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Una “apuesta católica” desde la sociología

Chiara Giaccardi y Mauro Magatti ven en las ideas de Benedicto XVI y de Francisco una continuidad que puede devolver al catolicismo el contacto con una realidad cambiante. Así lo exponen en el libro “La apuesta católica”, publicado en 2019 con bastante resonancia.

Andrés Cárdenas·9 de diciembre de 2022·Tiempo de lectura: 7 minutos
To the Church

Inscripción que significa: "A la Iglesia" (Foto: Unsplash / Jon Tyson)

Los sociólogos italianos Chiara Giaccardi y Mauro Magatti, casados desde 1985, con siete hijos entre naturales y adoptados, ambos profesores universitarios en Milán, han escrito un libro en el que recogen sus ideas sobre las características que deberá tener una “apuesta católica” para el futuro (La scommessa cattolica, Il mulino, 2019). Son autores de alrededor de una docena de ensayos, siempre en torno a las relaciones entre fe, sociedad y futuro, además de activos conferenciantes. Su última obra, Supersocietà, ha sido publicada este año, en donde analizan si todavía tiene sentido apostar por la libertad después de la pandemia y en medio de un mundo en guerra.

En La scommessa cattolica se distancian tanto de la nostalgia por una situación anterior, supuestamente mejor en la Iglesia, como de la afirmación acrítica de todo lo que ha traído la modernidad; están convencidos de que vivimos un momento en el que no cabe el “siempre se ha hecho así”, ni un simple “mantenimiento ordinario”, sino recordar con audacia que el cristianismo tiene algo nuevo que decir en cada situación histórica. “Hacen falta –sostienen– palabras en camino, que busquen dar voz y forma a la difusa sensación de precariedad; palabras capaces de transmitir la experiencia de la fe en donde, como dice Michel de Certeau, la misma estabilidad significa empujar más allá, hacia la búsqueda de nuevas vías de presencia y de narración”.

La “abstracción”, una enfermedad de la razón

Las tesis de Giaccardi y Magatti –esta “búsqueda de nuevas vías”– son difíciles de organizar sistemáticamente, pero su tronco se podría resumir en lo siguiente: sufrimos, como cultura, una enfermedad de la razón, atrofiada en una utilización puramente instrumental, agudamente descrita en numerosas ocasiones por Benedicto XVI; y de esa situación solo podremos curarnos si seguimos algunas intuiciones del Papa Francisco, que se dirigen a intentar despertar de esa suerte de parálisis, poniendo en acción a las manos y al espíritu.

El camino comienza reconociendo esa crisis que sufre occidente, propiciada por la espada de doble filo que supuso la alianza establecida entre el cristianismo y la razón. Ciertamente, es una alianza que está en el corazón de la Iglesia, pero que en cierto momento tomó una deriva que finalmente nos alejó de la realidad concreta para arrojarnos a lo que llaman “el mundo de la abstracción”. Siguiendo de cerca a Romano Guardini, aclaran que “no es una crítica a la ciencia, que es una conquista irrenunciable de la humanidad, sino a la absolutización del lenguaje científico: un lenguaje que construye sus propios objetos y que, cuando pierde la tensión con lo que no es fabricable, medible, disponible, toma una deriva mortal”. Cuando esta abstracción se convierte en la única manera que utilizamos para ver la realidad –como, de hecho, ha sucedido–, nos acostumbramos a separar lo que está unido, a contraponer lo que en realidad es recíproco; sucede, por ejemplo, con las dicotomías vida-muerte, cuerpo-espíritu, razón-sentimiento, forma-materia, hombre-mujer, sujeto-objeto, bien-mal, individuo-sociedad, ser-devenir, etc. El anhelo positivo por dar razón de la propia fe puede terminar por encerrarlo todo en teorías que se alejan de lo concreto.

Quizás la abstracción más dolorosa suceda cuando tratamos de comprendernos nosotros mismos, cuando estudiamos al “yo” como algo aislado de lo que nos rodea: familia, comunidad, cultura, historia, Dios. La consecuencia inevitable de este “yo abstracto” es una soledad sin precedentes. Según los estudios a los que acuden, el porcentaje de familias constituidas por una sola persona crece de manera alarmante hasta ser el 90% en lugares como el centro de Manhattan, pero en grandes capitales europeas ronda el 50%. Nos pensamos como seres con una gran capacidad de autonomía, como si la felicidad dependiera solo de nosotros mismos, pero terminamos chocando con una realidad que, aunque la mantengamos oculta de las redes de exposición pública, siempre es distinta. Es paradójico que en la era de la transparencia el sufrimiento individual se lleve en secreto.

Para salir de esta situación, Giaccardi y Magatti concluyen que no sirve solamente la razón, “no basta hablar del bien y querer transformarlo en discurso; sobre todo si el bien está tan intelectualizado que ya no consigue encender las energías espirituales, ni siquiera las más básicas para que cualquier forma religiosa pueda generar una vida auténtica y poner la realidad en movimiento”.

Una estrategia en dos flancos: el descarte y el misterio

Es entonces cuando los sociólogos ven en la continuidad Francisco-Benedicto XVI la clave para una “apuesta católica” que pueda volver a contactar la realidad. Benedicto XVI realizó un diagnóstico preciso de nuestro tiempo al reconocer la pérdida de la capacidad de la razón para iluminar la fe. A pesar de los anuncios proféticos de muchos –también de pontífices anteriores– sobre la deriva absoluta que se vislumbraba en una razón puramente técnica, se trató de un movimiento difícil de revertir. La pregunta siempre fue: ¿cómo abrir nuestra razón, más allá de su funcionalidad técnica? 

Y aquí es donde entra en juego la respuesta de Francisco: la razón no se abre por caminos intelectuales. “La razón –escriben Giaccardi y Magatti– se abrirá solo si se dispone a dejarse interpelar por la realidad. Porque de la realidad, escuchada y amada, es de donde vendrán los argumentos indispensables para huir del dominio de la razón instrumental, asociada al radical nihilismo cultural que la sostiene y que la hace intolerable. Es justamente en esta apertura en la que el cristianismo puede y debe jugar su propia apuesta. Asumiendo una postura dinámica que se deja provocar por la experiencia humana, sobre todo por aquella que está abandonada en los márgenes y que, al contrario de lo que se piensa, constituye la verdadera linfa de regeneración”. Solo en el contacto con lo periférico es desde donde puede surgir sangre nueva.

“Para conseguir la tarea que Ratzinger ha delineado de manera tan precisa en el plano intelectual –explican–, no existe otra manera que seguir la vía de Bergoglio”. Y trazan una posible estrategia que se despliega, inicialmente, en dos flancos: en el del descarte y en el del misterio; tomar en serio el problema del prójimo y tomar en serio el problema de la oración. En estas dos fronteras la Iglesia se juega la recuperación del “sentido religioso” que parece muchas veces perdido. 

La primera frontera –la de recuperar lo descartado de la sociedad– no se trata de un “humanismo” o un buenismo en el que, otra vez, nosotros mismos somos el centro, sino que se trata más bien de dejarnos empujar hacia ese lugar de encuentro que nos puede salvar; convertir al prójimo, sobre todo al prójimo de las periferias, en ventanas desde las cuales podemos mirar nuevamente el mundo. En la segunda frontera se encuentra aquel gran vacío que el hombre contemporáneo, lleno de todos sus deseos cumplidos, no sabe dónde llenar: ir en búsqueda del alfabeto perdido de la oración. Si el cristianismo siempre ha partido del deseo de Dios que está en lo profundo del corazón humano, el principal objetivo del modelo económico dominante es justamente convencernos de que no existe ningún deseo que no pueda ser satisfecho dentro de sus mecanismos –y, por lo tanto, ninguna necesidad de salvación–. De hecho, el mercado depende del deseo inextinguible, depende de entrar en relación cercana con ese movimiento. Y esto no tiene que ver solo con satisfacer necesidades materiales, sino también con el sentido de misterio que la tecnología busca también secuestrar. 

Por eso, Giaccardi y Magatti abogan por “una oración que es palabra, liturgia, sacramento, rito, pero también, y antes que todo, silencio. Esta es una gran responsabilidad de la Iglesia en la esfera pública contemporánea: antes y más que la exhibición de certezas graníticas, antes y más que una participación colectiva, estamos llamados a mantener vivo en la ciudad el fuego de la oración como capacidad de inhabitar nuestra soledad, de enfrentarnos con los horizontes últimos de la existencia, de inclinarnos frente al misterio de la vida. De contemplar. Es decir, de escuchar: acto originario y distintivo del creer, que huye de las falsas certezas de la idolatría para aceptar caminar por senderos no trazados, siguiendo la voz que llama”.

Pueblo, testimonio, libertad, fe

Hasta aquí lo que podría ser un hilo conductor de la obra de Giaccardi y Magatti. Entre los varios otros temas que van surgiendo al hilo de esas consideraciones, quizás hay cuatro especialmente importantes, cara a repensar una “apuesta católica” de futuro. Por un lado, ese aislamiento del “yo” del que se habló, al darse en medio de una cultura hipermediatizada en la que en raras ocasiones tenemos contacto directo con la realidad, dificulta la generación de un “pueblo”, preocupación que los autores comparten también con Francisco. Sostienen que la Iglesia tiene vocación necesariamente popular en el sentido en que se propone a todos, no solo a pequeños grupos; y, en esta tarea, ha de tener siempre en mente las condiciones de vida de sus contemporáneos, sus esperanzas y sus miedos, ya que es allí en donde se inserta el mensaje evangélico, en medio de una comunidad que comparte camino. En cambio, la enfermedad de la que puede ser víctima un pueblo individualizado es el populismo, que se aprovecha de la fragmentación y de la abstracción, unidas a la necesidad de pertenencia. 

Giaccardi y Magatti piensan que la religión tiene más posibilidades que la política de sanar las enfermedades de un pueblo individualizado, también a pequeña escala, en comunidades más reducidas, pero siempre que se enfoque en generar una experiencia. “Ningún discurso tendrá la fuerza para hacer un hueco en la pantalla, y menos un hueco en la conciencia europea, si no nace de una experiencia, de una realidad atravesada y amada. Por eso hay que insistir en lo que se ha dicho desde cátedras importantísimas: hoy el único lenguaje que puede hablar es el lenguaje del testimonio, es decir, de la experiencia que habla (…). En este punto se puede hablar incluso sin palabras; y no para dar reglas, sino para inspirar nueva vida (…). Todo esto suponiendo que, como católicos y como Iglesia, hayamos efectivamente visto algo”.

Además, reconocen en la Iglesia un desafío antropológico importantísimo, el de compaginar fe y libertad; un conflicto cuyas raíces más específicas pueden remontarse al menos hasta Lutero. Se trata de un desafío al que es suficiente responder con generalizaciones, y menos cayendo en las imposiciones de las que justamente se pretende huir. Citando a Maritain, ambos sostienen que es más claro que nunca que “o el cristianismo es capaz de calificarse como la religión de la libertad o simplemente no conseguirá hablar al hombre contemporáneo”.

Finalmente, al contemplar el gran giro cultural vivido desde los años sesenta hacia acá en cuanto a nuestra comprensión de la autoridad, a la transformación de la comunicación, con el liberalismo y su énfasis en la elección individual, etc., es lógico que hayan existido también cambios en nuestra relación con la fe. De alguna manera, ya no es pensable una “fe de adhesión” que suponía “corresponder de la manera más precisa posible a una regla de vida externa que el sujeto asumía como propio punto de referencia; con la carga de deber, esfuerzo, disciplina que eso implicaba, en el intento de conformarse a ese ideal”. Con la carga añadida de que este modelo podía legitimar un poder que custodia ese “deber-ser”, en donde la deriva violenta no es impensable. Además de que nada indica que un modelo así sea el modelo evangélico, adecuarse a un modelo externo es insostenible cuando el ambiente deja de empujar en la misma dirección. La “búsqueda de nuevas vías” también necesita descubrir alternativas a esa “fe como adhesión” –algunas quedan incoadas en su libro–: caminos que descubran en la modernidad un terreno fértil en donde puede crecer el Evangelio.

El autorAndrés Cárdenas

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