Llevo años explicando a personas no habituadas al contexto de la Iglesia en África por qué, en nuestras diócesis, no todo el que quiere bautizarse puede hacerlo de inmediato, ni en las mismas condiciones. La reacción más frecuente, al menos entre quienes llegan de Europa, es la de cierta perplejidad. ¿No es el bautismo un don gratuito? ¿No es la Iglesia una puerta abierta? Sí, desde luego que sí. Pero la gratuidad del don no elimina la necesidad de recibirlo en condiciones que lo hagan fecundo, por eso el Código de Derecho Canónico pide a los sacerdotes que se aseguren de que hay un compromiso serio por vivir el cristianismo tras el bautismo.
Lo que hacemos aquí es una pastoral aplicada a la realidad concreta, con el derecho canónico como marco y el bien de las personas como norte. En función de la naturaleza de los casos actuamos de una forma u otra.
El bautismo de niños
Lo primero que llama la atención a quien viene de fuera es cuán exigente es nuestra normativa para bautizar a los hijos pequeños. En una parroquia como la mía, a lo largo de todo un año pueden bautizarse muy pocos niños. La razón es que el bautismo de un niño compromete a sus padres a una educación cristiana real, y si esa educación no puede garantizarse, el sacramento se convierte en una formalidad con poco futuro.
Para que un niño pueda ser bautizado, exigimos que los dos padres estén bautizados, que participen activamente en la vida de la comunidad —no solo la Misa dominical, sino las tareas concretas que sostienen la parroquia—, y que la educación cristiana de los hijos ya nacidos sea visible. Siempre que nace un bebé, se le presenta a la comunidad y recibe una bendición solemne el domingo, delante de todos, con sus padres. Es un gesto hermoso y significativo. Pero no es el Bautismo. El Bautismo vendrá cuando haya tierra donde la semilla pueda crecer.
La Iglesia actúa así porque el canon 868 del Código de Derecho Canónico establece que para bautizar lícitamente a un niño debe haber «esperanza fundada de que va a ser educado en la religión católica». Nosotros simplemente tomamos eso en serio. Y los frutos lo confirman: los niños que son bautizados en estas condiciones crecen en familias donde la fe es algo vivo, no una cuestión cultural.
Las mujeres con maridos polígamos
El caso más frecuente y más delicado en nuestro contexto es el de la mujer casada con un hombre polígamo. Aquí la Iglesia podría adoptar una postura rígida y decir: poligamia, no; bautismo, tampoco. Pero eso sería abandonar a personas que, en muchos casos, no han elegido libremente esa situación familiar. La dote, los acuerdos entre familias, la presión social, condicionan y en algunos casos determinan el itinerario vital.
Cuando una mujer llega al catecumenado y su marido es polígamo, lo primero que determina la posibilidad del bautismo es su posición en esa estructura: si es la primera mujer, puede acceder al catecumenado normal y, cumplido este, al bautismo. El marido tiene que dar su consentimiento explícito —tiene que constar por escrito que acepta la fe de su esposa y no va a impedirla—, pero la mujer no es responsable de la situación familiar de su marido en lo que no depende de ella.
¿Por qué esta distinción entre primera y segunda esposa? Porque la segunda o tercera mujer de un polígamo ha entrado, de algún modo, en una unión que la Iglesia no puede reconocer como matrimonial. No porque ella sea menos digna, sino porque el matrimonio cristiano es una alianza entre dos personas, y su ingreso en esa estructura implicaría a la Iglesia en una validación implícita de la poligamia. La Iglesia no puede hacer eso. Pero tampoco abandona a esa mujer. Puede hacer el catecumenado, participar en la vida parroquial, recibir la bendición en los momentos difíciles.
Entra en la categoría de lo que llamamos amigos o simpatizantes: personas con un bautismo de deseo, que viven orientadas hacia la fe aunque las circunstancias no permitan todavía el sacramento completo. Si las circunstancias vitales cambiasen en el futuro —por ejemplo por fallecimiento del marido—, la situación se regulariza sin problema, pues esa mujer podrá vivir su fe en plenitud y con coherencia.
Cuando uno de los dos ya es cristiano
Otro caso habitual es el de una pareja en la que uno de los dos ya está bautizado y el otro pide iniciar el catecumenado. Aquí la situación matrimonial previa —si están casados, cómo lo están, si se han respetado las condiciones culturales necesarias, en particular el pago de la dote— debe clarificarse antes del bautismo.
Por ejemplo, si una mujer quiere recibir el bautismo y va a casarse con un cristiano, tenemos que ver si la dote está pagada, pero teniendo en cuenta que la dote no es como era en Europa, aquí la paga el varón a la familia de su esposa como garantía de que la considera una mujer verdaderamente valiosa y se compromete a tratarla con dignidad. La dote es un elemento cultural con un significado profundo en estas sociedades: expresa el reconocimiento a la familia de la mujer, formaliza el vínculo entre las dos familias y garantiza una cierta protección social para ella.
Una pareja en la que la dote no ha sido satisfecha vive, desde el punto de vista del contexto local, en una situación irregular. La Iglesia no puede ignorar eso. Hacemos una reunión con los dos, con sus padrinos, para revisar el estado real de su vida familiar. El bautismo, en estos casos, viene al final del catecumenado y solo si esa situación ha sido ordenada.
Cuando los dos piden el bautismo al mismo tiempo y empiezan juntos el catecumenado, es el caso más hermoso y más sencillo. Los vemos en cada Pascua, parejas que han decidido juntos dar ese paso. Ese es el ideal al que acompañamos.
El caso de la mujer casada con un musulmán
Quizás el caso más complejo es el de la mujer cuyo marido es musulmán y que pide el bautismo. Aquí hay varios factores que deben cumplirse simultáneamente y ninguno es negociable.
Primero: tiene que ser la primera esposa. Por las razones ya explicadas sobre la poligamia, no podemos bautizar a una mujer que sea segunda o tercera en una unión polígama, sea el marido cristiano, musulmán o de cualquier otra fe.
Segundo: el marido tiene que dar su consentimiento explícito y por escrito. No solo tolerancia pasiva: tiene que comprometerse a respetar la práctica religiosa de su esposa y a no impedirla.
Tercero: la educación de los hijos. Este es el punto más delicado. Lo que pedimos es que al menos los hijos sean dejados en libertad para elegir, o que la educación cristiana sea posible. Habitualmente, en estas familias mixtas, los varones siguen al padre y las hijas a la madre. Si el padre no impone una educación exclusivamente islámica, hay margen. Pero si la situación es tal que los hijos no van a poder recibir ningún elemento de educación cristiana, entonces elevamos una petición al obispo, que es quien firma la posibilidad de dar el bautismo en ese caso excepcional. Porque la mujer tiene derecho a vivir su fe aunque sus hijos, en ese momento, no puedan seguirla.
La Iglesia actúa así porque respeta tanto la libertad religiosa de la persona que pide el bautismo como la realidad familiar en la que va a vivir esa fe. No imponemos una fe que va a quedar aplastada desde el primer día. Bautizamos donde hay tierra firme.
El marido cristiano polígamo
Hay un último caso que merece atención especial: el del marido que está bautizado —es, por tanto, cristiano—, pero que vive en poligamia. Esto ocurre porque en los primeros años de la evangelización se bautizaron hombres que luego adoptaron una segunda esposa, o cuya primera esposa fue bautizada pero ellos tomaron otra. La realidad es más enredada de lo que ningún protocolo puede anticipar.
Cuando la mujer de ese hombre pide el bautismo, hay que hacer una valoración honesta: ¿puede esta mujer recibir el Bautismo y vivir su fe cristiana aunque no pueda celebrar el matrimonio sacramental, porque su marido, siendo cristiano, no quiere hacerlo en esa situación? En esos casos, pedimos al obispo una excepción formal. El obispo, después de estudiar el caso, puede autorizar el bautismo, con la condición de que queden registradas las razones por las que el matrimonio no ha podido celebrarse. Todo queda en los libros parroquiales. Y esos registros son importantes, porque las situaciones cambian: si el marido muere, ella puede recibir el Bautismo sin esa restricción si aún no lo había recibido, o puede regularizarse lo que antes no podía.
Por qué la Iglesia actúa así
Podría parecer que todo esto es un conjunto de obstáculos. No lo es. Es acompañamiento real a personas reales en situaciones reales. La Iglesia no bautiza para hacer estadísticas: bautiza para incorporar a alguien al Cuerpo de Cristo de manera que esa incorporación sea vivida, sostenida, fecunda.
En una diócesis como la nuestra, con 3.500 bautismos en una sola Pascua, la tentación de simplificar los criterios sería grande. Pero cada uno de esos 3.500 bautizados ha pasado por un catecumenado de al menos tres años, por conversaciones pastorales individuales, por la revisión honesta de su situación familiar. Y eso es lo que hace que esos bautismos sean sólidos.
Lo que hacemos aquí recuerda a los primeros siglos del cristianismo, cuando el catecumenado era largo, serio y exigente, precisamente porque la Iglesia entendía que el bautismo no es un punto de llegada sino un punto de partida. Un punto de partida que requiere que el terreno esté preparado.
La Iglesia actúa así porque ama a las personas lo suficiente como para no conformarse con una adhesión superficial. Y porque sabe que el evangelio, cuando echa raíces de verdad, transforma no solo al individuo sino a la familia, a la comunidad, al tejido social entero. Lo veo cada día en el sur del Chad. Y eso, créanme, vale la pena.
Misionero comboniano en Chad.





