Una Iglesia que, como resume Makoro, sigue entendiendo que su misión no separa el anuncio del Evangelio del cuidado de la escuela, el hospital y el hogar; y que, como testimonia sor Lizmendy, encuentra en la alegría sencilla de sus fieles una de las lecciones más hondas que Tanzania puede ofrecer a una Europa más silenciosa en su manera de vivir la fe.

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