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El naufragio que hizo católica a Malta

De san Pablo a la Orden de San Juan, la historia de Malta explica una identidad católica que hoy convive con fuertes contrastes

Gerardo Ferrara-18 de octobre de 2026-Temps de lecture : 6 minutes
Malte

En el artículo anterior sobre Malta hablamos de cómo, en esta pequeña isla y en su archipiélago, se han concentrado durante milenios los acontecimientos políticos y culturales del Mediterráneo.

En este artículo veremos cómo algunos personajes singulares, empezando por un náufrago ilustre, han forjado una de las principales características de los malteses: la fe cristiana.

San Pablo en Malta

Hay un acontecimiento que, más que muchos otros, marca el momento en que Malta y el cristianismo se convierten casi en una sola cosa. 

Estamos en el año 60 d. C. Un barco que zarpó de Creta, con casi 280 personas a bordo, entre ellas un tal Pablo de Tarso —prisionero escoltado por el centurión Julio hacia Roma para ser juzgado ante el emperador—, lleva catorce días a merced de una tormenta desatada por el viento llamado «Euroaquilone». Parece ya que no hay salvación para la embarcación y que los pasajeros están condenados, pero este Pablo les promete que se salvarán, porque se le había aparecido un ángel para asegurarle que lograrían llegar a tierra.

Y así sucede. La nave encalla frente a la isla llamada «Melita» y el prisionero encadenado, junto con los demás supervivientes del naufragio, consigue llegar a la orilla. Allí, los habitantes, a quienes se denomina «bárbaros» (en latín y en griego, este término designa a los extranjeros, a quienes no hablan ni latín ni griego; de hecho, los malteses de la época aún hablaban el fenicio en su variante púnica, es decir, cartaginesa), acogen a los náufragos y encienden una hoguera. 

Mientras recoge leña, a Pablo se le enrosca una víbora en la mano y, por ello, los isleños creen que está maldito. Pero el apóstol la arroja al fuego sin sufrir ningún daño y su «reputación» ante los malteses cambia por completo, sobre todo después de que Pablo cure al padre de un notable del lugar, Publio, y, tras él, a otros enfermos durante los tres meses que pasó en Malta.

Según la tradición, el lugar del naufragio de Pablo sería un islote llamado Gżejjer ta’ San Pawl, en la bahía que hoy se conoce precisamente como «de San Pablo», San Pawl il-Baħar. Allí se alza hoy una iglesia del siglo XVII dedicada al santo, San Pawl Milqi, construida sobre las ruinas de una villa agrícola romana que algunos consideran que es precisamente la de Publio. Este último se habría convertido posteriormente en el primer obispo de Malta y en uno de los patronos de la isla, razón por la cual la Iglesia maltesa se considera fundada directamente por el Apóstol de las Naciones.

El lugar donde Pablo permaneció y estuvo preso, así como donde predicó en el archipiélago maltés, se encuentra, en cambio, en la isla de Gozo, en Rabat, donde hay una cueva que aún hoy se venera.

Los Caballeros de Malta

Los Caballeros de Malta (oficialmente: Soberana Orden Militar de Malta) no nacieron en Malta y su sede oficial ya no se encuentra allí, sino en Roma. Sin embargo, tienen con la isla un vínculo histórico indisoluble.

Se trata de una de las órdenes religiosas católicas más antiguas del mundo, y esto me ha sorprendido. De hecho, al principio pensaba que era una institución laica, ya que conozco a algunos miembros casados.

En realidad, son, a todos los efectos, una orden religiosa católica, aunque con una estructura y una naturaleza únicas dentro del seno de la Iglesia. 

A diferencia de los frailes o monjes de otras órdenes, la inmensa mayoría de los miembros de la Orden de Malta no vive en un convento ni en un monasterio. Y, a diferencia también de otros institutos de vida consagrada, son además un sujeto soberano de derecho internacional: un Estado sin territorio.

Fundada en Jerusalén en 1048 como Orden Hospitalaria de San Juan para atender a los peregrinos en Tierra Santa y reconocida oficialmente por la Iglesia en 1113, asumió posteriormente una función militar en defensa de los Lugares Santos, permaneciendo allí hasta 1291, año de la caída de San Juan de Acre a manos de los mamelucos. Los Hospitalarios que sobrevivieron a la tenaz y sangrienta resistencia en Acre se refugiaron en Chipre y la Orden se convirtió en una potencia naval, especialmente a partir de 1310, cuando los Caballeros se trasladaron a Rodas, sobre la que obtuvieron soberanía territorial, y posteriormente a Malta, cuando, en 1530, Carlos V cedió la isla a la Orden de San Juan, que pasó a denominarse Caballeros de Malta. 

Malta les ofrecía un puerto estratégico y una ubicación ideal, entre Sicilia, el norte de África y el Levante, en el centro de las rutas que unían la Europa cristiana con el mundo otomano. Y, de hecho, se convirtió en su obra maestra arquitectónica. Los Caballeros reforzaron sus defensas, construyeron fortalezas, arsenales, almacenes, iglesias y hospitales, convirtiéndola en una fortaleza y en un centro civil y sanitario, con instalaciones consideradas entre las más avanzadas del Mediterráneo de la época para el cuidado de enfermos, heridos, pobres y marineros, un poco como habían hecho los malteses mucho tiempo antes con San Pablo.

El asedio y la expulsión: de Malta al mundo

Construyeron tan bien sus fortificaciones que los Caballeros de Malta fueron capaces de resistir el Gran Asedio otomano de 1565, cuando la Sublime Puerta, decidida a eliminar la base de la Orden, envió contra la isla una oleada de barcos y hombres, sitiándola durante meses. Sin embargo, los Caballeros y la población maltesa, atrincherados en las fortalezas de San Elmo, San Miguel y San Ángel, y con el apoyo de Sicilia, lograron repeler el asedio y su victoria se celebró en toda Europa. 

Posteriormente, el Gran Maestre Jean Parisot de Valette decidió construir una nueva ciudad en el promontorio que domina el-Port il-Kbir, el Puerto Grande («Grand Harbour»): La Valletta. El proyecto preveía una ciudad-fortaleza, de estructura racional y capaz de resistir nuevos ataques, pero también de representar dignamente a la Orden que gobernaba el archipiélago, con bastiones, iglesias y palacios. 

Los Caballeros fueron «de Malta» hasta 1798, cuando Napoleón los expulsó del archipiélago tras haberlo ocupado durante la expedición a Egipto.

Así, la Orden perdió su isla, pero conservó su recuerdo en el nombre, y siguió existiendo, como Orden Soberana Militar de Malta, para dedicarse sobre todo a obras humanitarias.

Sus aproximadamente 13 500 miembros en todo el mundo se dividen en tres categorías: los Caballeros Profesos, religiosos a todos los efectos que hacen votos de pobreza, castidad y obediencia, de entre los cuales se elige al Gran Maestre; los Caballeros y Damas en Obediencia, vinculados a la Orden mediante una promesa de vida cristiana; y, por último, los laicos, que participan en las obras hospitalarias, asistenciales y humanitarias de la Orden en todo el mundo.

Cultura, fe y legislación hoy: el alma y las leyes de Malta

El tejido social y cultural de Malta está hoy indisolublemente ligado al legado católico. La propia Constitución de la República establece que el catolicismo es la religión del Estado (art. 2). 

Esto se refleja en una legislación que, en comparación con otros países de Europa y del mundo, se distingue por su marcado carácter conservador en materia de derecho de familia y ética.

El aborto, por ejemplo, sigue estando estrictamente prohibido y se considera un delito penal. No fue hasta 2023 cuando se introdujo en el Código Penal —que lo tipifica como delito— una modificación que, en su momento, fue objeto de un intenso debate: se permite la interrupción del embarazo únicamente en caso de que la vida y la salud de la mujer corran un peligro grave e inminente. En todos los demás casos, incluidas la violación, el incesto y las malformaciones fetales, se prevén hasta tres años de prisión para las mujeres que se sometan a una interrupción voluntaria del embarazo y para quienes la practiquen. Sin embargo, existen varios casos de mujeres maltesas que viajan al extranjero (especialmente a Italia o al Reino Unido) para abortar o que recurren de forma clandestina a la compra de píldoras abortivas.

Sin embargo, en lo que respecta a los derechos de las personas homosexuales, Malta ha tomado un rumbo opuesto, alejándose notablemente de la visión católica que caracteriza a otros ámbitos de su jurisprudencia. Ya en 2014 se introdujeron las uniones civiles (con derecho a la adopción), mientras que en 2017 el Parlamento legalizó el matrimonio igualitario casi por unanimidad (con un solo voto en contra), sustituyendo, en el derecho civil, las referencias a «marido» y «mujer» por términos neutros. 

Malta constituye, por tanto, una paradoja: un país constitucional y culturalmente católico, con una legislación muy restrictiva en materia de aborto, pero con una postura opuesta en lo que respecta al reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Por otra parte, también sigue siendo paradójica la brecha entre la «fe» y la «devoción» religiosa y cultural.

Si bien alrededor del 96 % de los malteses sigue identificándose como católico romano, lo que confirma una arraigada adhesión «oficial» a la Iglesia, la práctica religiosa ha pasado del 82 % (1967) al 35-40 % (15-20 % entre los jóvenes) de la población actual, de unos 550 000 habitantes (una cifra que, no obstante, se encuentra entre las más altas de la Unión Europea). Además, otro 70-74 % de los ciudadanos afirma asistir a los servicios religiosos al menos una vez al mes o en las grandes festividades.

No obstante, sigue siendo muy elevada la participación popular en sacramentos como bautizos, bodas y primeras comuniones, así como en grandes eventos de la comunidad, como las fiestas patronales y las procesiones, en particular las dedicadas a San Pablo (10 de febrero) y las de verano, con iluminaciones («pavaljuni»), desfiles de bandas y espectáculos pirotécnicos («giggifogu»), o tradiciones como la bendición de «los luzzu» (los coloridos barcos pesqueros con ojos protectores pintados en la proa). 

En conclusión, con sus singularidades, su historia milenaria, su cultura, sus lenguas, su gastronomía y su fe, Malta es verdaderamente una «isla bonita».

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